La galería Alejandra Von Hartz presentó una selección de dos extensas series fotográficas realizadas en años recientes por el artista guatemalteco, residenciado en Argentina, Luis González Palma (1957), Hesequía y Koan.
Estos dos nuevos cuerpos de trabajo, que se alejan vertiginosamente de la obra mayormente figurativa que reconocemos del artista, incursionan en el espacio introspectivo de la abstracción. González Palma utiliza diversas herramientas para manipular/crear sus imágenes: se hace valer de fotografías antiguas, objetos, escáner y fotografía digital para pensar el espacio sensible y emocional de los planos geométricos desde distintas estrategias formales y conceptuales, con los que el artista pareciera reflexionar acerca de un momento particular en la historia de la fotografía. Como lo señala Joan Fontcuberta en su más reciente ensayo, La furia de las imágenes, donde dice: “Es obvio que estamos inmersos en un orden visual distinto y ese nuevo orden aparece marcado básicamente por tres factores: la inmaterialidad y transmitabilidad de las imágenes, su profusión y disponibilidad; y su aporte decisivo a la enciclopedización del saber y su comunicación”1. González Palma desacredita la representación realista de la cámara y utiliza diferentes métodos para lograr su cometido: pensar en la vida (la historia y la memoria) de la superficie fotográfica en una época de inmaterialidad, de velocidad y de inmediatez.

La primera sala presentó dos grandes piezas, La Luna y Cometa Halley, ambas de 2016, impresas digitalmente en papel de arroz, con pliegues y recortes en forma de collage; acompañadas además de una selección de las series Koan y Hesequía. Iconoclastia voluntaria. Hacer desaparecer la Luna, a los santos, curas y monjas, mediante el retoque, el plegado y el Photoshop es igual que borrar la historia científica y/o religiosa que nos ha acompañado en nuestra historia occidental. Una remoción que convierte la imagen en un acto de fe, de magia y de transformación. Así, su trabajo, otrora figurativo, da paso a una nueva mirada sobre lo que ya no está más, mostrando la huella que prueba la existencia, cual manto sagrado.
De la serie Koan, dos grandes impresiones digitales y algunos collages sobre papel cebolla son representaciones tomadas desde el archivo del Observatorio de Córdoba, La Luna y el Cometa Halley (2016), Eclipse de sol. Polvo Cósmico y Espectros muestran su interés en responder, por una parte, qué significa volver a mirar las constelaciones, los cielos y las estrellas, y por otra, se cuestiona la idea del espectro y las radiaciones imperceptibles al ojo humano. Entendemos que estas estrategias de fotografiar, apropiarse, suturar, borrar, doblar y observar astros hablan de una forma fragmentada y cuestionadora de percibir la realidad natural, un intento de volver a las raíces, a esa mirada virgen de civilizaciones pasadas que intentan construir cosmogonías para entender el mundo. ¿Cómo fotografiábamos y mirábamos al mundo antes de la fotografía digital? ¿Cómo sobreviven esas imágenes del pasado en la inmediatez del presente? Son preguntas que parece hacerse el artista, que no niega los usos de la tecnología digital, pero sí mantiene un vínculo estrecho con la fotografía analógica, sobre todo en el aspecto formal.
La obra de González Palma se inserta en un espacio temporal que reúne la memoria de la fotografía, conglomera los conocimientos de las emulsiones, los wet plates, junto con los escáner digitales, para reflexionar acerca de una conciencia más compleja, que revele el vacío, la geografía de la superficie fotográfica, y pensar el archivo del tiempo, esas memorias producidas por humanos, almacenadas, tal como sucede en el conjunto de Hesequía (que significa estado de quietud y silencio, según órdenes monásticas). En ella, González Palma parte de placas recuperadas del fotógrafo guatemalteco del siglo XIX Juan de Jesús Yas, y escanea imágenes selectas retirando los sujetos (retratos) hechos a curas, imágenes religiosas de vírgenes y santos, dejando únicamente el fondo. El fondo se convierte en el sujeto de la obra. Un fondo que ha servido de soporte a esas imágenes religiosas y que ahora, vacío de ellas, hablan únicamente de ese silencio, de ese vacío y de la mudez del paso del tiempo, es decir, la memoria, una memoria reconstruida. El rayado, la huella, el tiempo y la ausencia son los protagonistas, emulando al manto sagrado, en el que la huella sustituye al sujeto. González Palma busca encontrar algún significado tanto a las huellas del pasado como a las del presente, cual arqueólogo, buscando nuevas interpretaciones y perspectivas.
La segunda sala continúa con imágenes de la serie Koan, los plegados de la Luna y la serie de Espectros, fotografías digitales impresas, también, en papel de arroz. Construyendo planos pictóricos, pentagramas y líneas a partir de placas recuperadas, a la manera del Shòji, como diría Tanizaki en El elogio de la sombra, “contemplando la superficie del papel iluminado”, González Palma ha dicho que, justamente, no es la fotografía ni la técnica lo que más le interesa, sino los misterios que encierran las imágenes, por lo que a cada cuerpo de trabajo reclama un soporte y tratamiento particulares que le permitan contener las tensiones que el artista quiere destacar.
Lejos de sus rostros de antaño, se asoma una nueva identidad y memoria: la intimidad, el silencio, la mirada y la representación de lo invisible son el nuevo punto de partida. Imágenes manipuladas que poco a poco fueron desapareciendo del soporte para dar lugar a un espacio de introspección y reflexión acerca de lo vertiginoso del medio, para comentar el vacío existencial, que es materializado sensible y emocionalmente por González Palma, para hablar justamente de aquello que no es representable.
NOTA
1. Joan Fontcuberta, La furia de las imágenes. Notas sobre la postfotografía, Ed. Galaxia Gutenberg, S.L. Barcelona, 2016.
AMALIA CAPUTO
