Coco Valencia, artista puertorriqueño nacido en Valencia (España), caminaba un buen día por el litoral rocoso de la Playa de Jobos del pequeño pueblo de Isabela (Puerto Rico), en el que encontró un galpón muy grande que iba a ser destruido. Imaginó que los materiales de la estructura podrían convertirse en obras de arte y visualizó lo que más tarde sería la exposición que él tituló Evidence Room (Sala de evidencia).

Valencia recicló la madera y el acero del galpón de la Playa de Jobos para construir un conjunto de relieves y esculturas de bulto que expresan una visión poética y terrorífica de lo que queda después de una conflagración: un mundo calcinado, derruido y oscuro. Estas son las claves en las que se inscriben los protagonistas de la saga que une el pasado, el presente y el futuro de la humanidad en la obra de Valencia. Destacan entre los personajes de Sala de evidencia dictadores, presidentes y diputados; todos encarnaciones de la barbarie, del poder desmedido y de la autoridad política improcedente e inconsecuente. Valencia los representa con gran fuerza expresiva mediante la técnica magistralmente lograda, el negro sugerente de muerte y la manipulación de la escala de las figuras. El cielo, el mar y la tierra son parte del escenario que sugiere Sala de evidencia. Hombres-máquinas, que en algunos casos parecen libélulas, drones o aviones, son las esculturas grandes que cuelgan del techo de la sala de exposición. Doscientos diputados sentados forman un bosque de hombre-sillas-arbolados. No obstante, el bosque de árboles no tiene flores ni ramas. Este es un bosque estéril construido en una escala pequeña, como lo son las ideas y las acciones de los diputados. La pequeña escala de los cientos de diputados contrasta con la del presidente montado en un equino que más parece de Sancho que de don Quijote. Barcos grandes se suman a los anteriores, presididos por figuras semejantes a nikes y que evocan los trirremes griegos o quizás los barcas de los antiguos egipcios.
Valencia alude a la crueldad y la ignominia del ser humano durante la experiencia de la guerra. Ese es el lado oscuro de la naturaleza humana que Sigmund Freud vio manifestado en la sociedad de la Europa asolada por la gran conflagración de la Primera Guerra Mundial. Freud afirmó: “Allí donde la comunidad se abstiene de todo reproche, cesa también la yugulación de los malos impulsos, y los hombres cometen actos de crueldad, malicia, traición y brutalidad, cuya posibilidad se hubiera creído incompatible con su nivel cultural. De este modo, aquel ciudadano del mundo civilizado al que antes aludimos se halla hoy perplejo en un mundo que se le ha hecho ajeno, viendo arruinada su patria mundial, asoladas las posesiones comunes y divididos y rebajados a sus conciudadanos”1.
La destrucción que deja tras de sí una guerra se sugiere en Sala de evidencia de manera paradójica. El reciclaje de los materiales usados y viejos deviene en una obra nueva pero sugerente de lo quemado y destruido. La fuerza poética de la obra de arte impresiona y conmueve. Varias obras tituladas Swifter se refieren a los judíos torturados y asesinados en campos de concentración nazis. Los cuerpos de los judíos fueron colocados sobre grandes “bandejas” o swifter, y cernidos por sus asesinos. La técnica escultórica de Valencia sugiere el proceso violento de la muerte de las víctimas, puesto que con una sierra, una caladora y otras herramientas, repetitivamente marca, corta e hiere la superficie de la madera. Las huellas del proceso de crear, como las huellas del crimen, tienen un efecto profundo.
Los bajorrelieves adosados a los muros de la sala de exposición recuerdan grandes lienzos en los que algunas figuras aparecen delante de paisajes ominosos y sublimes. La belleza de las formas y el terror ante lo que se avecina o ya ha ocurrido en esos paisajes se aúnan para crear esa impresión delirante y sobrecogedora. Las esculturas de hombres-cañones, máquinas letales adyacentes a los bajorrelieves no dejan dudas sobre la trama que se infiere del conjunto de obras. La sala con la evidencia es contundente porque las pruebas son obvias; son el presagio de un futuro desolador para una humanidad que, de no reflexionar sobre su pasado, volverá a vivirlo. La historia contada por Valencia no es la de los héroes, paladines y próceres sino la de aquellos consumidos por el poder, la codicia y el dinero que prefieren la desolación a la vida. Thanatos triunfa sobre Eros, y la barbarie, sobre la civilización. El único ser vivo con capacidad de crear cultura es también el único dispuesto a destruir su medioambiente. Esa es la paradoja que se desprende de esta exposición conmovedora y que aborda un tema universal.
NOTA
1. Sigmund Freud, Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte. 1915. Edición electrónica de www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS, p. 6.
INGRID MARÍA JIMÉNEZ MARTÍNEZ
