El 10 de agosto, la iniciativa curatorial Satélite, fundada por Violeta Horcasitas, publicó la invitación a asistir a una acción que realizaría Eduardo Abaroa el 20 de agosto de 2016 en la sala del Museo Nacional de Arte que alberga la obra de José María Velasco. Satélite (que, según se describe a sí misma, “reflexiona y problematiza sobre la institución del museo”) había causado gran revuelo y controversia en las redes sociales con los ejercicios mexiconceptuales de Heriberto Yépez, publicados en la red entre el mes de abril y mayo, para convertirse en un museo virtual perecedero. Yépez, quien después de su participación en el SITAC había saltado de ser un escritor a un artista conceptual, tuvo luego una conversación con Abaroa, organizada por Satélite y publicada por el tabloide virtual La Ciudad de Frente, el 15 de agosto, como parte de una estrategia para levantar las expectativas sobre lo que iba a suceder esa tarde de agosto en el museo.

Entre los nombres, las referencias, las críticas y quejas que abundaron en esta conversación, Abaroa advirtió, por ejemplo, algo que describe a grandes rasgos lo que sería después su acción: “si juzgamos las ideas y las prácticas culturales por sus resultados y no por las intenciones, el arte contemporáneo no queda bien parado en términos políticos ni culturales. Hoy el arte es accesible en los museos, pero la cobertura es elitista, insuficiente y centralizada. En efecto, no sabe cómo no ser racista, como casi toda la sociedad mexicana. El museo pocas veces logra ser elocuente para el público en general y lo sabe; por eso obedece a una lógica del espectáculo internacional.”
Abaroa, quien se ha destacado por hacer monumental los materiales y referentes incómodos pero de uso común, sabe que para que un ejercicio de subversión sea efectivo debe ser una distorsión momentánea. Una ausencia en el ruido ambiental, un acto de resistencia que no requiera leyendas en pancartas levantadas como fusiles (para que no pueda haber confusión con otras manifestaciones políticas de las que no deja de ser reflejo), pero que tenga estas leyendas impresas en algo igualmente portátil, por ejemplo, la parte posterior de camisetas, que serían portadas por un número de voluntarios que se pondrían frente a las cédulas de las pinturas de José María Velasco (que retratan de manera tan convencional como paradigmática el paisaje oaxaqueño) el tiempo suficiente para ser documentadas como una ruptura en el continuo de lo orgánico y lo oficial, al transgredir y trascender los contenidos de las cédulas, al sobreponer como hipertexto estas nuevas cédulas, que son citas literales de crónicas y noticias sobre enfrentamientos, violencia y llamados a la soberanía en diversas localidades de Oaxaca.
Esta es una acción que Abaroa describe como “El ejercicio del hacker; el productor pirata o el advenedizo tienen todos el propósito de subvertir el flujo de información, de materiales, de personas. Al interrumpir el flujo o desviarlo, se genera una nueva gama de posibilidades de significado. Este ejercicio consiste en un experimento de tergiversación o détournement aplicado al trabajo de uno de los artistas mexicanos más importantes del siglo XIX (José María Velasco), cuya obra tiene aspectos políticos, estéticos y científicos que pueden investigarse de manera informal y transdisciplinaria. La obra pretende reflexionar sobre el flujo de información y personas en el museo”.
La acción de Abaroa es una actualización de un plantón situacionista, que él mismo no puede dejar de ver como algo virtual, a pesar de que es, literalmente, un performance. Es el remedo de una intervención virtual, una materialización o tridimensionalización de gestos y comportamientos que definen la red, que se sobreponen a la red. Un momento de realidad convenida, de desafío presencial, la consigna de una intervención en un lugar político para abrir los alcances, contenidos, y las posibles lecturas de un artista, su obra y la sala que la alberga.
Las fotografías que documentan la acción luego serán subidas por Satélite (y otros sitios) para dar fe de esta, convertida ahora en acto cívico, en una noticia, en un gesto que se vende como una marca de agua: un lugar y el momento en el que, sin conflicto y sin enfrentamiento, se ha roto –aunque fuera por un ratito– la estratificación de las instituciones culturales.
Es heroico y procaz, altanero y mezquino; como acto y como documento virtual se vive con demasiada solemnidad como para no fungir como su propia parodia, que es también la parodia de todos los actos cívicos (desde ceremonias hasta marchas y plantones) que han definido el paisaje nacional. Ese mismo paisaje que transgrede y trasciende con su acción le devuelve –como espejo– un páramo desolador donde sobrevive, a pesar de nosotros, la fenomenología del mexicano, una nota a pie en el folclor. Al sobreponer un paisaje narrado de sus cédulas a los paisajes de Velasco, Abaroa no es sólo un provocador sino también un ironista.
RICARDO POHLENZ
