El panorama plástico venezolano de los siglos XX y XXI posee un sello distintivo: activa mecanismos de la memoria capaces de reflejar sus discursos en múltiples direcciones. Al mirar esta etapa, advertiríamos la falsa alarma de una dispersión discursiva, pero se trata más bien de una diversidad revestida de fortuna que plantea libertad estética.
La exposición Flujo disperso/Blurry Flux transita estos rumbos. Propone una efusión discursiva de lo visual que se va desenfocando, al tiempo que cada pieza alcanza sus propias aristas pues esta colectiva no acude, desde el punto de vista museográfico, a que el espectador se oriente con un orden cronológico, sino sensorial. Esta exposición –que deviene del proyecto Diálogos con la Colección, coordinado por la investigadora Tahía Rivero, de la Colección Mercantil, en Caracas– deja entrever un sentido genealógico que exhorta a experimentar una vinculación particular entre obras modernas de artífices locales y las de contemporáneos, brindando nuevos recursos a la memoria visual.

Se tejen múltiples sensorialidades. Y esto, huelga acotar, puede percibirse por el lector, quien, tras observar las fotografías que acompañan estas líneas, notará que se trata de un diálogo de orden abierto y simultáneo, y no tanto de una narrativa lineal: nos encontramos ante una exposición plurisensorial que convoca al encuentro con 45 piezas realizadas por 36 creadores. Por ello, Carla Arocha (reconocida artífice venezolana residente en Bélgica) y Stéphane Schraenen (creador belga con quien Arocha trabaja desde 2006) han propuesto en esta muestra una curaduría que coquetea con el ojo artístico. Han tomado como hilo discursivo la sumatoria del arte venezolano.

Esta sumatoria incluye modernidad y vanguardia, en una selección de lenguajes visuales que aluden a la ciudad criolla –entre otras fuentes evocativas–, y que desembocan en la mirada que refleja esa conversación crítica entre la Venezuela moderna y la contemporánea bajo las firmas, figurativas y geométricas, de cada autor. Por ejemplo, el discurso visual en la museografía se propone ser iniciado con una fotografía, Limoges (serie Residente pulido), que data de 2001, de Alexander Apóstol, en una composición que alude al pasado moderno a través de un edificio semiantiguo en primer plano, y la antecede una escultura realizada por Carlos Zerpa que rememora a Santiago de León de Caracas, coronados por una pintura de Luis Romero que grafica el icónico logotipo de la marca Efe que por años acompañó a la arquitectura caraqueña. A su lado, la fotografía de Antolín Sánchez titulada La gente existe. Lo curioso es que este grupo es cerrado por Puerta, de Mateo Manaure, un objeto rectangular de madera con intersecciones lineales de colores planos en blanco, negro y naranja alternados entre sí con la madera natural, que transmite el dejo de la memoria hacia aquel pasado modernista que numerosa herencia artística legó.

En un ingreso a la sala dan la bienvenida varios dispositivos modulares, que son estructuras rectangulares creadas por el colectivo Arocha/Schraenen, los cuales, bajo el juego del reflejo, devuelven al espectador nuevas miradas. Esta dinámica reflectante conjuga un panorama abierto, vivo en imágenes, por cuanto logra que las obras expuestas atesoren y tracen otros y nuevos caminos visuales menos clásicos e igualmente constitutivos. Así, pues, otro lenguaje simbólico de ingreso puede convocar a la Hija del sol de Armando Reverón, en consonancia diagonal con una obra clásica de Antonio Herrera Toro, Sin título (Construcción), que poco a poco va geometrizando la composición, algo inusual en la propuesta plástica del maestro decimonónico.
El rompimiento de lo que tradicionalmente podemos reconocer como clásico acontece en varias ocasiones en Flujo disperso/Blurry Flux, por lo que resulta fundamental destacar una pieza bidimensional, de pequeño formato, en la cual Alejandro Otero buscaría cierto cinetismo mediante estructuras caladas con diminutos rectángulos hechos en papel. Se trata de una pieza ejecutada en 1958, Sin título, que brinda a la vista la libertad de crear en sí misma ante una materialidad no usual entre los cinéticos. La sorpresa se amplía cuando notamos el objeto inusual en este mismo artífice, Ce Cinq Mars 1825, de 1962, que no guarda estrecha relación estética con la anterior: es una especie de ventana hecha en madera intervenida con un papel escrito y adherido, de tonalidad antigua, que recuerda la esencia del ready-made. Y Jesús Soto evoca la misma experiencia con la obra que forma parte de la serie Leños (1962). Esta última es un objeto rectangular, de madera pintada en tonos oscuros, pero en cuya cara frontal no pierde la oportuna destreza de mostrar líneas verticales y sinuosas rememorando un juego óptico. No obstante, este último no predomina en la pieza; toda ella concentra una atención propia.

Si queremos conseguir un núcleo de la muestra, podríamos centrarnos en Caracas desde el Alto Hatillo de Adrián Pujol. Una pintura hecha a gran escala que, bajo una técnica que guiña el ojo al puntillismo, recuerda el paso por la estética lumínica y brillante que reina en nuestra ciudad capital y su naturaleza.
La naturaleza resguarda nuestro paso en gran parte de esta exposición como fulgor también del paso del ser humano, lo cual puede vislumbrarse en la fotografía de Roberto Obregón o en Fragmento del Ávila de Manuel Cabré, o en Ávila de Pedro Tagliafico. Esta última es destacable: a través de una sencilla yuxtaposición de papel, entre ellos trozos de periódicos que dejan a la vista anuncios publicitarios, alude a la gran montaña que embellece a la ciudad de Caracas, el Ávila.
Así pues, el desfile de artistas de la colección no rasga al discurso curatorial y menos al museográfico, sino que los enriquece: la muestra no teme presentar obras creadas en 1900 y discurrir por todo el siglo XX, aterrizando en la centuria que nos acoge, tras mostrarnos nombres como los mencionados y acompañados de Rafael María Baralt, Omar Carreño, Carlos Contramaestre, Sammy Cucher, Natalya Critchley, Carlos Cruz Diez, Sigfredo Chacón, Eugenio Espinoza, José Gabriel Fernández, Alí González, Carlos González Bogen, José Antonio Hernández-Diez, Carlos Herrera, Antonio Lazo, Suwon Lee, Luis Lizardo, Óscar Machado, Carlos Puche, Bárbaro Rivas, Pedro Terán y Meyer Vaisman.
* Fotografía: Walter Otto. Cortesía: Collection Mercantil.
GRISEL ARVELÁEZ P.

