Exposición Individualmar 2017 - may 2017· Por Oscar Roldán-Alzate

Ruby Rumié

NH Galería

Como si se tratara de un salón en un museo victoriano del siglo XIX, la pared principal de la galería, que a la vez recibe frontalmente el ingreso, se encuentra rebosada de cuadros con retratos. El fondo es negro. Los personajes, mujeres mayores afrodescendientes. Medio centenar exactamente. Todas lucen dignas, sabias, imponentes, y se encuentran sentadas en un taburete. Visten de blanco, con prendas que retrotraen a la memoria la usanza colonial americana. Se contemplan completas, en imágenes que juegan con su apariencia y en las cuales no queda claro si se trata de pinturas o de fotografías. La falta de color en sus vestidos hace eco en sus cabezas: platinados cabellos iluminan cada escena; la luz es acogedora, y de ellas emana nobleza.

Cada una de estas mujeres domina el espacio; la suma llena de susurros la sala, la invade de secretos que buscan oídos atentos para llevarse historias sobre una ciudad antigua y sobre una sociedad enferma que demanda ser vista con ojos espabilados.

Exposición Individual: Ruby Rumié  — imagen 1
Ruby Rumie. 50 mujeres en bodegón, 2015. Fotografía. 130 x 130 cm (51 3/16 x 51 3/16 pulgadas).

Ruby Rumié, artista cartagenera con más de veinte años de trayectoria, es el artífice de este encuentro Tejiendo calle, aparte de ser una metáfora de la entraña local cartagenera es una expresión usada por las abuelas que alude al hecho de deambular por la ciudad escurriendo oportunidades en cada resquicio, caminando y, a la vez, zurciendo con saludos, cantos y ventas la mirada de los habitantes y visitantes, es el título preciso para esta suerte de homenaje que la artista rinde a la mujer palenquera1, un ser extraordinariamente llamativo que al caminar baila, y al hablar canta, y que, con el tiempo y la fuerza de la publicidad del turismo desmedido, se ha convertido en un ícono para una ciudad latinoamericana que ha trasformado dramáticamente la gentrificación. Cartagena de Indias es la otra protagonista en esta exposición, expresada por diversos medios, dejando ver en video y en elaboraciones gráficas, como estampas para correo y libros que recogen documentación histórica y procesual, un ritual, una obra de alta carga performativa, solucionada en sí misma como un cuerpo indivisible.

Rumié comenzó a trabajar, como casi todos, con un ejercicio académico que, para su caso, se valía del hiperrealismo pictórico con el que retrataba gentes que sentía cerca. Desde siempre se vio atraída por la vida social de su ciudad, por la relación histórica entre sirvientes y amos, entre blancos y negros y entre ricos y pobres. Con el tiempo, cuestionó los formatos tradicionales y se dispuso a trabajar con la gente misma. Comenzó entonces a desarrollar proyectos en los que el lienzo fue remplazado por el entramado social, y los colores, por los anhelos y angustias de comunidades vulnerables, en un trabajo tan efectivo estéticamente como riesgoso éticamente; asunto que ella advierte y conoce con claridad: la diferencia entre la pornomiseria y la poética sublime, solo alcanzable por quien se duele y se refleja en el flagelo de las historias personales que se tornan documentos trascendentes para vivir el presente. Sin duda, esta mujer sabe caminar sobre la cuerda floja en un mundo del arte plagado de intenciones inescrupulosas que pervierten, sin más, el sentido del drama humano.

Ruby Rumié, al hablar de sus intereses y de su obra, hace evidente que fue bautizada, o mejor, nombrada en dos oportunidades; la primera de ellas, y como es natural, por sus padres, como María Margarita de las Mercedes Rumié, nombre que le otorgó un estatus social; la segunda se la debe a la mujer que veló por sus cuidados, quien le regaló el de Ruby, derivado de Blanca Rubia, en un gesto de amor inconmensurable que le entregó sentido a su existencia desde entonces. Esta artista se define como hija de migrantes árabes y franceses, pero de alma afro, asunto claramente anecdótico pero necesario para adentrarse en una poética construida con la conciencia de quien ha entendido que el arte se debe a la sociedad, y, por tanto, es su obligación hacer evidentes asuntos que, por el afán de los días, se han convertido en tema de segunda mano. Para lograrlo, Rumié se concentra en temas que convierte en proyectos de amplia duración (regularmente, y como en este caso, dos años), que, a su vez, se tornan en laboratorios creativos construidos con reglas nuevas para cada eventualidad, en una especie de juego en el que se impone advertir las realidades sobre las que se propone intervenir.

Tejiendo calle nace, según dice, de una epifanía. Dominga Torres Terán fue la primera de sus septuagenarias musas. La mujeres son parte fundamental de las dinámicas que permean sus producciones. Dominga era un testimonio vivo de que la calle de esa mujer grande llamada Cartagena, una ciudad-mujer, estaba adentro de Dominga, una mujer-ciudad. Entendió, al verla, que debía volver a pintar para comprender su realidad, y, como en el principio, cuando la academia le dictaba los métodos y las formas, regresó, volvió a pintar, pero esta vez con luz. La fotografía fue el método para adentrarse en cada una de las cincuenta mujeres-ciudad, quienes, además, paradójicamente, son el último resquicio que conecta la tradición con la actualidad, la distante e inconmensurable hacienda colonial con la ciudad contemporánea, la noción de familia grande con la atomizada familia cibernética de estos días.

El compendio de esta producción está cifrado en la experiencia vital de estas mujeres-ciudad, eco del de la ciudad-mujer. Ruby Rumié exaltó el vigor legendario de estas protagonistas anónimas, de estas abuelas que se sintieron reconocidas y valoradas en un acto ajeno, como lo es una exposición de arte contemporáneo, y, a la vez, en un acto profundamente propio, como el hecho de encontrar una niña2 que las determinó y les recordó su lugar en el mundo, como haciendo eco del plural verso de Gabriela Mistral, con aquello de que “Todas íbamos a ser reinas”.

NOTAS

1. Con este nombre, que proviene de San Basilio de Palenque, el primer pueblo afro libre de América, son conocidas las mujeres que se dedican al mercado de ventas informales en la ciudad de Cartagena de Indias, y que se han convertido en imagen icónica de la ciudad.

2. Como parte de la tradición colonial, y arraigada en la cultura, a las hijas de los patronos se les anteponía al nombre la palabra Niña, como forma respetuosa y a la vez cariñosa de socializar.

OSCAR ROLDÁN-ALZATE

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