El joven estudiante de Bellas Artes frente al temible Apolo. Dios de la belleza, del equilibrio, de la armonía, de la perfección. Se podría decir que es el dios de “la gracia”. Nadie sabe muy bien cómo ha llegado una copia de yeso de esa copia romana de una escultura griega a la Escuela de Bellas Artes de Santiago de Chile. Ni esa ni las otras copias en yeso de mármoles romanos con las que los estudiantes aprenden a dibujar volúmenes. De todas ellas, está el Apolo de Kassel (había muchos Apolos), es la que más fascina, con mucha diferencia, a este distraído alumno. Encuentra difícil decir por qué. Tampoco entiende el nombre de la escultura; Apolo de Kassel. ¿De Kassel?
Ese joven estudiante es Gonzalo Díaz, hoy uno de los mejores artistas de Chile, si es que hacer afirmaciones de este tipo tiene algún sentido. Digamos, mejor, que es uno de los más respetados, de los de mayor prestigio, o, por ser más concretos, que más veces ha representado a su país en bienales de arte (como São Paulo, La Habana, Venecia, Sídney o Shanghai). Su historia tiene gracia.

En su casa había una biblioteca muy grande con libros de arte clásico. El pequeño Gonzalo pasaba las imágenes hipnotizado por las reproducciones de pinturas medievales. Sí, esta es una de esas anécdotas insustanciales que suelen aparecer en las biografías de los artistas. Pero es que, en gran medida, la carrera de un artista está conformada de accidentes, casualidades que en principio parecerían secundarias, pero que resultan cismáticas. Por ejemplo, un Gonzalo Díaz, ya adolescente, caminando por las calles de Santiago. Y en el suelo, tirado, un catálogo de la artista Lily Garafulic, con esas esculturas rotundas, de inspiración modernista. Con el catálogo en sus manos veía pasar a las atractivas estudiantes de Bellas Artes. Entre una cosa y otra, le vino la epifanía. Iba a estudiar arte.
Ingresó en la escuela y estudió con Matilde Pérez y José Balmes, entre otros. Pero, como dijimos antes, era un alumno distraído. Hubo cambios, forzados y voluntarios; salió de la escuela y quiso meterse en Filosofía. Hizo mal la cola y acabó entrando en Castellano. Se rebeló, y aunque se matriculó ahí, iba a las clases de Filosofía. Quizás para remediar ese lío monumental, o harto de cosechar malas notas, regresó a la escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Al cabo de un tiempo el profesor, y también artista, Adolfo Couve lo convierte en su ayudante. Era 1969. En esos años también ingresa en “el Partido”. El Partido no puede ser otro que el Partido Comunista. Pero, como sabrán, o se imaginarán, los comienzos de los años setenta no eran los mejores para un artista de izquierdas en Chile. Llega el Golpe en 1973, y con él, la purga dentro de la escuela (liderada esa purga por el profesor y artista Matías Vial). Pero él continúa bajo el alero protector de Couve como ayudante, hasta 1975, cuando, justo después de que lo nombraran profesor –y de casarse por primera vez–, lo echaron. Volvamos a otra de esas anécdotas que pueden revelar más de lo que parece. En aquella época comenzaba una tensión no disimulada entre los alumnos que empezaban a interesarse por otras formas de mostrar su creatividad, y las maneras tradicionales. Uno de los integrantes del primer grupo fue Juan Downey. Hizo algo en la escuela, que hoy podríamos llamar instalación, con la inclusión de caligrafía en cada una de las hojas de una planta. El profesor (representante de la pintura “gestual”) José Balmes rechazó esa obra y, en conclusión, esa confusa línea expresiva. Gonzalo Díaz, testigo de esa trifulca, no sólo empatizó con la idea de Downey, sino con su personalidad. Ambos serían grandes amigos en los ochenta. Otro artista que conoció en esos años es Francisco Smythe.

