Un reino de las horas

Pedro Lemebel. Frida I y II (Fotografía de Pedro Marinello), 1990. Impresión digital sobre papel. 80 x 60 cm (31 1/2 x 23 5/8 pulgadas).

Colectivamar 2017 - may 2017· Por Juan José Santos

Un reino de las horas

TEOR/éTica

Diálogos fluidos. Entre dos instituciones, entre artistas de distintas nacionalidades, entre dos curadores, entre las obras. Robert Leckie y Miguel A. López ponen de acuerdo a dos espacios, Gasworks, en Londres, y TEOR/éTica, en Costa Rica, para participar en un proyecto a dúo que se ha adaptado en cada itinerancia. A Kingdom of Hours (Un reino de las horas), parte de los escritos de la teórica Elizabeth Freeman sobre crononormatividad y erotohistoriografía, conceptos que beben de la biopolítica de Michael Foucault. Diálogos fluidos entre historia, deseo, disidencia, tiempo e identidad. Un cóctel tan complejo como atractivo. Los curadores plantean la muestra como una posibilidad de puesta en propuesta de “estrategias que confrontan los modelos hegemónicos de temporalidad: desde los recuentos oficiales hasta los ritmos biológicos y las cronologías históricas”, de “reescribir la historia desde una perspectiva queer”, y de traducir la crononormatividad como el “proceso de estandarización a través del cual los ritmos de las sociedades son internalizados por sus componentes como el esmog de la ciudad”. Podemos partir desde este supuesto para empezar a confrontar ideas y obras de arte. 

Colectiva: Un reino de las horas  — imagen 1
Candice Lin y Patrick Staff. Hormonal Fog (Study #1) (Niebla hormonal (Estudio #1)), (2016). Máquina de humo y temporizador hackeados, regaliz, lúpulos, propilenglicol, alcohol, madera, metal, plástico, vidrio, látex, cuerda elástica. Dimensiones variables.

Candice Lin y Patrick Staff participan con Hormonal Fog (Study #1) (2016), una máquina de humo de la que emana un vapor compuesto de raíz de regaliz y flor de lúpulo, sustancias bloqueadoras de testosterona: ¿proceso de estandarización a través del cual los ritmos de las sociedades son internalizados por sus componentes como el esmog de la ciudad? ¿Y qué ocurre si colocamos esta instalación frente a la fotografía de Pedro Lemebel travestido y disfrazado de Frida Kahlo (1990)? El diálogo fluido instigado por los curadores permite que, en la confrontación de dos obras disímiles, cada una de ellas establezca una mayor capacidad semántica. Ahora, Lemebel, además de atentar contra la hegemonía machista en la historia del arte, la línea temporal y su corporalidad masculina, queda afectado por el ataque de una niebla antitestosterona. Existe en esta conexión un punto humorístico, ácido y juguetón. Brillante y lubricado. Diálogos fluidos, y diálogos y fluidos, como ocurre entre la obra de Wilson Díaz, Sementerio (1995-96/2016), papeles de pequeño formato, dispuestos como nichos en un cementerio, salpicados por gotas de semen, colaboraciones de amigos que eyacularon sobre cada pieza. Sexualidad y muerte atrapadas como muestras en una tan poética como directa. Delante de esta, No right way 2 cum (2015), de Sidsel Meineche Hansen, la recreación digital de una eyaculación femenina, que denuncia la censura contra esta en la pornografía del Reino Unido. El diálogo sigue fluyendo de forma provocadora y estimulante. 

Colectiva: Un reino de las horas  — imagen 2
Priscilla Monge. Cómo hacerlo tu esclavo, 1995 - 1996. Tinta china, manchas de té y café sobre tela. 96 x 119 cm (37 51/64 x 46 27/32 pulgadas).

Con Marton Robinson y Priscilla Monge introducimos otra incógnita en la ecuación. Robinson construye una historia biológica de la evolución a través de figurillas en cera del fraile san Martín de Porres (el primer santo negro americano), convertido en un falo que comienza erguido, para finalizar fláccido. Se cruzan aquí reflexiones sobre el estereotipo sexualizado del afroamericano, una crítica poscolonial y la fusión entre lo católico y lo indígena. Como también ocurre en el caso de Monge: en Cómo hacerlo tu esclavo (1995-1996), parodia los conjuros de amor, introduciendo sangre menstrual, poniendo como telón de fondo, en rojo sobre blanco, la violencia machista, la brujería y las relaciones coloniales. El hilo narrativo continúa sin romperse, gracias a una táctica curatorial que consigue elevar las obras individualmente con la ayuda de la analogía y la confrontación con otras piezas. Las dificultades que pudiera plantear el espacio de TEOR/éTica, con la fragmentación de la exposición en pequeños espacios, son solventadas con estos ejercicios de dualidad y, en algunos casos, de diálogo a tres.

Colectiva: Un reino de las horas  — imagen 3
Marton Robinson. La procesión de San Martín, 2015. Instalación con esculturas de cera. Dimensiones variables.

Salen bien parados del reto las comparaciones entre la propuesta de los centroamericanos Walterio Iraheta y de Benvenuto Chavajay. En Mandala (2007), Iraheta compone un círculo con zapatos blancos de distintas tallas, en referencia a los cuerpos ausentes víctimas de la guerra civil de El Salvador, y en 4’33” Versión 2 (John Cage) (2015), Chavajay, convoca varios micrófonos de terracota frente a un espacio vacío, como alegoría del silencio por parte de las autoridades, o, invirtiendo el símil, la carencia de voz de las comunidades indígenas frente al poder colonial. El hilo narrativo, como vemos, se estira, aunque, con la inclusión de temas sobre dictadura, sin el tono irónico, disidente y erótico que habíamos visto anteriormente, se deshilacha. Se atomiza el concepto curatorial por culpa de la introducción de un excesivamente amplio repertorio teórico, en un alojamiento que no puede abarcar tanto. 

