Lourdes Peñaranda pertenece a la generación de creadores venezolanos que en la década de los noventa proporcionó nuevos impulsos al conceptualismo, con respuestas integradoras de los elementos plásticos y las tradiciones contemporáneas. Destacaba en los salones de jóvenes por una obra marcada por el estudio, una mirada atenta a las estructuras esenciales y un punto de inflexión en los procesos históricos y sociales. Durante los últimos años ha enfocado su propuesta en el estudio de la herencia formal de la modernidad y el trabajo del minimalista Donald Judd –al que se acercó en profundidad en su tesis de doctorado y posteriormente incorporó a su trabajo–, lo cual acompañó con una investigación sobre el color desde ángulos no sólo expresivos o formalistas, sino conceptuales. Es decir, como un acontecimiento espacial o como una metáfora para transformar la realidad perceptiva en campos históricos, políticos, culturales y sociales. Esta intención se refleja en el proyecto Breve historia del color en Venezuela, donde la reelaboración de la abstracción geométrica, el minimalismo y el uso del color se orientan al cuestionamiento de la incapacidad del venezolano para reaccionar frente a las trabas inconstitucionales que ejerce el Gobierno contra el proceso electoral. En este caso, el color se vuelve símbolo y suceso. Peñaranda utiliza el concepto de horizonte en sus diversas acepciones (como terminus, límite o frontera) y construye un horizonte crítico, estético y experimental a partir del color.

Una vez delineado el territorio que le interesaba desarrollar, realizó un estudio de cifras, estadísticas y colores de los diferentes partidos políticos durante catorce años (entre 1947, cuando se introdujo el voto universal y secreto, y 2013), en los cuales se llevó a cabo algún proceso electoral. A cada fecha corresponde un título. Con ello, la propuesta se sumergió en el terreno de las matemáticas y las progresiones pero no dejó de lado el esmero por los valores plásticos que le interesaba reforzar. Esto le permitió activar trazados lineales y cromáticos del ejercicio del voto y sus contradicciones. Catorce estaciones compuestas por pequeños estantes sobre un fondo de espejo reflectante conformaron la estructura física de la muestra. Cada uno de ellos correspondía a un año electoral. Las tablas o los horizontes fueron medidos de acuerdo con el ancho determinado por el libro de la Constitución venezolana, aludiendo a la imposibilidad de utilizar las repisas para cualquier otro tipo de libro. Las distancias entre los horizontes pertenecían a los porcentajes obtenidos por los diferentes partidos políticos y evidenciaban los colores predominantes durante casi seis décadas, así como el vacío dejado por los años de la dictadura. En un estante aparte se agruparon todos los años, con todos los colores y distancias en juego. El recorrido finalizaba con un frágil horizonte tricolor (amarillo, azul y rojo) en declive que sostenía la Constitución nacional. Este procedimiento la lleva a definir un vocabulario esencial de acumulaciones, yuxtaposiciones y algoritmos que estructuran y dan forma a la instalación en la sala de exposiciones: el espacio ilusorio y el espacio representado se fusionan en un espacio de continuidades cromáticas. El fondo con espejos permitía reflejar varias obras en una sola, lo que hacía posible cruzar sus lecturas.
Lo importante en este doble operativo ideado por Peñaranda es su manera de formular el color como una fuente de reflexión crítica, histórica y política, y a la vez como planteamiento estructural en la construcción de su discurso. Lo propone como un espacio de conexiones en la experiencia social, intelectual, cotidiana y emocional del ser humano, o como una experiencia personal que renueva su significación y sus sentidos en el transcurso de la historia y la cultura. La exposición de Maracaibo nos permite observar lo cromático como un proceso que cruza algunas de nuestras decisiones más cotidianas. El color deja de ser un elemento formal y pasa a ser un portador de significaciones que remiten a emociones y sensaciones diversas según su ubicación en las escalas de reducción y medición en la historia electoral venezolana. Estamos ante una obra de profundo compromiso con la democracia que parecería despojar la abstracción geométrica de su distancia hacia las emociones. El color acentúa las estructuras formales, pero también los afectos. Sus módulos geométricos no son neutros ni están desprovistos de significación. En su texto de introducción, el curador Gerardo Zavarce señala que “la Breve Historia del Color se convierte también en historia política y, sin anunciarlo, en la Breve Historia de la Democracia en Venezuela”, pero también podríamos añadir que se convierte en una Breve Historia de la Modernidad a los ojos de la Contemporaneidad o en una Breve Historia del asedio del totalitarismo en el país, donde el minimalismo democrático se equipara con el totalitarismo cromático bajo una sola mirada que conjuga la poética, la política y la estética.
MARÍA LUZ CÁRDENAS
