Algunos cazadores testimonian que los zorros prefieren cercenarse partes de su cuerpo antes que sucumbir al engaño. Otros detallan que al caer en trampas grandes para osos, estas les fracturan los huesos de las patas y los obligan a escapar. Hay carnívoros nacidos para gozar de la libertad, antes que ser un manjar para otras fieras del exterminio conveniente.
En sus Cuadernos de apuntes, el sufridor ejemplar de “Nuestra América”, José Martí, poetizó la maldición cautiva: “Y me arrancaré tu amor que me duele, como un zorro cogido en una trampa se amputa con sus dientes el miembro preso. Y me iré por el mundo sangrando; pero libre”.
Quizás el flujo de esta leyenda inspiró la intervención Soliloquio del zorro (2013), propuesta de Lorena Gutiérrez en la muestra colectiva Para quebrar los muros (Museo Nacional de Bellas Artes, 2013-2014). La pieza consistió en cincuenta trampas oxidadas y esparcidas por el suelo en una de las salas destinadas para el arte cubano contemporáneo. Un “espacio minado” que insinuaba la dificultad de existir como un sujeto ordinario o sobrevivir como artista en tiempos difíciles.

Dicha alegoría, protagonizada por la ausencia física de los “astutos inmortales”, cobró aura en lienzos cercanos de Antonia Eiriz y Raúl Martínez. Ellos también debieron proceder como zorros para salvar el pellejo de ese "Gran Dictador": el olvido causado por la intransigencia hegemónica. Simbolizar el plazo de rescatar la materia gris o recibir una digna sepultura en tierra extraña configuró el guiño visual de procurar hermanar olfato y longevidad, razón animal e intuición humana.
Tal vez, Soliloquio… resultó el detonante que propició Óxido (galería La Acacia, noviembre-diciembre de 2016), exposición de Lorena Gutiérrez Camejo (La Habana, 1987). Aquí, el principio de exhibición curatorial giró en torno a extremos locales de abstracción y realidad concreta, glamour y decadencia, estética práctica y propaganda teórica, la significación y su desgaste.
La solemnidad como medio de una finalidad irónica permitió interactuar con la rigidez de un mundo tan feliz como transitorio. Lorena Gutiérrez eligió jugar con esa ilusión de eternizar ese retablo virtual del fracaso real.
¿Qué lugar ocupan en la memoria colectiva de oscuros pueblos sonrientes una medalla descolorida o un general fusilado en nombre de la vergüenza patriótica? Lo que permanece como residuo manipulable es la nada gobernada por la cotidianeidad y el simulacro. Cuando no hay opción de ganar o perder, queda el rabo del viejo zorro dedicado a borrar las huellas de los bastardos sin gloria.
“El poder te pone y te quita”, reconocía una exfuncionaria del entramado cultural devenida en promotora freelance de alas rotas. No es gratuito que Óxido constituya la propuesta más ambiciosa y parca de Lorena Gutiérrez. Tampoco es casual que el leitmotiv discursivo no implicara un lleno de resentimiento, sino un vacío de propósito. Tal es así, que prevalece una fusión de esencia y apariencia.
¿Dónde están los héroes? era una superficie pictórica, diseñada a partir de noventa y nueve distinciones militares originales de una tríada célebre de la Guerra Fría: Cuba, Estados Unidos y la disuelta Unión Soviética. De nuevo, el fin de una historia facilitó el comienzo de otra estetización del caos, para restituir en clave satírica lo que Hannah Arendt denominó “la banalidad del mal”.
“La vida es siempre la muerte de alguien”, dijo Antonin Artaud en un instante de sosiego mental. Una razón suficiente para que el valor de una condecoración descubriera su utilidad en el precio de un cuadro, leve como forma y pesado como idea.
El siglo de nombres anunciado por el nómada Arthur Rimbaud careció de sentido en una composición abstracta, donde es imposible distinguir jefes impuestos de líderes escogidos. Reproducir y juntar los colores de la épica implicó volverla legible para quienes vegetan orgullosos de ignorar cuestiones de principios. Pura demagogia retiniana: la politización epidérmica como apoliticismo visceral.
El plan infinito de concatenar un ideario orgánico entre un infierno del control y el paraíso del desarreglo pretendió esbozarse con El vacío de mi reflexión: réplica de una hoja del periódico Granma, armada mediante tipografías de imprenta en plomo. Aunque las letras doradas se encontraban lo mismo al derecho que al revés, sin orden ni ley. Casi un jeroglífico idóneo para leerse a manera de puzzle.
Ciertos observadores interpretaron el lingote enmarcado sobre un pedestal como una tarja honorífica sin identidad, alegórica de quienes pudieran merecer un reconocimiento colectivo personalmente sutil.
Óxido alcanzó su indefinición mejor en Patrón 0 (Rosa), bordado multicolor donde impera el rosado como representación de un medallero militar rediseñado. La condecoración terminó reemplazada por una estructura aleatoria, capaz de exonerarla de sospechas contenidistas. Las trampas del vacío sintetizadas por Lorena Gutiérrez ratificaron que, tras agotarse el repertorio histriónico de una fantasía púrpura, consuela evocar un deleite cromático tejido por manos piadosas.
HÉCTOR ANTÓN
