Exposición Individualdic 2016 - feb 2017· Por María Margarita Malagón Kurka

Lorenzo Jaramillo

Museo Nacional de Colombia / Museo de Artes Visuales, Universidad Jorge Tadeo Lozano

Lorenzo Jaramillo nació en Hamburgo (Alemania) en 1955 y murió en Bogotá en 1992. En el transcurso de su vida realizó viajes a múltiples lugares del mundo, incluido Estados Unidos y varios países de Europa y de Asia, lo que contribuyó a que dominara varios idiomas y se asomara a culturas contrastantes. Además de comunicarse en español, inglés, francés y alemán, esto le permitió tener acceso a la literatura, la poesía y el teatro en sus lenguas originales. Pasiones que, al igual que el cine y el arte, fueron fundamentales en su vida.

Aunque Lorenzo no como los otros es una exposición dedicada a su trabajo artístico –incluye dibujos, grabados, pinturas, ilustraciones, telones y máscaras–, permite ante todo encontrarse con el alma del artista.

Exposición Individual: Lorenzo Jaramillo — imagen 1
Lorenzo Jaramillo. Primer plano: serie Girl Crazy Overture (Obertura de una chica loca), s.f. Al fondo: serie Talking Heads (Cabezas que haban), s.f. Tinta sobre papel. Vista de la exposición: Lorenzo, no como los otros. Cortesía: Museo Nacional de Colombia.

La estrategia museográfica, inusual e innovadora, diseñada por el curador de la muestra, Diego Salcedo Fidalgo, y su asistente de investigación, Manuel Londoño Mejía, invita al espectador, tanto en las obras como en el material que las acompaña (poesías, objetos, fotografías, videos, apuntes y esbozos), a ingresar en espacios usualmente ocultos o inaccesibles para la mayoría de las personas; espacios donde se guardan, preparan y realizan objetos y actividades que, una vez emergen de ellos, aparecen organizadas y estructuradas. Son los espacios detrás de las cámaras o del escenario, donde los actores se preparan y donde se filman las escenas que luego van a ser editadas; o los depósitos de los museos tradicionales, donde las obras y los objetos se encuentran colgados sobre estantes o rejillas, con frecuencia sin marcos y sin etiquetas que los identifiquen.

En esos espacios hay que perderse para buscar; hay que descender desde las salas de exposiciones o trascender el escenario para encontrar piezas claves y establecer conexiones entre ellas.

Así, en la sala de exposiciones temporales del Museo Nacional, los visitantes, siguiendo la sugerencia escrita con luces de neón cerca de la entrada, pueden, al igual que Lorenzo, “perderse porque somos buscones”. Al igual que el catálogo que acompaña la muestra, la sala está estructurada en secciones organizadas temáticamente: “Cuerpo femenino”, “Ciclo vida-muerte”, “Celebración de la tragedia”, “Los pájaros del alma”. Cada sección es visible desde cualquier ángulo de la sala, gracias a que está interconectada con las demás por medio de rejillas sobre las que han sido colgadas la mayoría de las obras.

De tal manera que los espectadores pueden curiosear lo que está sucediendo en los otros lugares mientras bajo una luz tenue recorren diferentes submundos: el de los cabarets sugeridos por la Suite de las mujeres extravagantes; los clubes nocturnos y baños de París en La fiesta y Gaieté parisienne; las zonas detrás de bambalinas en el teatro, literalmente, detrás del telón que diseñó Lorenzo para la obra Las arenas tristes; los lugares místicos que habitan los Ángeles y las dimensiones interiores en Talking Heads y Piezas en forma de pera.

Lugares donde es posible descubrir, ya sea aspectos no “normalizados” del ser humano como deseos, necesidades, emociones y sentimientos, o actividades que intencionalmente pasan desapercibidas como el maquillaje, el proceso de dirección y edición. Estos constituyen sustratos de los comportamientos, gestos y acciones que adquieren un orden y son visibles en el escenario del teatro, la pantalla de cine, la vida cotidiana.

Por su parte, en la sala del Museo de Artes Visuales se accede a una dimensión humana que tiende también a permanecer oculta: la del individuo –sobre todo masculino– en su fragilidad, su vulnerabilidad, su indefensión. Allí, la excitación, la tensión y el ritmo palpitante de la sala del Museo Nacional contrastan con el silencio y la calma que invitan a la “contemplación” tanto del gabinete de curiosidades personales como de las figuras, en su mayoría desnudos “yacentes” pintados con tinta sobre un frágil papel de arroz.

No obstante su carácter efímero, estas figuras comparten con la serie de las mujeres danzantes la espontaneidad del gesto del pintor, la expresividad de su línea, de los rasgos y de las figuras que, unidos al manejo de colores vibrantes (como el de las pinturas de los ángeles, la Gaieté parisienne y algunas de las muchachas extravagantes), lo han ubicado en la historia del arte colombiano como un artista expresionista.

Sin embargo, de la relación con un estilo específico, el lenguaje personal de Lorenzo –enriquecido con el estudio de la pintura con tinta japonesa y china y el de artistas como Michaux, Cocteau, Picasso, Klee y varios expresionistas alemanes y austriacos, entre otros– comunica la búsqueda del artista en torno a la capacidad expresiva misma de la línea, el gesto y el color, paralela a su exploración de los submundos y universos interiores mencionados.

Las múltiples facetas de Lorenzo reconocidas o intuidas gracias a esta exposición permiten tener acceso a algunas de las dimensiones a las que él se asomaba y en las que se perdía con una curiosidad sin límites, tentando también al espectador a seguirlo en su inmersión en realidades subyacentes en las que como él, y citando a Nietzsche, nos vemos confrontados con nuestro ser “humanos, demasiado humanos”.

MARÍA MARGARITA MALAGÓN-KURKA

Lorenzo Jaramillo, por María Margarita Malagón Kurka | artnexus