Exposición Individualmar 2017 - may 2017· Por Breyner Huertas

Nicolás González

lugar a dudas

Nicolás González (Cali, 1989) es un artista recientemente egresado de la Universidad Javeriana de Cali, y su trabajo se ha desarrollado en relación con problemas de la escultura y la polisemia de los objetos. Hábito, su más reciente exposición en lugar a dudas, ha sido la oportunidad para provocar una serie de reacciones en torno a la instalación de unos “objetos mentirosos” en diferentes sitios de la casa. González encontró el tema de esta exposición a partir de recorridos por la ciudad, en los que observó con recurrencia motocicletas tapadas con plástico negro. La idea que le interesa, a propósito de estos objetos, es la mutabilidad de las condiciones simbólicas, una vez las cosas son cubiertas por una membrana que las oculta; en este caso, las motos, que son consideradas versátiles y veloces, una vez tapadas se transforman en cosas pesadas, estáticas, y que por lo general estorban. De esta manera, las esculturas realizadas por el artista son una serie de cáscaras sólidas y vacías que dan la sensación de ser motocicletas tapadas con impermeables; los pliegues y los brillos de la fibra de vidrio corresponden exactamente al objeto real, y por tal razón dan la sensación de peso y de presencia.

Exposición Individual: Nicolás González — imagen 1
Nicolás González. Hábito, 2016. Escultura. 120 x 150 x 60 cm (47 1/4 x 59 1/16 x 23 5/8 pulgadas). Cortesía: lugar a dudas.

Cuando vemos algo que está envuelto, tenemos el impulso de fantasear sobre su contenido y proyectar una serie de posibilidades, como si nuestros ojos quisieran ver más allá del envoltorio. Recordemos las obras más célebres de Christo, en las que cubría con tela diferentes objetos logrando la complicada acción de mostrar-ocultando, gesto que podría ser considerado como un tropo dentro de las artes visuales, y que podemos advertirlo también, por ejemplo, en la serie de fotografías Amarrados de Fernell Franco, que se trata de imágenes tomadas en la galería (central de abasto) y en el centro de la ciudad de Cali, de puestos ambulantes y carros de dulces empaquetados con tela por sus dueños, guardados y en reposo temporal esperando la llegada de una nueva jornada de trabajo. Estas imágenes, al igual que las obras de Christo, ponen en juego la evidencia de que se puede subrayar algo tapándolo; además de generar una profunda sensación de misterio sobre lo que está implícito.

Hábito consiste en dos corazas sin nombre instaladas en la casa, una de ellas exhibida en la vitrina que da a la calle, iluminada como un producto comercial, con un fondo de alta blancura para generar un escenario de ensoñación o irrealidad propio de la mercancía. Esta instalación descontextualiza el objeto al desligarlo de un fondo (social) y potencializa su presencia, amplificando sus posibilidades de ser tomado como real por un espectador casual y transeúnte que no imagina que lo que está viendo no es una motocicleta tapada con un plástico sino un cascaron hiperrealista. La distancia entre la obra y las personas provoca la certeza sobre aquello que se ve, y sin la posibilidad de tocar, muy pocos consideran la opción de su propio engaño. Incluso cabe anotar que la ausencia de una nominación adecuada produce que tales cascarones fueran llamados “motos” durante toda la exposición, una moto en la vitrina y otra moto en el patio de lugar a dudas. Esta denominación evidencia problemas en torno a los envoltorios, al aura y las vestimentas de las cosas, ya que justamente una moto era lo que no-estaba.

Una de las intenciones de González es la de incomodar y generar inquietud con estas esculturas; la ubicación de una de ellas en la vitrina se complementa con la instalación de la otra dentro de la casa, teniendo que ser movida constantemente porque se convierte en obstáculo para las actividades diarias del lugar; a diferencia de la otra, se puede tocar, y muchos comprobaron su solidez con golpes suaves en el caparazón. La incomodidad en torno a la obra tiene su reflejo en la vida cotidiana, por ejemplo, si pensamos en el espacio público invadido por vehículos, en casas antiguas convertidas en parqueaderos o particulares teniendo que mover su juego de sala para guardar la moto. Quizá el peso y la invariabilidad de estas esculturas son una reflexión sobre el estatismo de la obra de arte y la presunción de que el aura se puede conservar intacta.

Con esta muestra, Nicolás González provoca un gran número de situaciones, desde una carta emocionalmente airada que le reprocha cierta superficialidad al artista, con el convencimiento de que expuso “simplemente” una moto tapada con impermeable negro, hasta reacciones de indiferencia (la indiferencia puede ser considerada una reacción) por parte de personas que entran al espacio y no notan la obra de arte porque dan por hecho que es un “tiesto” cubierto. Estas pequeñas coyunturas provocadas por las “motos” revelan que las circunstancias de exposición, el marco y el dispositivo sobre el cual la obra se manifiesta son vitales para las dinámicas del arte. Tal vez la cotidianidad encubra los procesos estructurales de las cosas, y la vida trascurra con cierta inercia que pretende dar por hecho la naturaleza de sus entornos y sus elementos, aunque muchas veces se filtren engaños sin saberlo. El aura, que es también un envoltorio, tiene unos pliegues y unos brillos que percibimos directamente en el plano de lo simbólico, y dicho plano también puede mentirnos.

BREYNER HUERTAS

Nicolás González, por Breyner Huertas | artnexus