Exposición Individualmar 2017 - may 2017· Por Oscar Roldán-Alzate

Fredy Alzate

Sala de Arte Suramericana

El vacío ha sido una preocupación en el quehacer del arte en muchos momentos de su historia; de hecho, la noción de representación ha estado claramente ligada a la ausencia del modelo representado, y, por tanto, se ha pensado que el arte, sin ser la realidad misma, es una impronta, un reflejo de su vacío. Horror vacui fue la consigna que orientó la saturación barroca en su evasiva a la indeseable falta de contenido, a su vez homologable a la ausencia de espíritu en las cosas. Le Font (La fuente, 1917) de Marcel Duchamp llenó de sentido el vacío, objetivando su existencia, en una pieza que, a su vez, y, paradójicamente, otorgó una suerte de licencia de rey Midas a los artistas, en una operación replicada en masa por otros artistas media centuria más tarde, asunto que ha llegado a límites insospechados, tornando la genialidad duchampiana en regla de oropel contemporánea. Actualmente, este esquivo concepto se ha convertido en protagonista del arte. Ya no es una novedad, ni mucho menos un reto inabordable. No obstante, como pasó con la perspectiva en su momento, el vacío reclama nuevos interlocutores, artistas versados que no teman a su apabullante ruido y logren hacerle decir cosas, no nuevas, quizá necesarias.

Exposición Individual: Fredy Alzate — imagen 1
Fredy Alzate. Vacuus, 2016. Resina poliéster, fibra de vidrio, pigmento. 250 x 240 x 480 cm (98 27/64 x 94 31/64 x 188 31/32 pulgadas).

Fredy Alzate (Rionegro, Antioquia, Colombia, 1975), uno de los tres artistas latinoamericanos ganadores de la última versión del CIFO’s 2017 (The Cisneros Fontanals Art Foundation) Grants & Commissions Programs, en la categoría de Mid-career, se mueve en esta línea. Llegó al vacío, lo labró, detalladamente primero, y luego lo terminó de pulir pensándolo, escenificándolo. Territorios inciertos –la más reciente de sus exposiciones, que tuvo lugar en la Sala de Arte de Suramericana, 2016– plantó un socavón colosal justo en el centro histórico de uno de los conglomerados económicos más potente de Colombia, el Grupo Empresarial Antioqueño, otrora conocido como el Sindicato Antioqueño.

Literalmente, una oquedad, un vacío en forma e idea era el leitmotiv de esta exposición. Con la curia del artesano, Alzate ha venido colectando, copiando la piel de las minas de cantera en algunos lugares de la geografía colombiana, en los cuales la eterna fiebre del oro ha retornado. Tramos de huecos, que son a la vez vacío, son trasladados del terreno de la escombrera a la asepsia de la galería. El sentido, evidentemente trastocado, nos enfrenta a un dilema, a un volumen que resulta de la nada, a una pregunta que repele, como dos magnetos alineados con polos iguales, y nos demanda alguna respuesta. El resultado, vacío de contenido y contenido sin forma, protagoniza la escena. No hay lugar para una claridad más diáfana: la tragedia de la vanidad emerge nuevamente de los adentros de la angustia humana, su propia miseria.

Alzate, refiriéndose al asunto de la minería ilegal en Colombia, afirma que, “aunque es vasto el tema y tiene muchos matices, me interesa trasladar las referencias que tomo en el trabajo etnográfico que continuaré realizando, a un espacio intersubjetivo donde las metáforas reflejen el desequilibrio de lo natural”. Su interés está cifrado en una realidad innegable: el valor del suelo, no por ser suelo, sino más bien por lo que no es, el oro que contiene. Una paradoja de la economía que aloja su propia estructura y, a la vez, su inestable rigidez, tornándola en una ciencia imprecisa, con viso de esoterismo. El oro, el elemento que provocó la locura medieval y dio origen a las teorías alquimistas, un metal blando que hasta la más reciente Revolución Industrial encontró sentido en la cadena productiva como uno de los conductores más eficientes de la tabla periódica, sigue siendo el pie de rey en los intercambios financieros desde el albor de la invención del dinero, quizás basado simplemente en su resplandor dorado, inmediata remembranza del Sol.

Para obtener un castellano de oro (4,6 gramos), una mina amplía su vacío en unos 27 metros cúbicos. Lo interesante es que los territorios del oro en Colombia, que son distintos a los de la ciudad contemporánea, obedecen a tiempos diferentes también. Para ellos, una libra equivale a 460 gramos, es decir, cien castellanos; un castellano son 16 reales, un real son seis granos, y un tomín son dos reales. Tal es la jerga castellana antigua de medidas para un vacío descomunal.

Terrenos inciertos despliega, entre formas del vacío y representaciones pictóricas de gran formato que aluden a los procesos del flagelo de la minería ilegal, una dialéctica que enfrenta la escasez con la abundancia, en un despliegue de materiales sensibles que podrían claramente estar en otro centro de poder, en otra latitud del orbe, y aun así haciendo pensar a los poderosos que se trata de una apología de su éxito, más que de un señalamiento sarcástico a la naturaleza humana y a la perfidias de su devenir. Tal vez, ese mismo precepto es el del orinal suscrito con el insidioso R. Mutt en 1917: una forma de advertencia para una raza que, al cavar en la tierra para encontrar el resplandeciente sol, sin saber, deja a punto, a la vez, su sepulcro.

OSCAR ROLDÁN-ALZATE

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