Uno de los momentos más convulsionados de la segunda mitad del siglo XX, en lo que respecta al arte colombiano, es, probablemente, la década del setenta. Este foco de interés para críticos, historiadores, investigadores, curadores y artistas, cada vez que es revisado, parece desbordar la información de un proceso lleno de tensiones y deslizamientos que dio contextura a las prácticas artísticas contemporáneas en el país. Como se sabe, quizás uno de los precursores de esta nueva generación es Bernardo Salcedo, un artista siempre crítico y desafiante con el sistema de producción, circulación y consumo estético, quien negó ser parte del denominado conceptualismo pero que, paradójicamente, tuvo en la exploración de nuevos formatos y en el uso del lenguaje su lugar de trabajo. Este último aspecto es el que nos ocupa en las líneas que siguen.

En 1962 fue publicado Cómo hacer cosas con palabras, el célebre texto del filósofo norteamericano John Austin, que, bajo una licencia poética, da título a la exposición que aloja el Museo de Arte Moderno de Medellín sobre la obra de Bernardo Salcedo, desde diciembre del año pasado. La muestra hace parte del programa Homenajes MAMM, que desde el año 2010 da cierre a la programación expositiva del Museo con un espacio dedicado a artistas colombianos de larga trayectoria y de relevancia para la historia del arte nacional. Esta exposición toma la nave central y las dos salas principales del edificio Talleres Robledo para revisar en Salcedo el papel del lenguaje como condición inherente a la producción creativa, algo que, dicho sea de paso, resulta inédito en curadurías anteriores.
Es sabido que una de las características del conceptualismo, que inició de manera simultánea a nivel global desde finales de la década del sesenta, fue justamente la aparición del lenguaje como elemento constitutivo de la obra. Al desplazar, en la mayoría de los casos, el interés en la concreción final hacia el proceso, la experimentación, la idea y, en muchos casos, la vida misma, los artistas abrieron un nuevo horizonte de trabajo que se alejaba de la estética moderna que predominaba hasta entonces. En el caso colombiano, la historia del arte difícilmente ha revisado la manera en que lenguaje y arte se imbricaron en las turbulentas décadas del sesenta y el setenta, ante lo cual se torna indispensable una apuesta curatorial como la de Ana María Lozano con el trabajo de Salcedo.

Cómo hacer cosas con palabras pasa por ser quizás una de las pocas exposiciones individuales de Salcedo en la última década, aunque, debe decirse, no muestra con toda su fuerza el potencial plástico y visual del artista. Pese a que la posibilidad de mostrar un Salcedo anclado al lenguaje como punto de partida es una apuesta bastante interesante para refrescar la mirada sobre su obra, cabe decir que las decisiones museográficas no tejen fino el propósito inicial. La distribución de las obras se divide en dos grupos: en el ala sur del museo se exhiben las ya conocidas cajas, algunos objetos escultóricos y las series Señas particulares, Cosas nuevas y Acuarelas a la lata. En ellas, los nombres denotan acciones y decisiones tomadas por el artista para intervenir objetos. Por su parte, en la sala ubicada en el costado norte se muestran trabajos que tienden de lleno al uso del lenguaje como elemento constitutivo; algunas de ellas son: Frases de cajón, Bodegón, las famosas planas, las autoentrevistas, algunos recortes de prensa y material de archivo. Por último, la nave central del edificio presenta dos instalaciones de importancia significativa para el arte colombiano: Hectárea de heno y Primera lección. Mientras que la primera fue ganadora de la II Bienal de Coltejer, en 1970, la segunda fue exhibida en 1973 con motivo de la Bienal de Artes Gráficas en Cali. Esta obra en particular encontró en la nave central de Talleres Robledo un espacio propicio para ser exhibida tal y como fue concebida por el artista, esto es, como una serie de vallas que debían ser leídas de manera consecutiva al recorrer el espacio.
Bajo esta apuesta espacial, sumada al color gris oscuro de ambas salas que vuelve monótono el recorrido, pareciera que una sala muestra al Salcedo que recurre plenamente al uso del lenguaje como soporte de la obra de arte, mientras la otra se encarga de mostrar al Salcedo que desarrolla obras en las que su formación como arquitecto tiene salidas bastante claras en piezas objetuales, y que no por ello escapan al uso del lenguaje. No obstante, si el texto de Austin hubiera sido tomado no solo como licencia poética, sino más bien como referente directo de la curaduría, el despliegue museográfico podría haber imbricado piezas pertenecientes a ambos grupos para hilvanar una narrativa mucho más rica y compleja que jugara con esos actos de habla realizados por el artista, para ver una curaduría realmente inédita de Bernardo Salcedo.
Sería interesante, por ejemplo, revisar en las cajas y en los objetos escultóricos cómo se cruzan el lenguaje y la arquitectura. En el caso de Salcedo, la exploración del fragmento, no solo en términos formales sino también semánticos, podría dar luces acerca de un problema interartístico poco estudiado en el arte nacional. Esto, quizás, porque a través del humor y la ironía, sus demostraciones, como él mismo las llamaba, denotan situaciones que necesariamente arriban a los puertos del lenguaje, convirtiendo la lingüística, la filosofía, la arquitectura y el arte en territorios cercanos dentro de su trabajo.
Pese a la división y sectorización de piezas en la exposición, lo que sí puede afirmarse es que todas dan cuenta de la preocupación de Salcedo por concebir la obra como un producto intelectual. Esta cuestión fue un denominador común en el trabajo de artistas que realizaron piezas cercanas a las prácticas conceptuales, pero que difícilmente pudieron ser asimiladas por la crítica de la época. Con respecto a esto, Salcedo señaló en una entrevista realizada por el periódico El Tiempo, en marzo de 1969, que Marta Traba no entendía en absoluto las cajas, pues había tratado de entenderlas intuitivamente y no intelectualmente, que es como debía tener lugar el acercamiento a ellas (el comentario de Traba sobre las cajas puede encontrarse en un artículo publicado el 14 de agosto de 1966 en el Magazín Dominical del periódico El Espectador). Ante esta cuestión, y a sabiendas de que en los últimos años la curaduría ha asumido un papel cercano al de la crítica, la exposición Cómo hacer cosas con palabras propone la revisión de las implicaciones que tuvo el giro lingüístico en el trabajo de Bernardo Salcedo, mostrando algunas obras que han sido poco expuestas, pero también dejando de lado una postura más definida frente a un capítulo del arte colombiano aún por explorar.
* Cortesía: Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM).
JORGE LOPERA
Magíster en Estudios Humanísticos de la Universidad EAFIT.

