Paisajes extrañamente silenciosos, óleos de situaciones cotidianas dentro del taller del artista, collages que desafían no solo las leyes de gravedad, sino el espacio creado por el marco del cuadro, y, finalmente, caricaturas. Esta es una exposición que abarca todas las facetas de este gran artista payanés, que lleva cerca de quince años sin mostrar sus obras en Bogotá. Sí, hay caricaturas de personajes públicos por su connotación política, económica o social, de familias enteras, de conocidos. Caricaturas que hacen gala del buen dibujante que habita dentro de Cárdenas, y ante todo, de la excelente observación que se requiere para agrandar un cuello al que lo merece o para destacar alguna faceta que haga de sus personajes una suerte de monstruos cargados de ironía. Pareciera, como sucede con los caricaturistas, que Cárdenas se ríe de ellos en silencio, detrás del lápiz, y se pregunta sobre sus debilidades, sobre sus fantasmas, o acaso, sobre sus deseos más impúdicos. Una cosa es lo que mostramos, pero otra muy diferente es lo que en nuestra intimidad somos. Cárdenas empieza a desvelar, a correr el velo, a destapar esa olla que todos ocultamos. Porque, en últimas, cuando nos muestra una sociedad perversamente maquillada, nos está retratando a todos los que observamos sus lienzos o dibujos. Cuando los espacios se desarticulan, se multiplican y se colonizan, al final son fruto de una necesidad posesiva y usurpadora que nos mueve.

Pero, la exposición va más allá de una retrospectiva, va más allá de una muestra de los diversos matices artísticos que acompañan a Cárdenas. La exposición nos deja entrever que este artista, sin importar el tipo de lenguaje, técnica o formato, siempre se encuentra “divirtiéndose” con el entorno, transformándolo, desgarrándolo o haciendo de él un cuerpo íntimo y desolador. Cárdenas entra en el detalle, lo esculca, lo exalta y nos lo devuelve en su desnudez más cruda y avasalladora. Aun así, resulta interesante encontrar en sus imágenes el silencio que anteriormente destacábamos. A pesar de sus ironías y de sus crudezas, a pesar de la ruptura de espacios y la transformación psicológica de personajes, el recorrido por esta muestra es acompañado con el sonido de nuestros propios pasos. Todo es silencioso, el viento no circula, los paisajes esperan a que el espectador grite en ellos para repetir en su espacio el eco perpetuo de ese gesto. Cuando se trata de un autorretrato en su estudio, él mira detrás del caballete o de la mesa de dibujo hacia el espectador, como alguna vez lo hiciese Velázquez, esperando el gesto que uno haga frente a él para materializarlo en ese otro “cuadro” que está pintando. El bucle se hace nuevamente bucle, y el pintor espera a que el espectador mire para que este se sienta observado, como le puede suceder frente a un espejo que le cuestiona uno sus propios infortunios. Pero, resulta que el pintor está pintado, y el cuadro que el pintor pinta ya es el espacio que nosotros estamos ocupando. El espectador es atacado por sus propios temores mientras el artista sonríe mentalmente. El silencio es parecido al que se manifiesta en un ascensor: todos entran en un espacio casi íntimo, comparten el mismo aire, la misma atmósfera, todos escuchan el resoplido de alguno o huelen el café del vecino o el perfume de la funcionaria que acaba de subir. Todos miramos el reloj, el teléfono celular, y revisamos casi con ansiedad el piso que necesitamos para deshacernos de ese cajón que está que estalla de información pero que permanece casi en un silencio sepulcral. Allí, en esos momentos, es donde vemos que sale a relucir un artista que descubre en esas tensiones la magia que se esconde en las relaciones entre las personas y el espacio o las relaciones entre la sociedad y el político de turno. El artista contempla aquel panorama y lo devuelve con sorna hacia el mundo que lo ha recreado mil veces en su día a día. Cárdenas somete esas vivencias del mundo, esos detalles de los espacios o aquellos retratos de la sociedad en espejos de este mundo lleno de ambigüedades.
En ese aspecto, el caricaturista que acompañó a Juan Cárdenas desde la época en que se inició como dibujante en los periódicos La República, El Tiempo y El Espacio para ganarse la vida, según nos lo reseña en una entrevista a propósito de esta muestra, aquel caricaturista sigue vivo en toda su obra. No de otra manera puede uno desplegar tanta riqueza de ironía y sarcasmo, en cuadros tan supremamente sutiles. Su obra en general nos recuerda a un Goya que se burlaba del mundo en el que vivió y que con genialidad fue retratando y resaltando los extremos y los límites que lo acompañaban en aquel momento. Han pasado muchos años, pero tanto en Goya como en esta muestra de Cárdenas vemos que la ironía es tan inmortal como el deseo.
ANDRÉS GAITÁN
