No cabe duda de que desde que Luis Cruz Azaceta comenzó a exhibir profesionalmente (Marianao, Cuba, 1942), ha sido uno de los más vitales artistas contemporáneos. Uno de los artistas latinos que entraron a ser parte del mundo de las artes desde mediados de los setenta, su estilo fluyente y de varias capas (definido por críticos y comisarios a través de los años como Pop Apocalíptico, Expresionismo Social, Narrativa Posgeométrica, etcétera), ha permitido al público que lo perciba a él y a su arte de manera compleja: es un artista contemporáneo formado en Nueva York que vive y trabaja en Nueva Orleans, un exilado cubano y un cubano-americano, un latino, y un pintor político y social. La solidez plástica y filosófica de su obra ha sobrevivido y trascendido el neoexpresionismo superficial de los ochenta. Dentro de los plásticos latinos, él es uno de “los mayores de la tribu”, como Amalia Mesa-Bains, Rupert García y Pepón Osorio. En los últimos años, la trayectoria de Cruz Azaceta ha sido reconocida con una monografía de la serie A Ver (2014, escrita por el autor de esta reseña), la exposición inaugural del American Museum of the Cuban Diaspora (abierta al público de Miami hasta el 23 de marzo de 2017) y un reciente libro de entrevistas por Carlos Aguilera, escritor basado en Praga (Madrid: Taurus, 2016).

Un reciente cuerpo de obras fue presentado en el espacio neoyorquino de la galería Lyle O. Reitzel, bajo el título Nadar hacia La Habana. Comenzando en 1980 y el Mariel, Cruz Azaceta empezó a representar la figura del balsero en su obra, y a partir de 2009, en las palabras del artista, el “reverso, el viaje”, “vivió la travesía como un viaje mental”. Sus dibujos, pinturas y objetos de medios mixtos comenzaron a representar balseros o nadadores solitarios tratando de volver a su lugar de origen. Pero terminaban perdidos en laberintos o dándose contra paredes de concreto que no les permiten volver a la patria. La exposición en Reitzel está llena de este tipo de imaginería, explorada por vía del acrílico en tela, dibujos de plumas a colores y un objeto manufacturado que ha sido alterado.
Las pinturas son grandes, y el espacio íntimo de la galería se ve un poco apretado alrededor de las formas fuertes y colores bulliciosos. Una de las tres telas, con fecha de 2010 y titulada Nadando a La Habana de noche, es la más fuerte, con sus formas de geometría heterodoxa, las cuales construyen un mundo hermético con una paleta azul. La figura en la composición que parece un autorretrato (una constante en la iconografía de Cruz Azaceta) nada en un mar oscuro, peligroso y sin salida. Las piezas más extraordinarias en toda la muestra son los dibujos ejecutados con plumas de colores y una cubeta transformada por el pincel del pintor. Una orquestación elaborada de colores y una serie de líneas, que solo pueden ser definidas como extrañas y lúdicas, llenan estos dibujos de una frescura y un lirismo que nos recuerdan maestros como Klee y el primer Dubuffet. La amplia habilidad colorista de Cruz Azaceta se deja ver en estos dibujos hechos con sencillas plumas de colores. Rosas, púrpuras y azules saltan en contra de secciones de grises, creando un campo donde la superficie pictórica se vuelve activa. El idioma plástico llama al espectador, y entonces este se tropieza con el contenido, el cual es profundamente desajustante. El exilado quiere volver a la tierra de donde salió huyendo, pero fuerzas más allá de su control prohíben su acción. El objeto Cubeta-Nadando hacia La Habana, 2009, demuestra la inventiva de Cruz Azaceta al tomar un objeto industrial y utilitario y transformarlo con una sutil y conmovedora emoción. El espectador es atraído por el calmado color azul de la cubeta, mira adentro y encuentra el cuerpo de un nadador cortando el agua, ansiosamente tratando de llegar a una orilla imposible.
En un texto escrito para acompañar la exposición, Cruz Azaceta declara que estos cuadros son “una travesía absurda dentro de un laberinto sin salidas. Nadando a ninguna parte”. Las palabras del artista enfatizan la visión absurda en la cual está basado un gran componente de su obra. En este universo pictórico, Sísifo, en vez de empujar la piedra hacia el tope de una loma, es un nadador en un mar sin fin que nunca llegará a la orilla. Mas el tono de esta exposición no es desesperanzador, al contrario, abraza la vida con un espíritu de resistencia. No importa cuán deprimente sea el momento histórico, el “hombrecito’ de Cruz Azaceta continúa hacia adelante. Como un personaje en una obra de Samuel Beckett, nos dice: “No puedo más. Tengo que seguir”.
ALEJANDRO ANREUS
