En una descollante, misteriosa y divertida exposición, el Museo de Arte Moderno de Medellín enseña de manera extensa las varias personalidades de María Isabel Rueda. Nacida en Cartagena en 1972, Rueda es sin duda una de las artistas más corajudas del Caribe colombiano, donde ser artista y ser mujer no es cosa fácil. Pero hablemos de sus múltiples personalidades. A través de dos décadas de trabajo, Rueda ha tomado varias estrategias del arte contemporáneo para hacer señalamientos, observaciones, índices, usando la fotografía y el video como elementos de registro sin intereses de manipular estos medios, sin acrecentarlos o potenciarlos. En el caso de sus dibujos, que son abundantes, la contención frente al medio se refiere a los efectos y los formatos, aunque desborden en ellos el erotismo y el esoterismo, en una conjunción algo perversa que podríamos llamar, recordando a Andrés Caicedo, efecto “dientes de caperucita”.

Rueda es una videasta que tiene sensibilidad de fotógrafa, y usa el tiempo y el encuadre como ventana para registrar los violentos encuentros entre agua y tierra, como veremos más adelante. Una retratista que utiliza la fotografía con aparente simpleza para registrar series –hombres enlodados saliendo de volcanes de barro, mujeres cuyas pecas son constelaciones, adolescentes góticos bogotanos bautizados como “vampiros de la Sabana”– y una dibujante de escenas oníricas donde aparecen a la vez indígenas arahuacos, hombres lobos, angelitos empantanados, vampiresas, plantas exuberantes y una fauna variopinta que parece vivir solo de noche, como da cuenta la serie Mi destino esta en tus manos (2010), presente en la exposición.
Las referencias en su obra, claramente abiertas en Oscuro diario, son muy internacionales y a la vez muy locales. Principalmente Rueda ha investigado de manera extensa el llamado “gótico tropical”, un término tan útil para definir una herramienta cultural –más que un estilo– como la antropofagia cultural, y en el cosmos personal de la artista se oyen ecos de la escena rockera bogotana de los noventa, del cine de terror, de la influencia espiritual, si no espiritista, de Álvaro Barrios y Norman Mejía, y de un universo gráfico que tanto tiene que ver con los maestros del cómic Alex Raymond, Guido Crepax y el Frank Miller de Sin City.
En sus dibujos, escenarios sofisticados que parecen extraídos del Hollywood de los años cuarenta, Rueda describe arriesgadas aventuras eróticas no exentas de ironía, que recuerdan las fotonovelas, donde pin-ups y bellezas del cine de serie B se dedican a experimentar amores edénicos y clandestinos. De estos dibujos se desprenden varias animaciones, como La mano en el fuego (2008), y en la sala del museo el audio de cada una de estas se constituye en una fantástica banda sonora.
En otros videos y otras series gráficas, se ocupa de registrar paciente y casi devotamente fenómenos naturales. La serie de dibujos Como es arriba es abajo, de hojas caídas de un vigoroso árbol del jardín de su casa, y que realizó diariamente como un ejercicio de meditación, y los dibujos de cielos estrellados de la misma serie, que registran con igual esmero la vida lumínica de las estrellas, son admirables y simples, y se corresponden con los videos que ha realizado esporádicamente a través de los años, donde el plano fijo sirve para mostrar la mutabilidad de los fenómenos naturales: En Visión remota (2011) es el agua del mar que golpea la estructura inferior del muelle de Puerto Colombia; en Experiments in long distance influence (2012), el violento flujo de una cascada vista desde el interior de un túnel; y en Lagrimas de Isis (2016), la orilla del río Nilo vista desde una embarcación.
Al ver por primera vez todos estos trabajos juntos, en una retrospectiva que no se anuncia como tal y que no pretende establecer una cronología del artista, el espectador parece estar visitando un invernadero, un observatorio astronómico de la vida interior del artista. Favorece a la muestra la ausencia del deseo de mostrar una «gran obra», un concepto que queda por fuera de sus intereses, y al que también renuncia. Al contrario, se celebra continuamente el regocijo frente a la elaboración manual y sin pretensiones.
En Oscuro diario, Rueda demuestra que para ser artista se pueden tomar opciones, que la creación no depende de medios pero sí de imagen, imaginación y trabajo, y que “soñar cuesta ideas”, como dijo alguna vez Miguel González.
A diferencia de otros artistas de su generación, que desafortunadamente pusieron su obra al servicio del mercado y que no podríamos calificar de oportunistas, quizá sí de necesitados, ella no ha hecho concesiones y, de una manera ejemplar, ha cuidado su obra. En ello, María Isabel recuerda a Beatriz González, en su ética de trabajo, su respeto profundo a lo que es ser artista. En suma, la exposición da cuenta de su talento, de sus sabias renuncias y de su vida. Por último, no sobra mencionar el trabajo curatorial reciente que viene desarrollando junto a Mario Llanos, recuperando a figuras no reconocidas del arte del Caribe colombiano, y que se ha dado a conocer tanto en la muestra itinerante de Gustavo Turizo, Touched for the very first time, como en Un diálogo entre Alfonso Suarez & Álvaro Herazo, parte del 44 Salón Nacional de Artistas.
SANTIAGO RUEDA
