Entre los meses de noviembre y diciembre se realizó la primera individual de Mayana Redin en la galería Silvia Cintra, en Río de Janeiro. Titulada Archivo oscuro, la exposición llamaba la atención inicialmente debido a la ambientación escogida por la artista; en lugar de la iluminación hospitalaria común del cubo blanco, ella prefirió transformar el espacio en una caja oscura en la que, generalmente, la propia luz de algunas obras daba el tono de iluminación al total.
Esa opción remitía al uso de la palabra "oscuro" en el título de la exposición y convidaba al cuerpo del espectador a una experiencia física particular. La artista compartía con el público un archivo de sus experimentos recientes. Pienso que el acto semántico del acto de archivar es algo que permea de diferentes maneras su producción desde su participación en la octava edición de la Bienal del Mercosur, en 2011. Allí ella mostró Geografía de encuentros, una serie de dibujos cartográficos en los que sobreponía territorios en encuentros ficticios como, por ejemplo, la superposición del estrecho de Gibraltar sobre el istmo de Panamá.

El acto de apropiarse de mapas y de usarlos en una perspectiva ficticia demuestra su interés por los modos de subversión de los instrumentos utilizados por los diferentes procesos de hacer historia con la experiencia humana. No en vano, posteriormente Redin realizó trabajos en que las nociones de coleccionar, dislocar sentidos y archivar se tornaban importantes. Pienso, por ejemplo, en las obras en las que utilizas postales (como en la serie Accidentes de recorrido, del 2012) o en su diálogo con figuras históricas como Giordano Bruno (en Caja-mueble para Giordano Bruno, de 2014). Recientemente, Edificio Cosmos (2015); su colección de nombres de edificios que tienen referencias cosmológicas fue un modo de crear nuevas constelaciones de edificios en la malla urbana.
Todos esos aparatos, los mapas, los archivos, los álbumes, las catalogaciones, son tentativas milenarias de la humanidad de observar, analizar, organizar y dar sentido a la existencia. El fracaso de esos esfuerzos –bien demostrado en el clásico grabado Melancolía 1 de Albrecht Dürer– es inminente, debido a la incapacidad humana de controlar nuestro entorno de manera absoluta. Siempre hay algo que escapará, y me parece que es ese el coeficiente que interesa a Mayana Redin, especialmente en lo que se refiere al esfuerzo humano, que, de tan disciplinado, roza la sinrazón.
Mirar hacia arriba, así como los egipcios, los indios y los mayas lo hacen hasta hoy, o sea, observar el cielo, los astros, e intentar atribuir un sentido a los cuerpos extraterrestres, tal vez sea una de las actividades que más explicitan, al mismo tiempo, nuestra pequeñez en el universo y nuestra ambición intelectual. Edificio Cosmos ya apuntaba en esa dirección, pero parece que es en Archivo oscuro que esa obsesión adquiere respuestas plásticas que apuntan hacia caminos más diversificados.
Desde la entrada de la exposición, la proyección de filminas Astronauta y Cosmonauta daba el tono pendular entre lo cómico y lo trágico de la exposición. De dos en dos, se proyectaban fotografías de mujeres astronautas. Por un lado, Christa McAuliffe, estadounidense, primera civil en participar en una misión especial. Por el otro, Valentina Tereshkova, soviética, primera mujer en viajar al espacio sideral. Más de veinte años separan esos dos hechos históricos, y sus destinos fueron igualmente diferentes: si Tereshkova le da la vuelta a la Tierra tres veces y se consagra como una heroína, McAuliffe simplemente fallece en la explosión del Challenger. Irónicamente, las imágenes proyectadas las muestran en procesos de entrenamiento semejantes y, en un segundo momento, traen para el espectador el cómo se convirtieron en memoria histórica. Mientras que una vuelve a la Tierra y hace una gira, la otra se transforma en polvo, y solo nos queda ver la expresión de llanto de aquellos que acompañaban su partida.
La vida está permeada de esos acasos tan bien ejemplificados por la confrontación de biografías que nos remiten a lo intangible. Pienso que la yuxtaposición de materiales hecha por la artista, como masa de pan y libros de ciencias y astronomía, apunta a un camino semejante. Por un lado, tenemos el material bibliográfico, que intenta explicar de manera textual lo relativo a los cuerpos celestes. Por otro, la unión de elementos orgánicos capaces de generar alquímicamente pequeños objetos tridimensionales que remiten a formas interplanetarias. Podemos prever, pero no controlar enteramente, tanto los bordes de un pan cocido como el flujo de los asteroides que pueden chocarse con la Tierra. Cuando ambos campos se unen en la obra Pão (Pan), la banalidad de uno se adhiere a la monumentalidad del otro y surge un nuevo todo en el que la harina de trigo y el polvo cósmico son la misma cosa. No hay más alto y bajo, apenas la ansiedad de las dudas.
Una sensación semejante permea nuestro cuerpo cuando en Costas caminamos hacia un lado de la sala y nos bajamos para entrar en un espacio vacío entre una esquina y la reproducción fotográfica de la Luna. El astro se transforma en un objeto que puede ser aprehendido a la altura de nuestros cuerpos. Para ver la Luna, no miramos más hacia arriba, sino hacia el frente, con la certeza de que es imposible, debido a nuestra proximidad corporal, verla integralmente.
La relación entre la Luna y el Sol se hace presente en otra obra, Cañón, en la que los astros, en movimiento de eclipse, se transforman en un cañón de luz en el espacio expositivo. Utilizando una televisión de tubo envuelta en una caja de cartón como forma de proyección, la artista parece apuntar, nuevamente, hacia una aprehensión banal o antimonumental de los astros. Está ahí la Luna-Sol con una utilidad patética en el mundo terrestre; hay un cañón de luz, así como podría ser una luz de teatro. Proceso semejante y visto en Sol, en que una imagen del astro se captura dentro de un observatorio astronómico y también se replica en un instrumento de iluminación de la sala.
Un oído atento percibirá que en Cañón hay un ruido insistente de personas gritando y celebrando el eclipse capturado por la cámara. Tuve la impresión de que las inquietudes artísticas de Mayana Redin giran en torno a la observación de ese hecho: ¿por qué la humanidad insiste en impresionarse de manera tan explícita, y más que eso, en crear expectativas en torno de esos astros? ¿Cuál es el lugar de una iconografía de la astronomía en un mundo tan inmerso en la proliferación de imágenes y en la ausencia de fronteras entre banalidad y erudición? ¿Debemos tener una postura escéptica o espiritual frente a los fenómenos naturales que nos rodean? ¿Debemos agradecer la vida y aplaudir el atardecer, o ser cínicos y esperar el momento en el que algo chocará con la Tierra y pondrá fin a todo?
En ausencia de respuestas claras para esas inquietudes, le corresponde a la artista (y a aquellos que la siguen) continuar archivando pequeñas oscuridades.
RAPHAEL FONSECA