Colectiva: Un reino de las horas  — imagen 4
Sidsel Meineche Hansen. No Right Way 2 Cum (Ninguna forma correcta de venirse), 2015. Animación CGI, HD. Video con sonido, 1’11’’.

La dispersión de temas abunda y se descentra. El cambio de obra, en el caso de Cecilia Vicuña (del Ángel de la Menstruación, mostrado con gran acierto en Gasworks, al Árbol de las manos, que se presenta aquí, en alusión a la dictadura militar chilena), se resiente. La instalación de Andrés Pereira Paz, al estar acompañada por esta sustitución de Vicuña, queda descontextualizada: su Guamán (2016), fragmentos de manos y pies de personajes dibujados por el indígena Felipe Guamán Poma de Ayala, habría conversado de forma más eficaz en la sala de Monge y Robinson. Un reino de las horas pierde el tiempo por dos complicaciones de difícil solución: una, la incomodidad del espacio: al alojar las obras en diversas salas, la falta de sincronía entre algunas de las obras queda en evidencia. La segunda, la desviación de algunas de las piezas presentadas con respecto al concepto curatorial. 

Colectiva: Un reino de las horas  — imagen 5
Andrés Pereira Paz. Guamán, 2016. Hierro forjado. Dimensiones variables.

Las instalaciones que hacen alusión a dictaduras nos invitan hacia otros recorridos que nos alejan del inicial: la aguda, en ocasiones divertida, y provocadora puesta en cuestión de hegemonías de género, historia y temporalidad. Los presupuestos teóricos planteados en esta colectiva son muy potentes: tanto, que dan para completar una bienal. Sería, de hecho, interesante poder ver esta idea que ponen sobre la mesa ambos curadores en un espacio de mayor amplitud y con una mayor nómina de artistas. Siempre y cuando no se polarice en otras investigaciones que enmarañen las instrucciones de inicio, se podría lograr una exposición tan irreverente como contingente, desde postulados queer, pasando por un revisionismo histórico con anotaciones acerca del postcolonialismo. 

Colectiva: Un reino de las horas  — imagen 6
Cecilia Vicuña. Árbol de manos, 1974. Collage sobre papel. 30.5 x 23 cm (12 1/64 x 9 1/16 pulgadas).

El gran estado de forma que está demostrando la generación de artistas centroamericanos nacidos después de los ochenta amerita un esfuerzo en esa dirección. En su confrontación con obras de artistas europeos o estadounidenses vemos, cómo pone en evidencia Un reino de las horas, que no hay motivo de timidez: todos salen ganando. Una vez superados ciertos traumas expresados por los artistas y curadores latinoamericanos en los años noventa y primeros dos mil, como la incidencia en temas de identidad o el agotamiento del discurso neobarroco, es tiempo de replantear la investigación acerca de la historia de colonialismo con otras fuentes, otras maniobras y otros tonos. Desde allí y desde aquí. En las salas de TEOR/éTica, así como en otros espacios centroamericanos (sin ir más lejos, en Costa Rica, Despacio, El Museo de Arte y Diseño o el Centro Cultural de España han dado, y siguen dando, cobijo a propuestas de esta línea), dan cuenta de cómo los artistas más jóvenes de la región están alumbrando obras de arte de primer nivel, lejos, por ejemplo, del tópico de la banana que, por desgracia, fue de nuevo practicado en la última edición de la Bienal Centroamericana en su sede de Limón. 

Colectiva: Un reino de las horas  — imagen 7
Walterio Iraheta. Mándala, 2007. Instalación con zapatos blancos. 150 cm (59 1/16 pulgadas)de diámetro.

La actualización de términos y de diplomacias que está llevando a cabo Miguel López desde su llegada es uno de los buenos motivos para ajustar la visión y el planteamiento artístico, desde el punto de vista teórico y práctico. Un reino de las horas es el producto de una investigación curatorial afinada que se complica con la selección de algunas de las obras, ya citadas, y las imposiciones del espacio. Aun así, merece la pena dejarse llevar por el efecto lúdico, transgresor e inesperado del enfrentamiento entre el Lemebel-Frida Kahlo y la máquina de Candice Lin y Patrick Staff, la desternillante aunque profunda versión del paso de simio a homo de Robinson en el mismo hogar en el que cuelga la pócima de Priscilla Monge, o la “corrida polisémica” planteada por Wilson Díaz y Sidsel Meineche Hansen, que también, desde la reflexión más seria y dolorosa, puede generar la carcajada. 

Colectiva: Un reino de las horas  — imagen 8
Benvenuto Chavajay. 4’33’’ Versión 2 (John Cage), 2015. Instalación con micrófonos de terracota y pedestales de metal. Dimensiones variables.

Es también de aplaudir el acuerdo entre dos instituciones alejadas geográficamente pero acercadas en prestigio, TEOR/éTica y Gasworks, y su afán por dar oportunidades a artistas, más allá de condicionantes como la edad, el currículum o su origen. El que bajo un mismo título puedan convivir Cecilia Vicuña y Andrés Pereira Paz, o Pedro Lemebel y Benvenuto Chavajay, sin que ello produzca la menor irritación, es motivo de repetición. Ojalá se puedan volver a ver ejercicios de negociación entre estas u otras instituciones de ambos continentes, albergando a artistas de distintos países, escapando de estereotipos, de corrientes teóricas en boga y de discusiones estéticas superadas, tal y como hace este proyecto.

JUAN JOSÉ SANTOS

Un reino de las horas, por Juan José Santos | artnexus