La transición del lenguaje figurativo al modelo abstracto es descrita por los teóricos como un proceso de síntesis o decantación mediante el cual la representación de la realidad se transforma en una concepción plástica autónoma, independiente del mundo exterior. Los elementos de expresión visual dejan de ser portadores de significados para convertirse en el objetivo temático; la narrativa discurre entonces en torno a los medios empleados previstos en el manejo de la línea, el color, el plano y otros componentes, percibidos como protagonistas de la escena pictórica. En este contexto, la exposición Adrián Pujol. Apuntes abstractos es un referente de los cambios estilísticos que se perfilan como un avance dentro de las búsquedas emprendidas por el artista. Presentada en las salas de Beatriz Gil Galería, esta muestra comprende 74 óleos de pequeño y mediano formato ejecutados, mayormente, entre 2007 y 2013, acompañados de bocetos de fechas anteriores.

Desde su llegada a Venezuela en 1974, Pujol (Palma de Mallorca, España, 1948) ha cultivado una nutrida trayectoria que abarca distintas facetas dentro de su producción. En los inicios de su carrera, afronta problemáticas asociadas a la cultura y la deshumanización que trajo consigo el desarrollo urbano, la alegoría de los objetos cotidianos y otras cuestiones vinculadas a la modernidad y su pretendido rol civilizatorio. Posteriormente, en los años ochenta se interesa por el paisaje, género que explora con dedicación y empeño por más de dos décadas consecutivas. Imbuido de la exuberancia de la naturaleza tropical, sus panorámicas denotan improntas rápidas y saturadas superficies cromáticas. Es por ello que en 2006 es invitado a la Villa Planchart –también conocida como la Quinta El Cerrito, paradigma de la arquitectura vanguardista en el país– para que pintara, desde ese domicilio, las vistas de El Ávila, nombre que recibe la imponente montaña que se extiende sobre la grisácea horizontalidad de la ciudad capitalina. Pero su encuentro con esta emblemática residencia lo motivó a estampar, sobre la tela de sus lienzos, los diseños geométricos intercalados en los espacios habitacionales. Proyectada en 1957 por el italiano Gio Ponti, este ejemplo de integración de las artes alberga obras de afamados creadores de la época que atrajeron la atención del pintor mallorquín. No obstante, años atrás él ya se había sensibilizado con la imagen concreta, cuando, de manera espontánea, bosqueja tramas, estructuras y garabatos conducidos azarosamente sobre sus cuadernos, sin un fin explícito o definido, mientras platicaba por teléfono con sus amigos e interlocutores. A partir de un análisis comparativo, detecta paralelismos entre estos ejercicios lúdicos y los encuadres que capta en la Villa Planchart.
Estas dos vertientes conforman el contenido de la exposición, agrupadas bajo las categorías Chez Planchart y DHT (Dibujos hablando por teléfono). La primera alude a los distintos ángulos de la morada; de ahí los títulos Cocina, Puerta y Techo 1, realizados en 2007, y Techo 6A y Espacio 2B, de 2010. En cambio, la serie DHT, que incluye S/T, 269 y 313, entre otras piezas, elaborada principalmente en 2013, es una selección de unos treinta grafismos extraídos de sus libretas de anotaciones atesoradas desde 1997. Ambas secuencias se caracterizan por una asimetría que otorga organicidad al conjunto, así como un sugestivo desplazamiento de las formas, circunscritas por una gama de tonalidades personalizada. Sobre este aspecto señala Ruth Auerbach, curadora de la muestra, en el texto del catálogo: “Pujol se centra en el coincidente orden reticular –paradójicamente– para transgredir su sentido de pureza estética en una instancia de libertad experimental, desmantelando los inflexibles preceptos de la geometría, profanada formalmente a través del gesto pictórico que atrapa nuevas percepciones del objeto representado…”.
Desde esta perspectiva, su discurso formula una doble resemantización respecto a las propuestas constructivistas, ya que fracciona y detalla las obras, instaladas como murales o intervenciones arquitectónicas, con lo cual reinterpreta, desde su particular punto de vista, el proyecto original mediante técnicas y escalas redimensionadas. Por otra parte, sugiere una relectura de las tendencias que implementaron códigos visuales inéditos en el ámbito venezolano, a mediados de la centuria pasada. “65 años después de su auge –declara el autor a la prensa–, la abstracción geométrica ya es un clásico, una estética establecida. He visto que quienes hoy la utilizan no lo hacen como una copia o repetición, sino que responden a la evolución del canon, con elementos en común, y por eso inventé llamarlos ‘Los Coincidentes’, un término que ya había usado [Claudio] Perna, pero que yo abordo de otro modo…”. En este sentido, tanto en su etapa figurativa como en sus trabajos más recientes, Pujol se enmarca dentro de las posturas revisionistas que toman en cuenta el pensamiento crítico y la actitud reflexiva, rasgos distintivos de la generación de artistas que surge en las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI.
GLADYS YUNES YUNES
