Fuera de academia, fuera de circuito, pero no fuera de foco. Esta exposición retrospectiva, e introspectiva, nos descubre a una singular fotógrafa chilena, que durante décadas trabajó desde otras instancias, otras distancias y otras disidencias. Julia Toro (1933) se inició en la pintura y el dibujo, pero a los 38 años, tras abandonar una vida familiar acomodada, apostó todas sus cartas a la fotografía de forma autodidacta. Se enamoró de un fotógrafo, Jaime Goycolea, y de un oficio, el de fotógrafa. Desde entonces se dedicó a retratar la intimidad, la suya y la de aquellos que la rodeaban, captando una historia “B” de Chile, alejada del canon y del testimonio periodístico: “Nunca se me ocurrió ir a una marcha ni a una protesta a tomar fotos. Tampoco me interesaba el paisaje”, afirmó en una entrevista. El 12 de setiembre de 1973, un día después del golpe militar, nació quien sería el protagonista de una de sus primeras series: Historia de un niño chileno. La última imagen de dicha serie mostraba al niño, 17 años después, en el fin de la dictadura: es la imagen del primer beso del adolescente. En esta historia “B” de Chile, aquella también registrada por otras artistas como Leonora Vicuña o Paz Errázuriz, hay lugar para los bares de barrio, los artistas alternativos, el erotismo, lo cotidiano. Siempre, en blanco y negro.

Pero también hay espacio para una fotografía más desapegada, de una intencionalidad narrativa, como las fotografías de monjas y aquellas que tienen referencias a la literatura (como La vida instrucciones de uso, en alusión a Georges Perec; Los detectives salvajes, relacionada con su admirado Roberto Bolaño, o El jardín de los senderos que se bifurcan, que curiosamente enlaza con la primera exposición de Toro, a mediados de los setenta, en el mismo museo, y que era un homenaje a Borges). El interés de estas fotografías reside en la intriga que puede fabricar el espectador delante de ellas, en su iniciativa de ligar aquello que Julia Toro encuadra y aquello que lo encuadrado sugiere. Son instantáneas atemporales, que podrían ser de cualquier década, o del momento actual. No son testimonios, sino momentos. El poeta Claudio Bertoni (“víctima” de varias de sus tomas) escribió sobre ella: “[…] nunca es cruel, porque siempre está enamorada de lo que fotografía, porque no se burla nunca de nadie, no expone, no delata, no se aprovecha, no es nunca desconsiderada con nadie”. Esa delicadeza con la que trata aquello que está “al otro lado” de la cámara se percibe frente a sus propuestas.
Dice Julia Toro que siempre ha trabajado desde el sufrimiento. Que cuando pasaba por un período negativo, o por un mal rato, salía a fotografiar. Y algo de esa emoción, de esa carga, se vislumbra, subyace en la imagen. Los desnudos robados, las calles inhabitadas, o los autorretratos de mirada intensa, comunicativa, interrogante. La selección, curada por el director del MAC, Francisco Brugnoli, abarca la producción de Toro desde 1974 hasta la actualidad, con la inserción de fotografías recientes tomadas con una cámara digital, escenas nocturnas y urbanas, en las que la anécdota y el silencio son protagonistas. Siguen siendo instantes intrascendentales que, a través de los ojos y el objetivo de la fotógrafa, se tornan en tiempos suspendidos, en secretos expuestos a la luz. La selección de Brugnoli rescata cada etapa de la artista, en algunas ocasiones escogiendo una única representante de una amplia serie. Aunque el conjunto presenta una coherencia y afinidad, la multiplicidad temática posterga la retrospectiva en una suerte de menú de degustación, de índice de obras. Quizás un espacio más amplio, o una concentración en una década o un periodo concreto, hubiera sido más brillante, o más adecuado para acercarse a la creación de quien, lejos de la profesión, pero cerca del oficio, espió los recovecos de unos personajes y unos escenarios abandonados. Con una mirada distinta.
JUAN JOSÉ SANTOS
