La descripción de Irene Kopelman simplemente como alguien “que combina el arte con la ciencia” resulta superficial cuando se llega a comprender la profundidad del compromiso de esta artista con los dos campos del conocimiento a los que se dedica. De hecho, demuestra tal interés por la naturaleza y el método científico, que podríamos considerarla una participante contemporánea en la antiquísima búsqueda por definir la relación física y espiritual de los seres humanos con el mundo natural. Aunque el resultado final de su exploración de la naturaleza sea la creación de obras de arte, el proceso que Kopelman sigue se acerca de manera notable al de los científicos que observan, clasifican, ordenan y documentan lo que descubren en la biosfera.

Su fascinación por la creación estética vinculada al proceso científico ha llevado a Kopelman a participar en expediciones a los campos volcánicos de Hawai y a bordo de un barco de vela a la Antártida, así como viajes de exploración al monte Kinabalu, en Malasia, y, en años recientes, a las costas y selvas tropicales de Panamá. En cada uno de sus proyectos ha hecho dibujos al aire libre durante largas horas de trabajo, en las que ella se expone –cual investigador obsesivo– a temperaturas extremas y a las inclemencias del ambiente. Las obras que produce en plein air, o en laboratorios o estudios mientras observa ejemplares que trae del trabajo de campo, han sido la base para las numerosas exposiciones individuales que Kopelman ha presentado a través de los años en Argentina (donde nació) y Holanda (donde reside actualmente), así como en otros países de Europa y América Latina. Además, a partir de 2006, ha publicado una serie de libros de artista titulados Notes on Representation, que ya va por el séptimo volumen.
En 2012, Kopelman fue nombrada primera artista-en-residencia del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, que se dedica al estudio de la biodiversidad en el istmo de Panamá. A partir de ese primer viaje, ha vuelto en múltiples ocasiones a este país, donde ha creado incontables dibujos y acuarelas de hojas caídas, lianas, manglares, parásitos, y de los rastros de arena que dejan los cangrejos, entre otras cosas. Nunca sigue el camino fácil: la representación sobre papel de las formas que ella descubre en los bosques lluviosos, o los patrones de pequeñas esferas de arena que los crustáceos crean sobre la playa, son intricados. Es como si esa misma complejidad cautivara a esta artista de actitud perfeccionista y temple incansable.
La inauguración de su exposición en la galería Diablo Rosso de la ciudad de Panamá, en 2016, ofreció al público una experiencia poco usual porque el espacio expositivo había sido transformado en una especie de laboratorio, todo blanco. Había varias mesas de metal, una de ellas como área de trabajo con una lupa y un microscopio, y otras que tenían vitrinas modulares aún vacías. Al fondo, sobre otra mesita blanca, había dos acuarios rectangulares verticales con interesantes especímenes vivos de raíces de manglares subacuáticas. En las paredes, en un lado figuraba una serie de dibujos a lápiz de manglares recostados sobre una angosta tablilla, y en el otro colgaban detalladas acuarelas de las raíces subacuáticas con las formaciones de colores que les crecen encima.
Kopelman había creado el laboratorio donde ella estaría en residencia a lo largo de las cinco semanas de la exposición, de tal manera que el público pudiera observarla llevando a cabo su trabajo. El material que estaría dibujando estaba vinculado a dos diversos proyectos de investigación del Instituto Smithsonian, el O’Dea Lab y el Altieri Lab, tal como la artista explica de manera detallada en su sitio web. Consistía en especímenes de fósiles que ella había traído a la galería, así como una serie de experimentos que tendría que ir a dibujar in situ en la Costa Pacífica, recreando los patrones que los moluscos y crustáceos dejan sobre las piedras. Al finalizar la exposición, las vitrinas disponibles quedaron ocupadas con las nuevas obras creadas durante su residencia-acción artística en la galería-laboratorio.
Aun sin conocer el complicado proceso creativo que involucran las obras de Kopelman, sus dibujos impactan por su simple belleza y la sutileza de sus trazos, que seducen al observador. Las imágenes son exquisitas, pero también muy tenues, por lo que hay que entrar en cierta proximidad íntima con ellas para descubrir las nerviosas marcas de lápiz o el delicado color de las acuarelas. De una manera un tanto ilógica, sus primeros planos de enmarañados manglares o vistas microscópicas de los intrincados patrones de algún fósil ofrecen una visión grandiosa de la naturaleza. Las imágenes de Kopelman despiertan un sentido de asombro casi reverencial ante el mundo natural. La artista nos entrega un trozo de su larga conversación con la naturaleza, una experiencia que resulta casi espiritual.
MÓNICA E. KUPFER
