La primera impresión que causa esta exposición es la de limpieza y claridad. El espacio es diáfano y está ocupado por piezas distribuidas en el espacio con esmero de arquitecto minimalista o de exquisito geómetra euclidiano. Y sin embargo, lo que las obras expuestas intentan conjurar es lo contrario de la armonía y el equilibrio. Es la confusa, la sórdida, la traumática realidad de un México atrapado desde hace años en las sin salidas y las sinrazones de una “guerra contra el narcotráfico” que ha resultado igual de inclemente y contradictoria que la “guerra contra el terrorismo” que padecen actualmente tantos países.

Jonathan Hernández lleva un buen tiempo intentando aclarar el caos sangriento que nadie hasta la fecha ha sido capaz de aclarar, aferrándose a lo único que tanto él y tantos como él consiguen aferrar como se aferra un náufrago a su tabla de salvación: su propia experiencia personal e intransferible. La experiencia de alguien que está irremediablemente inmerso en dicho caos y que sólo puede pensar e intentar actuar desde el interior de este. “En esta trama –subraya con justeza la nota de prensa–, el artista es parte del complejo rompecabezas de la actualidad, no se ubica fuera del problema, al contrario, se considera un eslabón más de la extensa cadena de descomposición social”. De allí que no sorprenda la noticia de que, durante los dos últimos años, Hernández haya adquirido en subastas públicas los bienes incautados a las bandas de narcotraficantes, que se han convertido en “materia prima para la realización de las obras que conforman esta muestra”. Ni que esta deliberada inserción suya en los vertiginosos circuitos de formación y disolución del capital activados por el narcotráfico le permita poner sobre el tapete preguntas sobre la relación “entre lo legal y lo ilegal en la economía mundial; ¿cómo ocurre la asimilación cotidiana de lo ilícito?; ¿cómo funcionan los mecanismos de blanqueo de capitales?; ¿qué es un paraíso fiscal? y ¿cuál es el papel del arte dentro de este panorama?”, tal y como afirma la nota de prensa ya citada.
Pero, insisto, toda esta realidad turbia y a menudo manchada de sangre es evocada en esta muestra en unos términos que, por diáfanos e impecables, parecen responder a la voluntad de este artista mexicano de distanciarse de ella. En un gesto desesperado de supervivencia, o simplemente para poder reflexionar sobre ella. Así, la sangre derramada con tanta cruel generosidad en el México de hoy es evocada por la instalación Diamantes de sangre, que consiste en realidad en el impecable rojo con el que está pintado el suelo de la exposición. Tan bello que, sin ese título punzante, ofrecería al espectador una pura experiencia estética, retiniana, como diría Marcel Duchamp. Y la “ausencia de Estado” –citada con frecuencia como una de las causas del poder alcanzado por los “carteles de la droga”– la representa Hernández con la instalación Vacío de Estado, que es un impecable escenario, sostenido por una liviana estructura metálica, enmarcado por el corte ciertamente quirúrgico que ha dejado al descubierto la osamenta de los paneles de la sala en la que está emplazado. Las armas utilizadas en esta contienda incomprensible también han sido sometidas a una operación de desplazamiento y condensación. En vez de fusiles de asalto y ametralladoras, Hernández ha echado mano de cuchillos y navajas para citar los instrumentos indispensables del crimen. Aunque, en vez de exponerlos en su ominosa desnudez, ha preferido clavarlos hasta el punto en el que sólo sobresalen sus empuñaduras, que trazan una atractiva y colorida diagonal en uno de los muros de la muestra. Igual “enfriamiento” sufre el tema de la eventual complicidad de las galerías de arte en el lavado de dinero negro, que nuestro artista representa en una pieza titulada, elocuentemente, White Cube, y que consiste en un cubo construido con tablas de madera cruda cuidadosamente cruzadas y superpuestas. El cubo sigue siendo cubo pero se ha convertido en un filtro “manchado” por la suciedad del dinero que ha blanqueado.
La “guerra contra el narcotráfico” tiene otro componente tanto o más inquietante que los descuartizamientos y las masacres. Me refiero a la exhibición que hacen cotidianamente los medios de dicha guerra. Que no es ni transparente ni ingenua sino que se inscribe en un discurso que no por soterrado es menos eficaz. Y que Hernández ha querido desmontar en Descabezados, un conjunto de 52 collages hechos con encabezamientos de periódicos y con imágenes entresacadas de estos, que responden al deseo del artista de desquiciar el discurso mediático dominante para abrirles posibilidades de existencia a otras miradas sobre la guerra al narcotráfico y sobre la realidad que en definitiva la hace posible. Los collages han sido agrupados en un libro, y sólo una parte de estos ha sido expuesta en esta oportunidad.
CARLOS JIMÉNEZ
