Las imágenes no están delimitadas únicamente por nuestro universo visible bajo la escala humana. La observación de las estrellas y el espacio sideral plantea un contraste dramático frente a la vida de pequeñas criaturas como las arañas, que tienen un papel protagonista en la exposición de este artista argentino dentro de las salas de MARCO, en la ciudad de Monterrey.
La incertidumbre de ser solo una mínima parte de la creación es la sensación desde la cual la obra de Tomás Saraceno adquiere pertinencia, bajo una narrativa que entrelaza las reflexiones artísticas con la investigación científica. Estas historias se amplían, no bajo el efecto de un microscopio o un telescopio, sino desde la mirada crítica de este productor visual que realiza bitácoras de observación de diferentes fenómenos de la naturaleza, los cuales impactan el paisaje y la atmósfera terrestres.

Reflexionar sobre el origen del planeta y del sistema solar a través de la exposición Ciento sesenta y tres mil años luz me llevó como espectadora a preguntarme lo siguiente: ¿nuestra presencia individual es importante en la memoria del universo? ¿Qué es la inmensidad frente a una diminuta araña? ¿Qué pasa cuando lo único relevante que podemos hacer es percibir la oscuridad evocativa de una sala de exposiciones sin referencias temporales?
Un recorrido impactante y lleno de contrastes es el que despliega este artista argentino, a lo largo de su primera muestra individual en América Latina. La curaduría corrió a cargo de Gonzalo Ortega en MARCO, en la ciudad de Monterrey (Nuevo León, México).
El nombre de la exposición proviene de la distancia traducida en tiempo y espacio que tardaríamos en observar una partícula mínima de luz proveniente de Las Nubes de Magallanes, que son dos galaxias enanas ubicadas a 163.000 años luz de la Tierra. Considerando lo anterior, las imágenes no pueden ser vistas desde el momento presente. En torno a la visibilidad, en contraste con la inconmensurabilidad de las galaxias, podemos mencionar que se trata de enormes colecciones de estrellas, polvo y gas. Usualmente contienen varios millones o billones de estrellas y pueden variar en tamaño, desde algunos miles a varios cientos de miles de años luz de diámetro.

En el universo existen cientos de billones de galaxias que se presentan en diferentes tamaños, formas y brillantez. Las estrellas y las galaxias encontradas por los científicos al observar el espacio algunas veces están solas, otras, en pares o en grandes grupos llamados cúmulos. Los tres tipos básicos de galaxias son: espirales, elípticas e irregulares.
La intemporalidad de ciertos territorios en nuestro planeta como los desiertos, las planicies, y especialmente el salar de Uyuni, en Bolivia, motivó a este artista argentino a preguntarse por nuestra percepción al ubicarnos en un tiempo y lugar determinados.
La exposición curada por Ortega propone un recorrido a partir de núcleos de obras sin delimitaciones convencionales. En cambio, despliega la creación de una serie de atmósferas que permiten recorridos sensoriales al propiciar experiencias integrales mediante la vista, el tacto y la sonoridad.
La muestra de Saraceno fue dividida en tres secciones que funcionan como ejes de la obra del artista, alternados en seis espacios de exposición. La luz y la oscuridad a través de sus matices determinan el carácter de cada zona. Este contraste es central para que las piezas puedan despegarse de un ambiente típico de exhibición, desde la cual el “cubo blanco” pasa a un segundo plano; este concepto es sustituido por Saraceno a través de la teatralidad, desde la cual el artista rechaza una lectura lineal de su trabajo, al dejar atrás el logocentrismo de ciertos procesos de interpretación preexistentes en un museo de arte contemporáneo, tales como la lectura de obras bidimensionales colgadas en los muros, las explicaciones por escrito, cédulas detalladas o discursos rebuscados.
En el caso de las zonas de oscuridad, se vuelve fundamental para el artista que el espectador experimente asombro y extrañeza frente a una serie de instalaciones vivas donde las arañas son las protagonistas.

Cosmic Jive (2016) es una obra conformada con telarañas tejidas por diferentes tipos de arañas; estos insectos habitan una serie de cubos de vidrio flotantes, y dentro de ellos tejen activamente. Este montaje funciona como ilusión perfecta o como marca del artificio de lo que pensamos que sucede en la naturaleza y su observación.
Arachno concert (2016) consistió en cautivar bajo tres cubos de acrílico un grupo de arañas, las cuales desplegaron tejido. Estos hilos de araña se movían con el aire provocado por el calor de las lámparas bajo los cuales estaban iluminados, en medio de la más profunda oscuridad. En esta pieza se armonizan el movimiento, el calor y el sonido producido por los delicados hilos de telaraña suspendidos en una especie de sinfonía etérea y espectral.
En la siguiente sala del museo podemos observar un ambiente totalmente aéreo e iluminado desde el cual se muestra Aerocene (2015), una serie de esculturas aerosolares pensadas para viajar con la energía del Sol y el calor de la Tierra.
La obra de Saraceno que le brinda el nombre a la exposición, Ciento sesenta y tres mil años luz, es una videoinstalación de la imagen cósmica del salar de Uyuni. El sonido provocado por el choque entre dos hoyos negros penetra desde el fondo. Y al otro extremo de la sala, una proyección del universo palpita sobre una malla; es la imagen que ha tardado 163.000 años en arribar a la Tierra. Una de las características más interesantes de esta muestra es la forma en que, a partir de una serie de esculturas aerosolares y telas tejidas por arañas en cautiverio, podemos hacernos preguntas en torno a los límites entre el arte y la ciencia. Tomás Saraceno manifiesta un carácter interdisciplinario desfasándose de enfoques positivistas y lineales.
Una de las piezas más impactantes de la exposición es la que lleva por nombre Aeolic Instrument for a Ballooning Ensemble (2015), desarrollada en un escenario completamente blanco, un grupo de esculturas, globos gigantes como los utilizados por los satélites espaciales para llegar a sitios inaccesibles para el ser humano. Esos globos fueron propuestos y diseñados por Saraceno previendo que la energía utilizada para su movimiento fuera la solar.
Las esculturas y los procesos de materialidad que no están hechos por el ser humano y su colaboración con otros seres como las diminutas arañas o la luz del Sol, nos permiten demostrar que el arte no tiene confines delimitados por una forma académica domesticable por cánones determinados.
La influencia de otros artistas en la obra de Saraceno se vuelve patente al observar sus obras frente al trabajo de León Ferrari o Laurie Anderson, dos figuras claves en la transgresión de las narrativas tradicionales del arte.
En este margen tan amplio desde el cual el universo no tiene límites frente a la imaginación humana, el arte de Saraceno nos permitirá dar cuenta de nuevos marcos de sentido de nuestra memoria visual permitiéndonos romper cánones o jerarquías entre lo diminuto y la enorme que puede ser la memoria visual de la vida en todas sus manifestaciones.
ROCÍO CÁRDENAS PACHECO

