El Museo de Arte Moderno de Bogotá le rinde homenaje a uno de los artistas más significativos de Colombia, Ángel Loochkarrt. Un homenaje que le realiza la institución no sin cierta presión del medio artístico local, liderado por una carta de Nadín Ospina en la que se recolectaron firmas para presionar a la nueva administración del museo para que respetara un acuerdo pactado con el artista con anterioridad, pues la exposición no se realizaría argumentando que la nueva administración no tenía por qué asumir lo de la anterior. Desafortunada decisión que por suerte fue enmendada. La muestra se hizo finalmente, asegurando lo que toda institución seria debería hacer con los artistas vivos que de una u otra manera han logrado hacerse a una carrera a lo largo de los años: visibilidad para las generaciones futuras sobre lo que significa ser y mantenerse como artista con una producción artística importante en un país que tiende a olvidar a quienes de una u otra forma han contribuido a la historia del arte en Colombia.

La exposición mostró al público la producción del artista, donde el tema seleccionado por la curadora María Teresa Guerrero fue el del carnaval, tema que se ha convertido en el eje principal de la obra de Loochkarrt. Vale la carne tituló la muestra la curadora insistiendo en que la fiesta popular de Barranquilla, ciudad natal del artista, “ha sido motivo de investigación e inspiración a varias profesiones. Artistas como Ángel Loochkartt, antropólogos como Nina de Friedemann y Gloria Triana, documentalistas como Luis Ernesto Arocha y Tita Cepeda, han sido permeados con el espíritu de las carnestolendas y han generado testimonios, explotando los más destacados aspectos e identificando con determinación los personajes”1.
En efecto, esa fiesta donde los cuerpos se travisten, los sexos se desdibujan y bailan al son de la música carnavalesca, donde las identidades se ocultan tras las máscaras y los maquillajes hasta llegar a una especie de ebriedad. Pero la ebriedad aquí debemos entenderla también desde un punto de vista representacional, donde la pintura –anclada en un cierto expresionismo que nos recuerda, cómo no, a James Ensor y a Emil Nolde– logra materializar sobre la tela ese estado del cuerpo y del alma donde los sentidos parecen perder toda cordura. Ya Charles Baudelaire anunciaba lo que significa embriagarse, pero no de cualquier manera sino de “[…] vino, de poesía y de virtud”. Loochkartt parece interpretar a su manera este dictado del poeta pero sintiendo a su vez esa ebriedad del Caribe colombiano manifestado a través del color.
Sus telas muestran a personajes bailando, y el baile poco a poco se transforma en una gran orgía de color y de cuerpos, donde la sensualidad y el erotismo hacen que sus obras, en ocasiones, sean vistas como poco recatadas. Pero a quién le importa el recato, vestigio moral de una sociedad aún con lastres coloniales y pacatos, pues en una fiesta popular como el Carnaval de Barranquilla, donde los diablos, las marimondas, entre otras locuras de la fiesta, logran por unos días que el furor de los cuerpos aflore sin tapujos.
Cuando dirigí el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia, le realicé un homenaje a Loochkartt, junto a otro gran artista, Jim Amaral2. Hablando con ellos en una entrevista inédita, el primero declaraba sus afectos por una fiesta permanente que encarna en el cuerpo, ese enigma de carne y hueso, como lo llamaba Antonin Artaud, donde se encarnan todas las pasiones y donde la razón no media. Y qué mejor lugar y situación que el carnaval para reafirmar tal corporeidad, donde todo es sensualidad, baile y deseo. El cuerpo es y seguirá siendo una fiesta, parece insistir el artista con sus telas de mediano y gran formato.
La muestra, si tiene una virtud, insiste en que la pintura tiene su tradición, y que, más allá de las modas, es importante exaltar un medio de expresión que se realiza con profesionalismo, más aún cuando en las Escuelas de Arte poco se enseña a pintar, por obvias razones, pues pintores como Ángel Loochkartt parecen estar en vías de extinción. En estos términos, este homenaje no solamente es a un artista que lleva más de cincuenta años pintando sino a la pintura misma que logra mostrarnos su actualidad.
NOTAS
1. María Teresa Guerrero: Ángel Loochkartt: “Vale La carne. Antología de un pincel carnestoléndico”. http://www.mambogota.com/web/interna-actividad.php?cod=bGVvbmlkPTg0bGVvbg==
2. Corpus Eroticus. Homenaje a Ángel Loochkartt y Jim Amaral y la colección del Museo de Arte Erótico Americano. Museo de Arte, Universidad Nacional de Colombia. 2010.
RICARDO ARCOS-PALMA