Recién casado, casi sin trabajo, y sin vender su pintura, Díaz da clases en unos talleres bohemios que se realizan cerca de la Facultad de Arte y sigue a media jornada en la escuela. Allí conoce a Francisco Smythe, e inician una relación de amistad, además de descubrimientos artísticos. De 1978 es su obra Paraíso perdido. En ella, el artista denota una inclinación hacia la cita intelectual e histórica (una de sus lecturas en aquellos años era Las Geórgicas de Virgilio). Pero si hay una obra que marca un antes y un después es Los hijos de la dicha. Inspirado en el arte pop, la pintura clásica y Francis Bacon, concibe un tríptico de vivos colores, escenas caóticas y elementos, como el caballo, que se repetirán en posteriores obras. Su suerte cambia, y mucho. La venta de una de las partes del tríptico a un coleccionista estadounidense es también decisoria. En lugar de traspasarla por dinero, decide hacerlo a cambio del envío de catálogos de arte desde Norteamérica. Así descubrirá a una de sus grandes influencias, Jim Dine. El año en el que pinta Los hijos de la dicha es además agraciado con un premio de la Colocadora Nacional de Valores (ni más ni menos que de siete mil dólares) y con una beca (concedida por la asociación Amigos del Arte, de dos mil dólares al mes) para realizar una estancia en Florencia, en la Universitá Internazionale Dell´Arte. Allí se juntó con Smyhte, quien ya estaba viviendo en la ciudad italiana, y Díaz le arrienda un espacio en su casa. Y de nuevo, las felices providencias: un libro sobre Marcel Duchamp (autoría de Achille Bonito Oliva, quien, por cierto, acuñó el término “Transvanguardia italiana” a esa nueva estética en la pintura que, hay quien dice, influyó en Díaz y Smythe. Algo que se podría desmentir; la Transvanguardia italiana incidió en Estados Unidos más que en Italia). Y el encuentro con la obra del artista Mario Schifano, otra influencia proveniente del pop.

Gonzalo Díaz regresa a Chile en 1981 con nuevas ideas, una forma de enfocar el arte que no se practicaba en el país, y con ingredientes extraños (como el espray o los esmaltes industriales) que se mezclarán con el collage y la pintura al óleo. Producto de todo lo aprendido y, por qué no decirlo, de lo olvidado es otra de sus obras de ruptura: Historia sentimental de la pintura chilena (1982). Lo político, lo conceptual, el pop, reunidos en una creación concebida desde y para Chile (estableciendo como ícono la imagen del detergente Klenzo).
Gonzalo Díaz, gracioso
Entrevisto a Díaz en su taller y también en la sede de la Universidad de Chile en Las Encinas (donde da clases en el Taller de Pintura desde hace décadas). De las conversaciones con el artista saco diversas afirmaciones y una percepción, compartida por todo el que lo conoce: tiene un particular sentido del humor. Irónico, directo y, en ocasiones, cortante. Tiene gracia. Me lleva a la carcajada con sentencias como “Felipe II era un sacoewea” (saco de huevas, un insulto muy chileno), “Adolfo Couve era muy flojo y muy fome como pintor”, o “Justo Pastor Mellado es del Estado Islámico”. Pero las entrevistas también me aportan otro tipo de conocimientos. Una de las palabras que más utiliza Díaz, casi como comodín, es “gracia”. Cuando le pregunto acerca de las obras de las que se considera más satisfecho (como El jardín del artista o El festín de Baltasar), las califica con el adjetivo de “graciosas”. “Tiene gracia, en el sentido de ‘gracia’”, recalca. Esa pista me permite volver a observar las obras de Díaz desde otra perspectiva. La del equilibrio, la armonía, la belleza, la perfección.
