La Casa Triângulo, en São Paulo, presenta la exposición individual del artista carioca Eduardo Berliner, con la curaduría de Priscyla Gomes y Felipe Kaiser. El artista trabajó durante un año en el proceso creativo y productivo para la ejecución de las obras presentadas en esa muestra, llamada “Corpo em muda” (Cuerpo en mutación).
Como punto de partida para la producción de las 120 obras presentadas, Berliner las separó con la escala de la galería, de proporciones gigantes, lo que le generó de inmediato un gran desafío: sería necesario armonizar grandes formatos con obras de dimensiones menores que permitiesen un espectro del pensamiento de Berliner. La gran escala permitiría explorar obras grandes y armonizarlas con otras de menor escala.

Pinturas, dibujos, grabados y acuarelas diversas presentan un universo imaginario que puebla el pensamiento del artista. Una gramática particular huye de las reglas para dar cabida a las imágenes generadas en su propio pensamiento. De acuerdo con la curaduría, “Cuerpo en mutación” se constituyó en el espacio expositivo a partir de la relación del artista con el escritor angolano, radicado en Portugal, Valter Hugo Mãe. Ellos ya habían trabajado juntos en otros proyectos. Los curadores de esta exposición le apostaron a esa relación, principalmente a partir de una obra de Mãe, La deshumanización.
En La deshumanización, el escritor Valter Hugo Mãe narra la historia de una niña que, ante la muerte de su hermana gemela, se interroga sobre lo que se haría con su cuerpo. Aquello que es sepultado equivale a la imagen del cuerpo que se deshace por la acción de los bichos de la tierra y al cuerpazo de algo fecundo. Se establece la condición incierta de la niña sembrada, de un cuerpo que es al mismo tiempo carcasa y semilla. Algo que, en la ingenuidad de la imaginación infantil, hace que la niña plantada dé ramas y frutos, así como uñas y dientes, en un proceso de crecimiento desordenado. Un cuerpo en mutación del cual brotan elementos dispares o ambiguos, donde conviven partes inconexas.
Para los curadores, brotar, modificar, renovar, son algunos de los conceptos asociados a la mutación. El término designa también una muda o planta joven, que anhela la acción del tiempo. Esas acepciones traen consigo, entre otras cosas, la expectativa del desarrollo, de la mudanza, de la fructificación. Ese es el anclaje entre las obras de Eduardo Berliner y Valter Hugo Mãe.
El proceso artístico de Eduardo Berliner corre en dirección a su emoción, sus pulsiones, su inconsciente. El artista deja aflorar en su mente imágenes mentales. No se preocupa por seguir una línea, un proyecto preelaborado, sino que, a lo largo del recorrido, las obras que emergen de ese ejercicio van mostrándole relaciones que aparentemente no existían.
Eduardo Berliner no sigue un proceso lineal. El artista observa que, en su experiencia, llegó a permitir que sus intereses surjan gradualmente con el pasar de los días, por cuanto dibuja y pinta sin un norte definido. El proceso diario del trabajo hace que sus ojos, su cabeza y su cuerpo se relacionen gradualmente entre sí de manera más intensa. Sus preguntas e indagaciones se acumulan, descolocadas en tiempo y espacio. Están todas allá, en su memoria. Una colección de imaginarios y figuraciones que pasan a habitar el inconsciente del artista. Ese cúmulo de fabulaciones mentales de Berliner, entremezcladas en sus memorias, se materializa ocasionalmente en imágenes mentales, de manera inesperada, un “devenir” deleuziano.
En la tentativa de dar forma a esos pensamientos, el artista dibuja, pinta, construye objetos de manera obsesiva. Pasa a trabajar por medio de la memoria, de la observación, o a partir de fotos de su proprio archivo, o recolectadas, pero a medida que las imágenes mentales se aproximan a su mundo, las partituras del artista se van constituyendo. Para el artista, la relación con el soporte es determinante. Las imágenes mentales son apenas un punto de partida. Las decisiones parten primero de su intuición, pero no son aleatorias, hay una guía entre su momento, su estado de ánimo y sus trabajos en proceso. A medida que Berliner comienza a dibujar y pintar basado en algunos de esos puntos de entrada, surge la visualización de aquello que ya habitaba sus pensamientos de manera nebulosa. Por lo tanto, las cosas del mundo y las imágenes mentales se retroalimentan.
Muchas de sus pinturas lidian con la compresión temporal no lineal. A veces una misma tela puede contener asuntos mapeados hace más de una década, yuxtapuesta o amalgamada a un evento reciente de distinta naturaleza. Sus recuerdos y sus distorsiones encuentran su reflejo en cosas de naturaleza distinta a su alrededor, y, tal vez por eso, al pintar, el artista no crea solo un registro objetivo, sino también algo de otra naturaleza que muchas veces está fuera de la racionalización.
En la exploración de esas sensaciones, el artista construye fusiones de imágenes que se entrelazan y atraviesan sus pensamientos. Un universo imaginario de constituciones propias, que ganan complejidad por el cúmulo de gestos y hechos fortuitos en la manipulación del medio. Las imágenes de Berliner, a pesar de todo, son materiales. Cada obra se impone como un cuerpo en presencia de los observadores. Al final, Eduardo Berliner apuesta a la ambigüedad del ver: de qué se reconoce y no se reconoce, aquello en el soporte de la tela, del papel, de la madera. Un juego permanente entre abstracción y figuración subyace en sus discusiones sobre su imaginario: también se trata de pigmento, luz, tamaño y distancia.
Entre lo imaginario y lo real físico, esos Cuerpos en mutación desbordan los sentidos de Eduardo Berliner, revelando las connotaciones presentes en sus figuraciones. La niña sembrada de Valter Hugo Mãe hace eco en su producción, no por una referencia directa al universo del autor: encontramos en ambos el instante en que el potencial para el cambio congrega los caminos más diversos, por donde germinan lo raquítico y lo gracioso, lo prosaico y brutal.
HÉLCIO MAGALHÃES
