El título de la reciente exposición individual de Rochelle Costi en la Anita Schwartz Galería, en Río de Janeiro, da doble orientación para las imágenes allí organizadas por la artista. Si por un lado la palabra contabilidad remite, según un diccionario, a “la ciencia de carácter teórico y práctico que se dedica al estudio de los métodos de cálculo”, por otro lado también puede verse como la unión entre las palabras contar y habilidad. Es en esa segunda concepción, menos científica y más aglutinadora del título de la exposición, que me parece que la investigación de la artista dialoga de manera más cercana.

Además de eso, el verbo contar también puede ser interpretado de varias maneras. La presencia del contaje numérico y su relación con la matemática es un dato que se hace muy presente en la exposición, aunque tengo la impresión de que ese significado se encuentra también unido a la definición de contar como un acto narrativo acerca de un tema. Por lo tanto, en ese proyecto, Rochelle Costi se encuentra en un movimiento pendular entre la observación y la designación de números para diferentes existencias en el mundo y su potencial narrativo y ficcional por medio de esos mismos elementos. Ese último aspecto de esas obras me parece constante en su investigación como artista visual desde el inicio de su carrera. Sus fotografías, además de la documentación de espacios arquitectónicos, objetos y personas, están más interesadas en incitar la mirada curiosa por parte del público y estimular su capacidad de imaginación mental y narrativa, a partir de su encuentro con esas imágenes que tienden a la gran escala y a la frontalidad física.
Parte de la exposición se refiere a las obras que la artista mostró en la 20ª edición de la Bienal Arte Paiz, realizada en Guatemala. Después de la experiencia de recorrer diferentes lugares del país durante un viaje de investigación para la bienal, Rochelle Costi dirigió su mirada hacia los diferentes modos de exhibición de productos para la venta y su exceso numérico y cromático. En la exposición se muestran cinco grandes fotografías que traen al espectador los espacios de las tiendas de mercados populares que venden cerámica, santos católicos, ropas, textiles y, en fin, frutas y verduras. En esas imágenes hay ciertamente la extrañeza entre quien fotografía y lo que es fotografiado; por más que sea posible afirmar que espacios parecidos a esos se encuentran fácilmente en el Brasil natal de la artista, ciertamente las referencias, por ejemplo, a la cultura maya de las cerámicas, los avisos en español y los trenzados de los textiles se presentan como novedades para su mirada.
La amplitud horizontal de las imágenes llama la atención de modo diferente a como lo haría el recorrido físico de esos espacios. Al vernos obligados a observar el congelamiento de las imágenes proporcionado por la fotografía, rápidamente percibimos el enorme número de objetos que fueron organizados allí por los vendedores, a fin de invitar a la compra. El carácter de compra y utilidad de esos objetos, entonces, se ve en segundo plano y es sustituido por un convite para nuestra contemplación. Nuestra mirada se pierde en ese océano de detalles estimulado por la inserción de pequeños números que se ponen a contar el número de elementos que componen cada una de esas imágenes. Al mover nuestras retinas por las imágenes, las cosas se vuelven números, y se hace claro el inevitable deseo humano de organizar y coleccionar, deseo este muy relacionado con las mismas prácticas antropológicas y etnográficas.
Estas fotos, sin embargo, no fueron los únicos elementos mostrados por la artista en Guatemala. Estaba también la proyección de un video que reunía pequeños segmentos de la mirada de Rochelle Costi sobre lo cotidiano y el trabajo en el espacio público de ese país. En cámara lenta, las personas arman sus barracas, cargan objetos y descascaran para nuestros ojos el proceso de composición de esos frágiles almacencitos. Con una emotiva cinta sonora, la artista parece interesada igualmente en los bastidores creativos que hacen que llegue posteriormente a la documentación de esos espacios destinados a mostrar cosas. Finalmente, además del video y las fotos, una serie de bolas de caucho, hechas y pintadas artesanalmente, presentan numeración y traen hacia lo tridimensional la cuantificación de la experiencia humana común a la exposición y a los mercados populares.
Esa suma de obras de Rochelle Costi aquí descrita ejemplifica su habilidad para contar historias a partir de imágenes. Podríamos contemplar esas imágenes sin ninguna referencia a Guatemala, y aun así seríamos capaces de dar a esas fotografías otras posibilidades de pertenencia geográfica y de atribución de sentido a la presencia de esos números. En el segundo piso de la exposición, endosando esa lectura acerca de su producción, hay dos obras que son también ejemplares de esa capacidad polisémica del encuentro entre contar matemáticamente y contar literariamente.
Colección de artista trata de la colección de centenas de objetos que representan corazones, recolectados por la artista desde hace más de dos décadas. Sacados de su ámbito doméstico (precisamente de su cuarto) y llevados para el espacio institucional, se muestran también con números, que generan más ficción de lo que informan; en la ausencia de un indicador que señale la historia y el origen de cada uno de ellos, es posible de nuevo que el espectador use su imaginación. Por fin, en el video Dieciséis, la artista hace un homenaje afectivo al paso del tiempo de su propia hija –actualmente con 16 años, o sea, nacida en el 2000 y ejemplo de una generación que tiene toda su existencia embebida en la fotografía digital–, dividido en dos imágenes, reúne de atrás para adelante, y viceversa, fotos y videos del crecimiento y experiencia del mundo por parte de ese miembro de la familia.
Ya sea con la mirada dirigida hacia su esfera privada y afectiva, o hacia el espacio público de la alteridad, la investigación de Rochelle Costi mantiene constante un interés por la actividad humana y por su vitalidad. Podemos catalogar aquello que nos rodea, pero la potencia vital siempre encontrará la manera de escapar a los números y a los documentos, tal como sospecho que algunos de esos objetos presentes en sus fotos debe haberse quedado sin número. Lo que esa exposición y su producción nos hacen recordar es que no sirve de nada saber contar si no tenemos consciencia de lo que queremos contar. Felizmente Rochelle Costi sigue experimentando y mostrándonos que la vida todavía puede y debe ser contada de muchas maneras.
RAPHAEL FONSECA