En su trabajo, calificado por muchos como “intelectualizado” o “erudito”, encontramos a menudo ese sentido del humor que muestra en las distancias cortas. En su obra Pintura por encargo (1984), por ejemplo, visibiliza una sátira al oficio del pintor y a la pose del mismo (“Se trata de la producción de una pose, del artista como posero. La pintura es el objeto hecho por encargo para validar esa pose, para rodear a quien posa de un instrumental propio de su oficio, para dotarlo de una expresión adecuada en los ojos; en fin, se trata de instalarlo”, escribió Adriana Valdés acerca de ese trabajo). Sobre las discusiones artísticas locales, siempre encendidas y acaloradas, realiza otro análisis, este más sutil, en su primera instalación, ¿Qué hacer? (en colaboración con Pastor Mellado, de 1983), usando la estética y el significante del andamio y la luz de neón, dos referencias que también serán reiteradas en futuras obras de Díaz.

Las serigrafías Let´s see if you can run as fast as me (que fue el envío chileno a la 5ª Bienal de Sídney, de 1983) y El kilómetro 104 (1985) ahondan en esa utilización de referencias locales, incursión del lenguaje, de la repetición de motivos y de un estética pop. De finales de los ochenta datan dos obras complejas, tanto en su construcción como en su análisis: Banco/Marco de pruebas, de 1987, y Lonquén, 10 años, de 1989. En Banco/Marco de pruebas, Díaz reflexiona, entre otros temas –ya que también alude al oficio del artista frente al del artesano–, sobre la copia en Chile; un fragmento, una parte de una balaustrada en yeso, que imita la decoración en piedra o mármol del arte occidental pero con un material pobre. Y en Lonquén intenta construir memoria sobre los asesinados en una pequeña localidad chilena en la época de la dictadura. Esa obra parte en 1980, cuando recortó de la revista Hoy una reportaje sobre la masacre de Lonquén. Las imágenes de ese reportaje, firmadas por Luis Navarro, mostraban a los vecinos expectantes, a la salida de una mina de cal, esperando el desenterramiento de los cadáveres. Un detalle arquitectónico seguro fue relevante para Díaz: los arcos de medio punto que componían la entrada a la mina. Las fotografías “decoraron” su taller florentino, junto al envase de Klenzo. Estuvieron de forma física –y mental– hasta que una década después, supo cómo mostrar sus inquietudes sobre aquel trágico acontecimiento. Entre el hallazgo inicial y el manos a la obra fue determinante la lectura de las Obras completas de Freud. Ese encuentro literario, junto con los acontecimientos reales (la localización de Lonquén fue posible tras la confesión de uno de los implicados a un cura), fueron determinantes para la concepción de la instalación. La conciencia y la subconsciencia flotan en esta obra alegórica, en la que a través de la sugestión y el impacto visual se logran una emoción y una atmósfera inquietantes.
Estas obras le granjearon un prestigio que traspasó las fronteras chilenas, a pesar de tratar temas, a priori, locales. Hablamos de un artista que no es –aunque no esté en contra– comercial, o de mercado. “No es que yo no venda, sino que nadie compra”, me confesó en una de las entrevistas. Normalmente, a Díaz las instituciones le han hecho un encargo, o se le ha concedido una subvención pública para realizar sus instalaciones de gran formato. Obras que destacan, primero, por su impacto visual, y después, a través de diversos subterfugios –como la inclusión de textos, la carga conceptual en la utilización de recursos como la luz, la puesta dramática de los elementos, el aprovechamiento del contexto espacial–, logran generar en el espectador un estado de ánimo, un desasosiego difícilmente olvidable. Pongamos dos ejemplos: Unidos en la gloria y en la muerte (1997) y Rúbrica (2003).

