Exposición Individualmar 2017 - may 2017· Por Natalia Gutiérrez

Luis Roldán

Museo de Arte del Banco de la República

Luis Roldán nació en Cali en 1955. Estudió Arquitectura y luego se dedicó a estudiar arte por su cuenta y con independencia. Viajes, una permanencia larga en Wisconsin, para finalmente establecerse desde hace diecinueve años en Nueva York, específicamente en Harlem, que él aprecia por su vida de vecindario multicultural.

Periplo es una exposición retrospectiva del trabajo de Roldán desde 1986 hasta 2016, curada por Nicolás Gómez y Ximena Gama. Dos grandes salas permitieron desplegar una obra que es una combinación de estructura y azar. Otra manera de decirlo sería que su trabajo oscila entre lo concreto y lo abstracto o entre lo local –entendido como sus recorridos por la ciudad, por la historia, la literatura, los anuncios de prensa, los rituales cotidianos, en fin– y un pensamiento plástico que contenga toda esa complejidad, que se convierte en una especie de talismán que revitaliza el arte.

Exposición Individual: Luis Roldán — imagen 1
Luis Roldán. Vista de la exposición Periplo (1986 – 2016), 2016. Museo de Arte del Banco de la República. Cortesía del artista.

Y es que, mientras recorría las salas del Museo de Arte del Banco de la República en Bogotá, no pude dejar de pensar que me interesa el arte que busca diferentes interlocutores. Me explico: pienso que el arte se empobrece cuando trabaja solo dentro de una lógica autorreferencial, y, por el contrario, se enriquece cuando trabaja desde la complejidad de la experiencia. Y se enriquece porque el arte es una convención que es necesario poner en duda cada cierto tiempo para recordarle a “la institución arte” que algo sucede allá afuera que no ha sido considerado, que ha sido excluido y que es necesario incluir, porque precisamente manifiesta otras lógicas y múltiples combinaciones posibles en el arte de vivir.

Se podría decir que Roldán comparte el interés por observar aquello que el artista colombiano Carlos Rojas llamaba “lo concreto”: una piedra, una mancha, un tapete viejo –por qué no– y la invención de una estructura plástica que permita hacerlos visibles. Pero me gustaría relacionar también a Roldán con algunos artistas caleños de los noventa, como Juan Mejía y Wilson Díaz, porque son artistas que se inventan un lugar para el arte donde lo importante son precisamente los espacios afectados por lo excluido. “Cali es la base de mi estructura”, dirá Roldán, y esta frase me permite arriesgarme y decir que cuando se piensa en Cali es inevitable imaginarse una ciudad envuelta en un tempo, en un cierto ritmo, en medio del cual se han construido dispositivos narrativos singulares –en el cine, en las artes plásticas, en la música y en la literatura–, en los cuales se escuchan las historias del afecto más complejas y no contadas, y una dramatización inventiva que usa todas las temporalidades posibles.

Pero hay que decir también que Roldán ha estado en contacto permanente con el arte de todos los lugares y tiempos, que precisamente ha tratado de minar con esas referencias locales. Recuerdo una de sus pinturas, que para mí marcó el entendimiento de su trabajo: se llama Fusilamientos y mide casi diez metros de largo. La primera capa era un dibujo del cuadro de Goya, cubierto por innumerables pinceladas que en realidad eran copiadas o “fusiladas”, como se dice en el lenguaje popular, de todas las pinceladas de la historia del arte, y sobre todo de los expresionistas abstractos norteamericanos. Recuerdo también su obra presentada en la Quinta Bienal de Bogotá, del Museo de Arte Moderno, en 1996: eran unos puntos de colores que se mimetizaban con la pared y resultaban ser tapas de tarros de pintura. Y es que el trabajo de Roldán se separó muy rápidamente de un oficio específico que pudiera clasificarlo como pintor o escultor, para convertirse en un buscador de las lógicas que faltan por considerar y por pensar, lógicas diferentes a las de la modernización, y que es necesario hacerlas operar de nuevo frente a la experiencia del espectador. En un trabajo reciente, por ejemplo, busca las maneras de operar de la llamada “burbuja inmobiliaria” en Estados Unidos, a partir de los anuncios de venta de toda clase de inmuebles, que él se dedica, a partir de la foto y con toda ironía, a rediseñar, y resulta así una especie de mapa que recuerda a Hans Haacke y sus mapas del poder en la sociedad capitalista.

Lo anterior me permite decir que las invenciones de Roldán no están exentas de desasosiego, y tal vez por eso se construye para sí mismo y para su oficio unos contantes y extraños rituales. Por ejemplo, dedicarse a realizar un dibujo diario en el metro, durante un año –cucarachas y micos–, para acompañar una gran pintura de 30 metros de largo hecha con el cuerpo. O un Calendario, en el cual 365 pequeños bastidores usados al revés y convertidos así en contenedores reciben la basura de su taller y fragmentos de los periódicos en Colombia y sus ominosas noticias de los años noventa.

Esta retrospectiva permitió volver a ver, por ejemplo, sus primeras pinturas, en las cuales cinco o siete pequeñas formas blancas parecen participar en un juego secreto y tocan los bordes del bastidor o se descuelgan en espacios negros casi sin fondo. Pero también vimos manchas como jardines, basura convertida en una gentil subversión de la abstracción, sábanas deshilachadas e invasoras del espacio, rejas amarradas en carritos transitorios como lo harían los bricoladores indigentes de las grandes ciudades, pinturas con latigazos de tinta que acompañaron la lectura de La vorágine, la novela de José Eustasio Rivera, y una especie de lamento acerca de la desaparición del Salto del Tequendama, en una escenografía en la cual el esplendor del salto del agua del río Bogotá, en realidad de cualquier río, se muestra como utilería de teatro, posible solamente como ficción. Esta es pues una retrospectiva que muestra un pensamiento plástico necesario en medio de un mundo cuyos cambios y configuración no hemos entendido todavía, y que requiere, entonces, la invención de otras maneras de mostrarlo y narrarlo.

NATALIA GUTIÉRREZ

Luis Roldán, por Natalia Gutiérrez | artnexus