En 1994, el pintor chileno Juan Dávila despertó una gran polémica con su representación de un Libertador Simón Bolívar mestizo y travestido. Con la operación pictórica que le caracteriza, en esta obra –hoy emblemática de su carrera– buscaba resignificar y bajar de su pedestal la imagen idealizada que se tiene del prócer en América Latina. Muchos se ofendieron y la calificaron incluso de blasfema. Según el autor, su intención era darle actualidad a la figura de Bolívar, mas no esperaba las reacciones que ello tuvo.

Un retrato similar del mismo héroe patrio –ahora cabalgando torpemente un burro– se pudo ver recientemente en Matucana 100 (M100), en Santiago de Chile, en lo que ha sido la primera y más importante muestra del pintor chileno –asentado desde 1974 en Australia– en su propio país. Por diversas razones –según él mismo, por falta de interés–, nunca antes había logrado exponer tal cuerpo de obra en Chile: cincuenta piezas, entre óleos, serigrafías, gouaches y pósteres, realizadas entre 2000 y 2016. También pintó un mural especialmente para esta exposición, comisariado por el español Paco Barragán, curador de Artes Visuales de M100.
La muestra fue muy comentada en Chile, no solo por su carácter inédito, sino porque develaba con fuerza, a través de la impronta formal de Dávila –un estilo pop-surrealista de fuerte carga política y social que acude tanto a la tradición de la pintura de historia como a la cultura popular–, las siempre vigentes contradicciones en los asuntos de raza, clase social, género y colonialismo. Con los años, Dávila (1946) se ha dado el permiso de desacralizar y contradecir la historia oficial occidental, blanca y masculina, al complicar las identidades y revertir los simbolismos hegemónicos que esta ha instaurado.
El Bolívar de Dávila de 2016 compartía espacio con otras imágenes en Representación performativa 3-D, un mural pensado y pintado ex profeso durante varios días en M100. La gran obra, híbrida, mestiza, era un reflejo de la compleja e impura identidad de América Latina en pleno siglo XXI, de una región mestiza, signada aún por la violencia y colonizada por las ansias de poder, las injusticias sociales y las crisis económicas.
El título de la muestra, Imagen residual, tiene que ver con aquella imagen que se aparece cuando cerramos los ojos. La asimilamos como un recuerdo, una instantánea, un flash o disparo automático. Imágenes residuales del pasado y del presente que Dávila unifica en sus composiciones a la manera de un collage, y cuya lectura inicial se nos hace escurridiza e indescifrable. Para complejizar aún más nuestra primera impresión frente a sus obras, el artista decide narrar sus historias ácidas e incómodas con un tratamiento formal en el que abundan color e información o, como él mismo dice, “un formalismo degenerado”. Y es que así entiende y vive Dávila nuestra sociedad actual, frenética, confusa, prácticamente a la deriva bajo el yugo del consumismo y los medios de masas. La publicidad, según el pintor, es el lenguaje visual del siglo XXI.
La exposición en M100 daba cuenta de ese vivir actual caótico mediante una cuidada selección de obras en las que son recurrentes los temas sociales, políticos, raciales y de género –y también el paisaje, la mujer y el goce–, las colonizaciones –físicas y mentales–, las tensiones ideológicas, los modernismos y posmodernismos, los refugiados y las dictaduras. Según el texto curatorial de Barragán, “Dávila se coloca del lado del desahuciado, del refugiado, el inmigrante, el aborigen, el roto, el mestizo, el hermafrodita, el homosexual, el perseguido, el mutilado… apostando, en resumen, por el anti-sujeto de la historia, ese ser demasiado desigual para formar parte de la historia con Hache mayúscula”.
La reflexión de Dávila acerca de la historia y la sociedad ha sido constante y provocadora, al presentar análisis incisivos de lo que él considera la complacencia, la monotonía y la cuestionable ética de mucha de la cultura contemporánea.
Una de las obras emblemáticas de la muestra, Wallmapu, asume distancia de la narrativa directamente social para plantear de manera lírica otros temas igualmente contingentes. El gigantesco lienzo de dos por diez metros montado sobre una estructura semiovalada fue pintado en plein air en Phillip Island, a dos horas de Melbourne. Muy a contracorriente de las tendencias actuales de lo digital, retoma la práctica de los impresionistas de pintar al aire libre para abordar de manera poética y onírica el significado político del paisaje en la actualidad. Aquí Dávila nos habla de la ecología, del alejamiento de la humanidad de la naturaleza, del derecho a la propiedad, la especulación y el acceso a los recursos naturales expropiados a los pueblos indígenas por el Estado y las corporaciones.
Esta crítica también se hace evidente en Ralco, una pintura en la que Dávila nos propone una conversación posible entre las razas blanca e indígena. En la composición vemos a la izquierda a una mujer blanca bebiendo una cerveza, sobreexcitada si se quiere, y a su derecha otra mujer, indígena, con mirada calmada y paciente. La palabra RALCO, escrita así, en gran tamaño, nos lleva inmediatamente a situar y precisar la escena. A diferencia de muchos de sus trabajos, donde los referentes son sutiles, casi imperceptibles, acá la alusión es directa y evidente. Dávila comenta sobre la represa y central hidroeléctrica de Ralco, emplazada en el Alto Biobío, en la zona sur de Chile. Cientos de familias de la etnia Pehuenche residentes en el lugar se opusieron a la central durante años y terminaron cediendo luego de una potente mezcla de presión de las autoridades y de compensaciones de Endesa, la empresa detrás del proyecto.
A través del arte, y de la pintura en particular, Dávila se nos muestra como un ciudadano sensible y comprometido, como un ese otro artista necesario ante las prácticas corrosivas de una parte de nuestra humanidad.
ALEJANDRA VILLASMIL
