La exposición de Liuba Wolf en el Museo Lasar Segall, en São Paulo, presentó al público un conjunto de esculturas y relieves creados por la artista en los decenios de 1960 a 1980. Las obras expuestas revelaron al visitante la investigación estética que ella desarrolló en esa época, abriendo un diálogo entre la abstracción y la figuración, investigando la representación geométrica y las formas orgánicas. El material de sus esculturas es esencialmente el bronce, aunque en la década de los setenta haya trabajado también con poliéster.
Entre los trabajos expuestos estaba uno que resultó de un homenaje a Lasar Segall (Vilna, Lituania 1891-São Paulo, 1957). Se trataba de un yeso –una Cabeza–, realizado en conmemoración de los cincuenta años de la primera exposición de Segall en Brasil, en 1913. Esta obra fue realizada en 1964, en bronce, para ser instalada en Río de Janeiro, en el barrio de La Gloria (Largo del Russel).

Hacía ya largo tiempo que no se había presentado la oportunidad de contacto con un conjunto de las obras de la artista, aunque se pudieran encontrar sus trabajos en las colecciones de museos. Después del deceso de Liuba, en 2005, la primera vez que sus obras aparecieron expuestas fue en la última Bienal del Mercosur, en Porto Alegre, en 2015, y solo ahora, en São Paulo, el público pudo nuevamente estar en contacto directo con la producción de esta artista.
En el Museo Segall, las esculturas de gran formato, hechas para el exterior, se mostraron en el jardín del museo, y los demás trabajos, de formato medio, se dispusieron en el espacio expositivo de la institución.
Liuba Boyadjieva nació en Sofía (Bulgaria) en 1923. Creció en un ambiente culto privilegiado, siendo su madre escritora y su padre industrial, con especial gusto por la música; él tocaba violín. La artista se formó en el área de humanidades, estudiando griego y latín y dedicándose al piano. Cuando su familia se estableció en Ginebra, ingresó en la Escuela de Bellas Artes y desarrolló especial gusto por la escultura. Después estudió en Zúrich con Germaine Richier (1904-1958), artista renombrada de la Escuela de París.
El contacto con Germaine Richier tuvo un fuerte impacto en su formación como escultora moderna, marcándola en la forma de concebir la escultura. En esa época, en Zúrich, también mantuvo relación con un grupo de importantes artistas, como Marino Marini y Arthur Honnegger, entre otros. Al final de la guerra, cuando Richier reabrió su atelier en París, Liuba se instaló en esa ciudad, continuando sus estudios con esa artista hasta 1949.
En Francia, su círculo de amistades incluía a Zadkine, Viera da Silva, Alberto Magnelli, entre otros. Realizó diversos viajes por Europa, visitando los museos más importantes.
Vino al Brasil, se casó en 1958 con el empresario y coleccionista Ernesto Wolf y vivió entre São Paulo y París, estableciendo talleres en ambas ciudades. Se naturalizó como brasilera. Definió su modo personal de trabajar la escultura y llegó a la plena madurez artística. En las décadas de 1960 y 1970, expuso en diferentes ciudades del mundo y tuvo reconocimiento internacional. En el 2001 se publicó un libro con el ensayo de Sam Hunter “Liuba: en el filo de la abstracción”, con motivo de su exposición en el Achim Moeller Fine Art. Este libro celebra su arte (editorial Rizzoli, Nueva York).
Son características de su trabajo la fuerza expresiva, el juego táctil de la superficie, entre lo liso y lo matérico, lo rústico. La verticalidad es otra marca esencial, así como la gestualidad de las formas. Figurativas al inicio de su trayectoria, sus obras se tornaron abstractizadas a partir de los años cincuenta. Pero siempre hubo una memoria arcaica que remitía a arquetipos primitivos. Algunos críticos, como Sam Hunter, ven en estas formas referencias a la realidad precolombina. Se destaca, igualmente, un cierto surrealismo en su abstracción, pero los críticos resaltan principalmente que la artista situara su trabajo en la frontera entre la abstracción y la figuración. Se señala la fuerza de la imaginación en la concepción de las obras.
Liuba dijo, en más de una declaración, que sus formas nacen del subconsciente. Son, para ella, “bichos”, animales, pero también pueden ser vegetales o raíces. Podrían ser tótems, en una simbiosis entre el mundo animal y vegetal, según otro observador, el artista Emmanoel Araújo. La artista admite, en cierta ocasión, en una entrevista, que su trabajo “se inspira en toda suerte de formas naturales”1.
En la exposición del Museo Lasar Segall fue posible el reencuentro con la fuerza plástica de la escultura de Liuba, vitalizando la dinámica estética que provoca en el espectador. Veintisiete trabajos fueron seleccionados para la muestra por los curadores Jorge Schwartz y Marcelo Monzani, quienes destacan a la artista como una de las más importantes escultoras brasileras, al lado de María Martins, Felícia Leirner, Sonia Ebling y Pola Resende.
NOTA
1. Entrevista con Liuba Wolf. Chefs d´oevre de l´art, nº 105, 1965. Información citada por María Alice Millet en Liuba en Río de Janeiro – Galería Marcelo Guarnieri. Mayo de 2016 (catálogo).
LISBETH REBOLLO GONÇALVES
