Viajar. Ver. Pensar. Subir una foto a una red social. Cobrar. Pagar. Estos podrían ser solo algunos de los “estados transitivos” que dan nombre a la exposición de Glenda León en la Galería Juana de Aizpuru. Como una suerte de arqueología futurista, la muestra selecciona algunos momentos o características de la vida actual, desde el dinero, la política, las relaciones afectivas, hasta los viajes o la religión.
La exposición comienza con el video Inversión III, en el que a través de un plano fijo picado vemos unas manos raspando un billete de dólar con una cuchilla. El polvo resultante se lía en un cigarrillo, que posteriormente se enciende. La metáfora no deja lugar a dudas: se trata del capital, la inversión y los movimientos monetarios en su vertiente más consumista, ligada a la cultura del ocio y a la destrucción del cuerpo. Las manos van desarrollando lentamente un ritual, con la paciencia y la atención que se requiere en este tipo de procesos. Lo paradójico es que se trata de algo tan connotado como un dólar.

En la misma línea, el collage La Internacional III mezcla papel de algodón con fragmentos de distintos billetes del mundo que trazan las notas musicales del himno de La Internacional. A través de esta sinestesia visual queda claro el mensaje: el internacionalismo, concebido en su día como un movimiento unificador y vertebrador de todo el mundo obrero, ha quedado reducido a una misma melodía, compuesta de distintos signos monetarios. Justo enfrente se sitúa La Santa Biblia, un pequeño volumen formado por billetes de dólar. Una vez más, vemos la conexión sin ambages entre la fe y el materialismo económico. Entre el “espíritu del capitalismo” del que hablaba Weber y la práctica religiosa. Así, se traza una línea entre la moral, el éxito y la posición económica.
Una de las obras más sutiles de la muestra es El mundo, en la que hay un dibujo de un mapamundi realizado con tinta y pelo. Se trata de una figura plana, sin color, sombra ni volumen, que reposa en silencio entre el resto de las obras, mucho más “ruidosas”. El pelo alude a la fragilidad de un mundo que asiste mudo ante el devenir de los tiempos. A su lado, precisamente estableciendo un fuerte contraste, se encuentra Juegos carnales, compuesta de dos dados de silicona sobre lo que parece un tapete de casino. Aquí se evidencian las relaciones sexuales como un juego de azar; el casino podría aludir simbólicamente a un espacio que es todo lo contrario a la intimidad. La silicona de los dados resulta impactante, por emular la piel humana, pero desde un punto de vista artificial e industrial. Al otro lado de la sala, en la pared contraria, descansa Campo de juego, un colchón a modo de campo de fútbol, donde la relación entre cuerpos se negocia en clave de combate, de lucha, de competición.
En Estados transitivos. Mundo religioso se muestran cinco colgantes que representan cinco religiones diferentes y cómo se funden para obtener una sola pieza. En la exposición, aparte del video sobre el proceso de fundición, hay un nuevo colgante obtenido, en un display con una pretensión documental. Enseguida se encuentra Estados transitivos. Mundo político, siguiendo la misma lógica, pero esta vez con banderas de distintos países. Aquí el video que se proyecta plasma el proceso de reciclaje de estas banderas para configurar una nueva, mezclando política y términos abstractos como nación e identidad con la producción en serie.
El viaje –lo que es transitorio, el continuo desplazamiento de los cuerpos y de los significados– es una idea central en la exposición de Glenda León. El tríptico Viajar viviendo desarrolla ese concepto a partir de un motivo iconográfico que se multiplica –un avión– sobre la silueta de lo que parece un aeropuerto. La sensación de longitud, repetición y hasta cierto hastío recorre una de las paredes de la galería.
Pero quizás es en Viajar ligero donde mejor se sintetiza la propuesta de la exposición. Se trata de una instalación de una cinta transportadora sobre la que se apoya una bolsita de té, ya en proceso de desgaste por el tiempo y por haber sido usada. En la bolsa de té reza el siguiente mensaje: “Live light. Travel light. Spread the light. Be the light”. Una reflexión contundente sobre lo efímero de la filosofía –¿dónde han quedado la reflexión filosófica, a no ser en mensajes de marketing y merchandising?–, el conocimiento como consumo, las políticas del cuerpo y la salud, así como la vida nómada y en continuo tránsito, representado por la cinta de transportar maletas. Una muestra, en definitiva, sobre los distintos momentos que componen el (confuso) paisaje contemporáneo.
ANA FOLGUERA
