Como dijo Obama en su visita a Cuba, “no es fácil” establecer comunicación con cierto sector del arte contemporáneo. Giros crípticos de sentido, poco estímulo sensorial y un exceso de “mundo del arte” en el arte son solo algunos de los causantes de que este sea a menudo un ámbito impenetrable para los no expertos. Pintura y escultura, los soportes que históricamente interactuaban mejor y con más amplias audiencias, han dinamitado sus fronteras desde dentro, y hoy, cargados de “concepto”, se erigen en nuevos tropos opacos de un sinfín de reflexiones. Visto así, materia, color, forma y espacio podrían parecer términos de una jerga en desuso que, no obstante, a menudo se reincorpora en la práctica artística y obliga a la reflexión teórica. Reincidimos, y no es raro, pues aún hay “cuestiones pendientes”, y muchas son inagotables.

A vueltas con la escultura, la exposición epónima de Armando Andrade Tudela (Lima, 1975) se concentra con total intensidad en los objetos. Manipula, fusiona y reensambla materiales para indagar la autonomía de la forma y potenciar sus significados. Se presentan en ella tres nuevas series: un tríptico sin título compuesto por espejos negros de gran formato, Vuscohh Vohhlver, conformada por assemblages de escayola dispuestos sobre varillas de hierro, y, finalmente, Canon, donde algunos artículos utilitarios han sido transformados en formas escultóricas.
Las siluetas irregulares de los espejos contrastan con la impronta industrial de sus superficies, de modo que la aparente estética minimalista choca con el espectro de figuración (el casi imperceptible reflejo en los cristales). El disturbio que causan estos antiespejos o espejos subvertidos se debe en buena parte a lo que tienen de inusual (asimétricos, semiopacos, gigantes, con un hoyo en el centro), pero también a la proyección que, quizás ante la imposibilidad de la reflexión especular, hacemos sobre ellos: es nuestra percepción naturalizada de los espejos la que se disturba frente a estos objetos que, pese a serlo, no operan como tales. El asunto de fondo no es, por tanto, el espejo en cuanto objeto concreto, sino el reflejo como principio poético. Esta es una de las líneas formales y filosóficas sobre las que Andrade Tudela ha venido trabajando desde hace años. En 2010, por ejemplo, en el marco de la exposición ahir, demà, en la Capella del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, otra pieza sin título consistió en un tablero de conglomerado cubierto por cinco grandes cristales transparentes que ocupaban casi la totalidad de la superficie. Según afirmó Chus Martínez, curadora del proyecto, la pieza hacía de frontera entre dos imágenes de un mismo espacio: por una parte, la antigua capilla renacentista y su función de culto, y por otro, la de la actual sala de exposiciones, también con su función de culto, me atrevo a añadir. Tal operación, no obstante, solo estaba garantizada por el hecho de que la imagen se duplicaba a causa de su reflejo en los cristales. Siguiendo la línea de Martínez, los cristales se limitaban a hablar del espacio, que otrora fuera centro religioso y depósito de armas durante la Guerra Civil española, pero solo mediante su materialidad: “de todo ello [su pasado] no quedan sino los materiales y las formas que significan el pasado de ese espacio”1.
La reducción formalista, vista así, funcionaría como estímulo para reflexiones de todo tipo desencadenadas por las formas y los materiales. Vuscohh Vohhlver, otra serie de esta muestra, parece decantarse en esa dirección. Con piezas de pequeño y mediano formato, explora de forma sugerente texturas y volúmenes. Se trata de assemblages de escayola sobre bases de varillas de hierro, así como objetos de aluminio fundido que se exhiben sobre baldas de metal. Andrade Tudela explora cambios de escala, material, formato y uso para potenciar los desplazamientos de sentido, pero también para irrumpir en los procesos de percepción y recepción estéticas. Finalmente, en Canon 1, la exposición presenta objetos prefabricados que el artista ha intervenido para convertirlos en entidades escultóricas. Lo interesante en este caso sería preguntarnos: ¿qué es eso que transforma un objeto en escultura y quién puede o no operar ese cambio?
Forma, materia, textura y autonomía operan en esta exposición no solo como reflexiones de partida y posibilidad de comunicación, sino como un complejo campo conceptual con el que volvemos a activar debates e historias. Uno de ellos, el del arte. En un iluminador ensayo sobre espejos y autorretratos, James Hall narraba la fiebre que durante el siglo XV experimentó Europa occidental ante la irrupción de esos mágicos cristales reflejantes. Era, sostiene, “como si de pronto los artistas pudieran verse a ellos mismos”2. Esta hazaña óptica permitía (y no solo a los artistas) que por primera vez el mundo se viera hacia adentro y no hacia afuera. Tal vez en el mundo del arte actual, necesitamos menos espejos.
NOTAS
1. “El tiempo aprieta”, en ahir, demà, Barcelona: MACBA, 2010, p. 13.
2. James Hall, The Self-Portrait: A Cultural History, Londres: Thames & Hudson, 2014, p. 31.
DIANA CUÉLLAR LEDESMA
