Rolando Peña (Venezuela, 1942), uno de los indiscutibles artistas latinoamericanos pioneros del arte conceptual y del happening, el performance y el cine arte en toda América, ha cumplido a lo largo de décadas enteras en el cuerpo total de su obra, lo que la muerte impidió cumplir al gran novelista colombiano José Eustasio Rivera (1888-1928), autor de La vorágine, en su literatura. Después de haber creado esa obra cumbre, no solo de la lucha del ser humano y la poderosa naturaleza selvática, sino de la del hombre contra el hombre, capaz de convertir recursos como el caucho en símbolo del mal de la avidez de una civilización donde el oro vale más que la vida, Rivera escribía en Nueva York una obra sobre las historias oscuras de la empresa petrolera americana Standard Oil, y sus tratos corruptos con los altos funcionarios de los gobiernos del Sur para la construcción de oleoductos.
Su misteriosa muerte en la antesala del vuelo que lo llevaría de vuelta a su país tras una conferencia en la Universidad de Columbia, donde lo homenajeaban, impidió al mundo conocer la visión crítica atribuida y enterrada para siempre en los manuscritos que desaparecieron.

Con la lucidez de una obsesión, capaz de captar la metáfora de la oscuridad de los tiempos, en el “oro negro” o petróleo, representado en sus inconfundibles barriles dorados, Rolando Peña o el “Príncipe Negro” –como se le conoce, porque viste de riguroso negro como Felipe II, desde la época del mismo Nueva York que compartió con el rey del Pop, Andy Warhol, en cuyas películas participó creativamente– fue el primer artista contemporáneo en hacer del tema el leitmotiv de una obra conceptual.
En la magnífica exposición de Peña, curada por Jorge Gutiérrez, en el MOCA, Black Gold, el texto en la pared, rigurosamente pintada de negro, donde se exhibió una pirámide construida con sus icónicos barriles dorados, incluyó una reveladora cita del crítico Guy Brett. Al compararlos certeramente con las cajas de brillo de Warhol, los monocromos de Yves Klein, o la grasa y la felpa de Josep Beuys, Brett no solo evoca el poder conceptual de los objetos que los grandes artistas han convertido en el lenguaje de los tiempos que viven, sino que sitúa al Príncipe Negro en la dimensión que le corresponde en la narración de una historia del arte que tiene una extraña propiedad: la indeleble tinta con la que consignan los relatos de las figuras del Norte global se va desvaneciendo cuando se escribe el nombre de los grandes pioneros del Sur. Resaltar esa tinta desvanecida y revisitar sus creaciones pioneras –hechas a menudo de modo paralelo a las de sus contemporáneos del Norte–, y cotejar ambas historias demostrando su interrelación y quebrantando la visión hegemónica, es una tarea clave.
Esa reescritura se cumplió del mejor modo en esta exposición con otras obras en distintos medios como fotografías digitales que reflejan –en la belleza de la relación formal entre los dorados barriles y el negro de los fondos infinitos que alude al petróleo contenido– esa contradicción sobre la que escribió el mismo Guy Brett: “[Peña] admite el poder semejante al oro que hemos dado a esta oscura sustancia […] Él la vincula a la gloria de los descubrimientos científicos de la estructura de su materia, pero nos advierte de los aspectos infortunados de nuestra relación con este”. Justamente esa relación explica el título de otra instalación psicodélica con barriles iluminados con tonos eléctricos y dispuestos a modo de colgantes espadas de Damocles sobre las cabezas de los espectadores que se adentraban en el espacio circundado con paredes recubiertas de papel metálico, creando un efecto especular: Broken Symetrie (Simetría rota). La conjugación entre el reflejo de los cuerpos en movimiento y los barriles que penden amenazantes habla de esa danza –tan dorada como oscura– del petróleo que nos involucra a todos.
En el video Barril simetría, el principio del espejo se utiliza en cambio para crear una suerte de armónico calidoscopio de formas: los barriles flotando sobre un espacio negro infinito al compás de una composición que evoca la música de las esferas son moléculas, nos devuelven a la contemplación de la belleza contenida en la materia, e infortunadamente contaminada por la lujuria económica del ser humano. El Príncipe Negro ha logrado en esa sola obra una infinita variedad capaz de vincular en formas incesantemente cambiantes, la dimensión cósmica del oro negro, con la meditación sobre sus implicaciones políticas y económicas.
En el video Black Gold logra una síntesis visual prodigiosa entre nociones como la acumulación económica y la desmaterialización, la fragmentación de los cuerpos y la concentración y dispersión de la riqueza en los engranajes del mundo. La certera y arriesgada propuesta del curador Gutiérrez incluyó el despliegue de una línea histórica didáctica situando las contribuciones conceptuales de Peña en el arte del siglo XX, y una sala de documentación fotográfica, recuperando su papel en el desarrollo del cine-arte y el performance en el periodo dorado de los setenta en la Gran Manzana. Este despliegue propició un mejor entendimiento del conmovedor performance Sacred Fire, en el que el Príncipe Negro, convertido en percusionista, usó como tamboras un grupo de barriles negros, que resonaban junto con el piano en vivo, con el trasfondo del mismo video en el que lo dorado es también el fuego que lo consume todo y evoca a la vez la arquetípica representación de los hundimientos de mundos. El concierto de la visión de Rolando Peña que ha cumplido su aspiración al arte total funciona como impecable parábola de la belleza y el caos, alentando una invocación contra la voracidad destructora de la ambición humana.
ADRIANA HERRERA
