El arte es un cuerpo que surge entre el lenguaje, el tiempo y el espacio. David Lamelas propone en la muestra de la Galería Parra y Romero una observación minuciosa de la experiencia temporal, la palabra y la narración. El título, Intimidad territorial, alude a los límites de la subjetividad y del conocimiento expandido; a cómo se disuelven las fronteras entre el cuerpo y la estructura de lo real.
La impactante pieza Piel rosa trabaja precisamente con esas ideas. El propio display de la obra nos lleva a los comienzos de David Lamelas como uno de los representantes del conceptualismo dentro del arte latinoamericano. De hecho, la pieza fue creada para el premio Braque en Buenos Aires, en 1965.

Por un lado, vemos una columna en falsa perspectiva, un techo y un prisma delante, a modo de cavidad. Desde un lenguaje fuertemente abstracto (estructuras casi arquitectónicas que son pura geometría) se construye un vínculo hacia nociones más íntimas y reconocibles: la cotidianeidad y el cuerpo. El techo, la columna y el “recipiente” aluden al espacio de una casa; a un hábitat en el que se desarrolla la vida. Se fractura de esta manera la sacralidad del “cubo blanco”: lo que aparentemente remite a un discurso museístico es en realidad una recreación de prácticas cotidianas. Por otro lado, el cromatismo de la pieza nos lleva al color de la piel (el artista se ha inspirado en sus propias manos). Así, la piel rosa tiende un vínculo entre los objetos y la propia identidad. Esta es una de las principales aportaciones del arte producido en Latinoamérica a cierta corriente abstracta: el hecho de impregnar el concepto con el propio cuerpo.
La pieza se acompaña de dos fotografías en blanco y negro, que documentan el pasado de esta y además actúan como tautología. Un recurso habitual dentro de las propuestas conceptuales, en las que mediante distintos elementos se confirma una misma idea. Es el mismo engranaje que en la mítica obra Una y tres sillas de Kosuth, en la que acompañaba una silla con una definición del diccionario y una fotografía de la silla. Estableciendo esta analogía, hay que señalar que en Piel rosa encontramos el mismo metalenguaje, pero esta vez a través del cuerpo, no sólo de lo intelectual.
Siguiendo esta misma línea de display, la obra Vortex opera igual, pero su alcance busca algo más emocional. Vemos una escultura cónica de aluminio y el dibujo correspondiente en la pared (en ese despliegue típico de la mirada conceptual, como hemos visto anteriormente). El dibujo plasma un vórtice dibujado a tinta –como si fuera una tormenta marina, un punto de energía concéntrica– que dialoga con la escultura del cono porque ambos son complementarios. El espacio que construye de manera bidimensional el dibujo se unifica con el volumen del cono. Por otro lado, la frialdad de la escultura adquiere mayor intensidad emocional con el dibujo a lápiz, más ligado a lo íntimo, lo cercano, las escalas pequeñas.
La tercera obra que se expone es Lectura (Laberynths de J. L Borges), partiendo de otra pieza histórica de David Lamelas, Reading, de 1970. Mientras se proyecta –sin audio– una película en la que una mujer lee fragmentos de una recopilación de cuentos de Borges, en la pared se exponen frames o fotos fijas de esa misma grabación, donde podemos leer fragmentado el texto. Nuestra voz como lectores compone el proceso narrativo y también el tiempo del relato. Paseamos por la galería leyendo los subtítulos (que rezan, por ejemplo, “admitido el argumento idealista”, “la forma y el color son la línea”), y, así, se componen tres niveles: el visual, el narrativo y el vivencial. Lo que se explora son los componentes de cualquier estructura comunicativa, y así se reflexiona sobre el cuerpo del texto y cómo la propia subjetividad construye la experiencia. Quizás, el arte funciona y opera en contextos donde se produce un cuerpo: un cuerpo que lee, un cuerpo que escucha, un cuerpo que toca, un cuerpo que se pasea, un cuerpo que escribe mientras sucede todo eso. Y no es casual que se elija una obra de Borges, en referencia a su relación con la posmodernidad y ciertas características de su producción (metalenguaje, deconstrucción de realidad/ficción y visión de la literatura como texto infinito). La herencia de Borges pasa por el fragmento, y por la noción del arte y la palabra en términos espaciales y visuales. En palabras de Roland Barthes: “Tengo una enfermedad: veo el lenguaje […] La audición deriva hacia la escopia: del lenguaje me siento visionario y mirón”1.
NOTA
1. R. Barthes, Roland Barthes por Roland Barthes, Paidós, 2004, p. 214.
ANA FOLGUERA
