Enrique Tábara Zerna (Guayaquil, 1930) es uno de los artistas ecuatorianos más reconocidos de todos los tiempos. Al punto que Guayasamín, al ver una muestra suya de obras expresionistas, acotó lo siguiente: […] en el Ecuador hay dos pintores: Tábara y yo”. Y más allá de lo que pueda mostrar una exposición, como es el caso de Colección latinoamericana, que estuvo durante el mes de noviembre en la Sala Multifuncional del Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC) de Guayaquil, cuando una conoce al ser humano detrás de la producción, queda convencida de que hay un mundo interior que rechaza de manera comedida los protocolos para concentrarse con rigor en la creación.
La muestra, conformada por treinta y cinco piezas (1954 hasta el 2004), entre óleos, tintas, lápices, témperas, serigrafías y técnicas mixtas, realiza un recorrido por algunos de sus retratos, la serie de los pata-pata1 y su producción más informalista. Son de esas obras que, tras su aparente sencillez, te dejan ver a un hombre realmente ocupado en proyectar esencias. Y es que el artista, además de frecuentar una pintura figurativa básicamente centrada en retratos y paisajes, también ha formado parte de tendencias como el informalismo, la neofiguración, fluctuaciones torresgarcianas, y ha terminado siendo una figura singular con un proceso continuo de exploración reflexiva acerca de las posibilidades matéricas del arte.

En su infancia, Enrique Tábara disfrutaba sobremanera quedarse ratos observando la naturaleza. Encontraba en ella motivos valiosos para sus composiciones de mariposas, árboles, paisajes y figuras humanas. Siempre ha declarado que de estos elementos le fascinaban su colorido y el desafío de aprehenderlos en su dimensión más etérea. Las piezas de la muestra así lo acreditan: Mariposas, Celeste limón, Enredo del bosque. Están apegadas a ese deseo de emular con lo prístino, enardeciéndolo. Con similar fuerza expresiva emergen algunas de las obras de la serie pata-pata como Sobre fondo azul, Las patas, Atigrado, que, bajo influencia pop, resultaron ser en Ecuador de las obras más controversiales. Los ecos de la mencionada tendencia llegaron a él en su juventud pero además, conceptualmente, recuerdan esos árboles wak-wak procedentes de las culturas india e islámica medievales, donde se asociaba al reino vegetal con los orígenes de nuestra especie. La cosmovisión del hombre-planta que obsesionara a los conquistadores, y fuera recogido en bestiarios y diarios de viaje, ocupa acá un lugar fundamental. Quizás en el momento posterior al regreso de Enrique Tábara a Ecuador, después de haberse codeado con los informalistas españoles y el surrealismo de París, decide asociar los pies con sus raíces, tal como lo han perpetuado las religiones orientales en su visión armónica del mundo. Y lo logra sin efectismos, apegado a ese sentido visceral de experimentación apreciable en su producción.
Hay una obra que aduce su pasión por transar con el geometrismo heredero de Mondrian, y agasajado en Torres García, pero sin obviar sus ancestros: Precolombino, de 1968. Solucionada con técnica mixta sobre cartulina, resulta una de las piezas más convincentes de la exposición. Un hombre que tuvo la dicha de obtener el Premio Internacional de Pintura Abstracta en 1960; fue invitado personalmente por André Breton a participar en “Exposition Internationale du Surrealismo” de París, como miembro del grupo Informalista español; también reclamado en la Bienal Internacional de São Paulo (Brasil), en 1961, y cuatro años después, Marta Traba declaró sobre él: “No hay ninguna pintura en Latinoamérica que, como la de Tábara, exprese tan exactamente el no-ser indígena”; no debe haber resultado fácil lidiar a su regreso con los convencionalismos de la sociedad ecuatoriana.
Formó parte del grupo VAN, en su defensa de la libertad creativa y un posicionamiento radical ante la manifestación institucional de evadir los lenguajes locales. Para enfrentar esta situación, organizan la antibienal y muestran obras controversiales. Le endilgaron no responder a lo que los críticos del momento en el contexto entendían como arte latinoamericano, porque alteraba para entonces el lenguaje abstracto con el desenfado y la frescura que le aportaba el pop art. Ahí comienza a utilizar las piernas con un carácter referencial; las mismas que en los años ochenta también colgarían de sus atípicos árboles. A esta etapa pertenece Rojo vertical, de 1980, una pieza que marca el retorno a la democracia ecuatoriana, iniciada un año antes. Una secuencia de pies de un rojo cálido, y que para esta década aparecen calzados por zapatos, dan fe del carácter masivo y la avidez por los cambios del contexto ideológico en ciernes.
Hay un grupo de obras, elegidas para iniciar el recorrido de la exposición, que pertenecen a su etapa figurativa: Muchacho, Sin título, (llama la atención porque es una muchacha púber; en cambio, sus rasgos son muy varoniles) y Las chismosas. Estas tienen su origen en los años cincuenta del pasado siglo, cuando, motivado por el lenguaje del realismo social, retrató carboneros, prostitutas, solteronas, y el mundo de los salones de baile. Acercamientos que desde ese tiempo le costaron ser menospreciado dentro de la esfera artística nacional, porque estaba en boga para esa época el apego al discurso indigenista, que, en el caso de Ecuador (salvo raras excepciones), resultó en muchos casos de un aire calamitoso activado hasta lo panfletario.
Tábara ha sido un artista que se ha mantenido alejado del “mundanal ruido” de los medios, y del carácter diletante que muchas veces caracteriza a la escena artística local. Sin embargo, nunca se ha negado a colaborar con las instituciones y personas que le solicitan exponer lo que constituye una de las trayectorias más sólidas del arte contemporáneo ecuatoriano; tal como asumen adversas situaciones los más nobles de espíritu.
NOTA
1. La serie pata-pata, que se remonta a una obra de 1954, utiliza básicamente un lenguaje neofigurativo, con cierta influencia pop, y consiste en un grupo de piezas donde integró pies que más tarde une a piernas, medias y zapatos. Las realizaba a través de un dibujo recortado con gran variedad cromática. La geometrización y el movimiento de estas aludían a un universo fragmentario en franca relación con sus búsquedas estéticas.
AMALINA BOMNIN