Sobre la relación entre arte y poder habla Unidos en la gloria y en la muerte, que ocupa una gran sala y el frontis del Museo de Bellas Artes. En el exterior, Díaz sobrepone al nombre del edificio esa frase en neón azul, frente a la escultura de Rebeca Matte Bello (primera mujer escultora de Chile, según Wikipedia, y profesora en la Academia de Bellas Artes de Florencia), Unidos en la gloria y en la muerte (Ícaro y Dédalo), de 1922. En el interior, interviene el espacio con fragmentos del código civil de Andrés Bello (bisabuelo de Rebeca Matte Bello), convertidos también en neón azul. Las casualidades (ya hemos hablado de su importancia), las conexiones con el pasado y la relectura contemporánea generan una obra de varias capas semánticas. En Rúbrica se apodera del edificio central de Matucana100. A treinta años del golpe de Estado, el artista “ocupa” la sala con luz, mensajes y audio. Catorce frases en neón rojo (el neón es miseria, el neón es tormento, el neón es demencia, el neón es desdicha, el neón es angustia, el neón es secreto, etc.) conforman una especie de vía crucis (algo que ya apareció en su obra Lonquén) y lanzan su significado al espectador de dos maneras: a través de la sugerencia de la frase y a través de la agobiante luz roja que inunda la sala, que incluso logra subir la temperatura unos grados, limitando el tiempo de estancia del visitante. El sonido estaba compuesto por una fusión entre el ruido de una radio mal sintonizada y un fragmento repetido de la canción Los enamorados de María Serra Lima. De nuevo, un ambiente tétrico, macabro, es logrado en esta exposición, que duró diez días (abierta las 24 horas).
El recorrido hasta entonces elaborado por el artista le valió el Premio Nacional del Arte en ese mismo 2003.

La palabra arte
El joven estudiante de Bellas Artes que se enfrentaba al Apolo de Kassel en sus años de aprendizaje se encontraba ahora, “casualidades de la vida”, frente a la “copia original” en el mismo Kassel. En 2007 Gonzalo Díaz es invitado a participar en dOCUMENTA. Presenta dos instalaciones, Eclipse y Al calor del pensamiento. Eclipse era una instalación interactiva, únicamente legible a través de la participación del espectador. Un círculo de luz enfoca un cuadro vacío. Si alguien se interponía entre la luz y el cuadro, aparecía una frase en alemán como por arte de magia, con tipografía luminosa: “Has llegado hasta el corazón de Alemania sólo para leer la palabra ARTE bajo tu propia sombra”.
En el museo de la ciudad, el Castillo de Wilhelmshöhe, está, desde 1779, el Apolo de Kassel, basado en el Apollo Parnopios, atribuido a Fidias. Los torpes dibujos en carboncillo de aquel estudiante chileno convertidos en aquella imponente imagen reproducida en la tienda del Castillo. Menudo viaje. El de Apolo, de Grecia a Roma, de Roma a Kassel, de Kassel a Chile. Menudo viaje. El de Gonzalo Díaz, de Chile a Alemania. Llegó a Kassel para escribir la palabra arte bajo su propia sombra.
Árbol genealógico
Donde da clases, en la Universidad de Chile, están almacenadas muchas de sus instalaciones. Escondidas en cajas de madera cubiertas de polvo, toda una retrospectiva dispersa y encogida. Paseo con él frente a cada una de ellas; “Aquí está la Bienal de Venecia”, me dice, señalando una serie de cinco cajas de mediano tamaño. Pero, lejos de estancarse en sus glorias, Díaz continúa trabajando en nuevas obras.
En la visita a su taller observo una amalgama de libros de historia, apuntes, bocetos y un gran árbol genealógico que empieza con Felipe II. De él le interesan varios aspectos, entre ellos, su “catolicismo enfermizo”, como lo califica. Las ramas del árbol crecen de forma invertida hasta llegar a, calculé, veinte generaciones distintas. Según me comenta, es una investigación que habla de la “Endogamia, el poder, la política y la sociedad chilena, en su faceta inquisitiva, racista”. Algo de ello, aún en proceso, será mostrado en Zúrich. Intento trazar un esbozo de árbol genealógico. Podría partir de él, dividirse en sus profesores y ayudantes, y deshilvanarse en sus alumnos, presentes, pasados y futuros (se cuentan por millares). O de elementos que Chile ha copiado de Europa. O el árbol genealógico de la oligarquía chilena que gobierna actualmente el país. O el de los alumnos que copiaron al carboncillo a la sombra del Apolo de Kassel. El artista se despide. “¿Te vas a portar bien conmigo?”, me pregunta. Definitivamente, tiene gracia.
JUAN JOSÉ SANTOS

