Hay una frase del artista Mariano Sapia (Buenos Aires, 1964) que abre el juego en torno a su trabajo: “Siempre se puede hacer una lectura social pero el centro pasa por otro lugar”, explicaba en una entrevista. La exposición de sus pinturas, exhibidas en el Pabellón de las Artes de la Pontificia Universidad Católica Argentina, sucedió casi simultáneamente con el violento desalojo que sufrieron los llamados manteros (vendedores callejeros) en el barrio de Once, en Buenos Aires. A primera vista, Márgenes es una sucesión de escenas urbanas, atiborradas de pequeños personajes inmersos en el caos de espacios reconocibles: las calles de Buenos Aires, sus estaciones de tren, sus villas de emergencia. Una de esas obras, un óleo sobre tela de 2015, lleva el título Manteros, y bien podría ser una referencia al reciente conflicto. Pero tal como declara el artista, ese testimonio social deja de ser el único manifiesto, una vez introducidos en el propio paisaje que propone el numeroso conjunto. Es ese “desbordar lo representado” que sirve de título en el prólogo del catálogo para esta muestra.

Una vez familiarizados con la temática que predomina en las obras, el foco se irá desplazando, la pintura comienza a envolver al espectador de otro modo: progresa la disolución de lo evidente. En los sucesos representados, que no separan el regocijo del drama, la multiplicidad de acontecimientos parece desvanecerse en dinamismo de pura pintura. Desde el close-up que permite reconocer los detalles de algún personaje mínimo y naif, en el umbral de lo humorístico y caricaturesco, retroceder unos pasos para poder captar en su totalidad la enorme figura del árbol que parece ocupar toda la superficie de la tela. Tomando aún algo más de distancia, la anatomía humana y sus reconocibles entornos se desdibujan, se imponen el color con toda su energía, y las luces y sombras, que conservan el reflejo del transcurrir de las diferentes horas del día. Parece replicarse en el espectador lo que explicaba el artista en relación con su proceso creativo: “no existe la angustia de pintar… tampoco el placer… es sólo estar pintando”. Recorrer las obras es un momento de atención plena, que no involucra ningún tipo de estado o condición.
Dentro del enorme pabellón, el paseante podrá seguir la cadencia que propone el juego de distancias y dinamizar la mirada para captar sin trabas las distintas perspectivas. Abandonar la contemplación fija de las imágenes parece ser más afín a la propuesta. Mariano Sapia no cree en comienzos ni en finales, esos no son tópicos aplicables a la pintura, y esa intención se transmite al espectador. Vivenciar los múltiples puntos de partida y de llegada que abren las obras expande al máximo el horizonte de acontecimientos. Desde cerca, somos parte de la multitud de personajes sin rostro que se confunden en movimiento dentro de la escena citadina y cotidiana, participando de la dinámica de entornos concretos: el momento de correr al tren para no perderlo, la vorágine de la compra y venta de mercancías, los condicionamientos que impone la arquitectura de la ciudad. Y desde allí, sin percibir discontinuidades, se podrá alcanzar el otro lado de las cosas: la figura del árbol, ese símbolo mítico que se ramifica ad infinitum y nos transporta a “la totalidad de las manifestaciones, la síntesis del cielo, la tierra y el agua”1. El árbol como testigo del paso del tiempo, de las variaciones de la luz que marcan los ciclos. Es la única figura que parece agigantarse para lograr independencia y oponerse sin violencia al caos. Como el Árbol de la Vida, que es “regeneración… regreso al estado primordial”2, y, por qué no, a la infancia.
La pintura es aquí representación, pero la poderosa fuerza de los márgenes se vuelve sobre ella diluyendo lo real. En los márgenes tienen cabida todos los mundos: la caricatura, la pintura en su estado más puro, y aun el misterio mismo de la vida.
NOTAS
1. J. C. Cooper, Diccionario de símbolos. Gustavo Gili, Barcelona, 2000.
2. Ibíd.
VIVIANA SAAVEDRA
