Bajo el título Chambre d’(a)pesanteur (Cuarto (in)grávido) Gabriela Morawetz expone obras en la galería Thessa Herold. Nacida en Polonia, estudió en la Academia de Bellas Artes de Cracovia, con una formación completa de las distintas disciplinas artísticas. Residió en Caracas (Venezuela) desde 1975 por ocho años, y a partir de 1983, en París. Son los comienzos de una vida jalonada por constantes intercambios con América Latina, siendo Venezuela el país donde inició su carrera profesional.
Desde sus primeras pinturas se perfila un universo personal hecho de combinaciones de técnicas sutiles. A principios de los noventa utiliza la emulsión de plata y elige la fotografía como medio de expresión. Su interés por la fotografía se perfila de manera espontánea desde su juventud. Pero posiblemente tiene una raíz distinta: los recuerdos de la infancia viendo a su abuelo paterno trabajando negativos, registrando y elaborando tomas. Las posturas que se presentaban, el juego de luces, como en un teatro íntimo.

La exposición se articula en dos lugares de la galería y en Paris Foto. Entre estenotipos, emulsiones sobre vidrio antiguo impresas sobre papeles diversos, tejidos y vidrios planos o cóncavos, el conjunto supera las cien imágenes, que se articulan alrededor de Point du départ (Punto de partida, 2015) pieza originaria que se inspira en Anunciación de Santa Ana del Giotto. La referencia a la habitación es una especie de matriz, y su ruptura es un leitmotiv. La anunciación, o sea la gravidez, se abre según este punto de vista: síntesis de todas las deconstrucciones previstas. Es la proyección del espacio íntimo del taller como una hoja en blanco. Metáfora de la superficie (tela, papel o vidrio) a la espera de la representación regida por antinomias: lo cósmico, psíquico y corpóreo.
La obra se arma y desarma, y la artista inventa soluciones en el proceso: agrega pigmentos, traza líneas, construye, modifica, se introduce o sale, invita a personajes y registra el paso del tiempo de acuerdo con el mapa estelar del momento en la localidad. Todas son maneras posibles de guardar la memoria de las escenas y los escenarios que podrían considerarse residuos autónomos: dinámica de una proyección.
Un libro de artista firmado en siete ejemplares de 25 x 34 cm, constituido de otras sesenta impresiones, es parte del tema. Las tapas de yeso lo convierten en objeto. Un volumen adyacente indica el título, y otra publicación más pequeña contiene los mapas del cielo con el día y la hora en que cada fotografía fue tomada; otro tipo de tratamiento de la imagen que hace alusión nuevamente a cierto nomadismo. Realiza instalaciones únicamente para las tomas, y los materiales son diversos; espejos, tejidos, madera, metal, alambre.
Creación de ficciones y atmósferas con objetos muy simples, algunos accesorios, las luces, los tejidos, para lograr la ilusión de un nuevo espacio. Una práctica similar al escenógrafo, donde el actor se recrea y desestructura su propia pieza. Como en las precedentes tomas con los miembros del grupo de danza Butoh: se destaca la circularidad, lo estelar y el cuestionamiento de lo subjetivo-objetivo. Pasajes del alma registrados sobre diversas superficies. Es un arte femenino que elimina lo superfluo. Solo los recorridos de las líneas son reflejos fluctuantes: de allí la sensación de falta de peso.
Una ficción que ayuda al espectador a descubrirse a sí mismo: al espacio euclidiano y, por extensión, la galería misma. Y la duda de la percepción, la incertidumbre, crea una experiencia atemporal, y el resultado sobrepasa la medida de la ejecución: de allí la fuerza y el misterio.
“La idea es que todo comunica y que en cada nueva acción queda la traza de la precedente […] es mi reflexión sobre el vacío como una fuerza creativa”, sostiene Gabriela Morawetz.
SUSANA SULIC
