Exposición Individualdic 2016 - feb 2017· Por Christine Frèrot

Miguel Rothschild

Bendana-Pinel

La obra de Miguel Rothschild –artista nacido en Buenos Aires en 1963, que vive y trabaja en Berlín– nunca decepciona y siempre sorprende. Para su última exposición individual en París, intitulada por él mismo Contre vents et marées, aborda una temática que no es para él únicamente geografía o clima sino también emoción de la forma y la materia. Tomada de la marina, la locución Contra viento y marea data del siglo XVII y es empleada en la actualidad sobre todo como metáfora, como un desafío para vencer los obstáculos de la vida, cuyo ardor de conquista es a menudo desgastado por la duda. Encontramos esta capacidad del artista de desplegar el sentido del término en todas sus acepciones (por lo menos en francés1, puesto que la palabra sentido evoca a la vez una sensación, una idea y una dirección) en todas las obras presentadas, que constituyen a un tiempo ejercicios de total inventiva material, fragmentos poéticos y testimonios de la complejidad de los sentimientos.

Exposición Individual: Miguel Rothschild — imagen 1
Miguel Rothschild. Sans titre, D’après William Turner (Sin título, Según William Turner), 2016. C-print sobre tela, hilo de pescar. 230 x 287 x 78 cm (90 35/64 x 112 63/64 x 30 45/64 pulgadas).

Miguel Rothschild es un artista curioso y prolijo, interesado tanto en las infinitas posibilidades de los objetos y materiales que asocia, integra o desvía como en el discurso conceptual y estético que estos últimos pueden expresar como respuesta o eco a sus propios cuestionamientos existenciales, afectivos y artísticos. Pero en este deseo de vivir más allá de las “imágenes” existe juego, sentido del humor cómplice y también, en ocasiones, burla, incluso de sí mismo (recordamos con gozo la exposición colectiva Continental Shift, en el Ludwig Fórum de Aquisgrán, Alemania, en el año 2000, donde el artista proponía una meditación sobre el dolor y el placer: una cama cubierta de esparadrapos evocaba el sufrimiento y la herida afectiva, mientras que un sensual sillón color de rosa, con mil bocas en relieve, invitaba a besos imposibles). El trabajo creador de Rothschild es sin lugar a dudas muy personal, pero no se encierra en sí mismo como lo hace la mayoría de obras de tendencia autobiográfica. Por el contrario, está abierto a todos los sentidos e incita todos los cuestionamientos, puesto que está particularmente impregnado de afecto, lo que lo hace aún más cercano y empático.

En la primera sala de la exposición, que reúne cuatro fotografías intervenidas y una instalación, impresiona la reducida policromía de las obras presentadas. La coloreada pasión desapareció bajo los grises, los blancos opacos o los negros brillantes; una sinfonía casi monocromática, semejante a una dramaturgia, atrapa al visitante y lo arrastra en un maelström2 acuático o nebuloso totalmente onírico. El vidrio de seguridad roto, el plexiglás, los recortes de confetis, los hilos de nailon, todo contribuye a la transparencia y refuerza la sensación de movimiento virtual que dirige el discurso subyacente del artista.

Puede que se trate de nubes deshilachadas e inestables de las que surgen hilos de nailon, o de un fino chorro de espuma o de agua que brota fuera de la obra sobre el suelo (Lluvia, 2016), o incluso de un cielo cargado de inquietantes nubes negras delante de las cuales azota una desenfrenada tormenta simulada por la opacidad irregular del plexiglás que recubre la fotografía como una pantalla de lluvia (Fenêtre, Ventana, 2016). Ya sea que se trate de un vidrio especial de seguridad trizado formando miles de vetas que recubren la imagen como una cortina de lluvia y rompen la visión, (Outre-mer, Ultramar, 2016) o de un mar agitado e inquietante cuyos marmolados remolinos de incesante movimiento –que puede ser el del viento o el de la marea– se resaltan y acompasan con gotitas de espuma, recortadas igualmente en la imagen y lanzadas al espacio como confeti (Contre vents et marées, 2016), la fuerza y la violencia de los elementos dominan y acentúan la inestabilidad perceptiva del espectador.

Pero lo que revela plenamente toda la capacidad poética e inventiva de Miguel Rothschild es la instalación intitulada Sans titre, D’après William Turner (Sin título, según William Turner, 2016), obra ligera y densa a la vez, donde el mar y la lluvia conforman sin embargo un todo indisociable. La obra no es solo estéticamente bella sino también un fragmento de realidad, impresión, sonido y movimiento imaginarios. Como una especie de mágica “alfombra voladora” flotando en el aire a unos 80 cm del suelo, el “mar” (impresión sobre seda) es sostenido por una infinidad de hilos transparentes que cuelgan del techo.

La exposición continúa en la segunda sala con obras en las que reencontramos el color, esta vez con tonos rojos y anaranjados. Si en la primera sala el artista lanzaba un desafío a los elementos, en la segunda propone otro tipo de meditación. Dos fotografías muestran el interior de iglesias o catedrales góticas, de donde brota una multitud de hilos con colores de vitrales, colgando del papel fotográfico para lanzarse al vacío y caer al suelo. Sangre o fuego, sufrimiento o consunción, la metáfora se mantiene en torno a la condición humana. El único objeto-escultura de la exposición (160.040.5 Carat, 2016) yace en el suelo como un diamante solitario, como una cosmogonía transparente o como una tela de araña esperando a su presa.

NOTAS

1. Y en español, NdT.

2. Torbellino, NdT.

CHRISTINE FRÉROT

Miguel Rothschild, por Christine Frèrot | artnexus