En la obra de Paulina Silva Hauyon tienen una especial importancia el papel de la literatura, las referencias autobiográficas y la tensión entre amateur-profesional. En esta ocasión, en la segunda exposición individual en Die Ecke, el ámbito íntimo se hace público a través de la recreación libre de una habitación.
La sala de la galería ha sido pintada de azul, y las obras, cuadros de pequeño formato, la mayoría de color negro, se disgregan por los muros a diferentes alturas. Silva presenta las obras en unidad, teniendo en cuenta el montaje expositivo como un elemento más con el que trabajar. Al analizar las obras de forma individual, pinturas de distinto acabado, algunas –unos paisajes– con deficiencias cualitativas, podemos concluir que se mezclan obras propias y ajenas, o creaciones realizadas por la propia artista durante su infancia.

Nada de esto se aclara en el texto curatorial, que sí nos habla de referencias a la obra de Karen Kilimnik, artista norteamericana autora de retratos a celebridades con aire naif. Si intentamos adentrarnos a ese espacio personal que Silva Hauyon ha generado con pocos elementos, caemos ante la posibilidad de no llegar a empatizar con la propuesta. Al fin y al cabo, lo que vemos, una sala adecuada para esos cuadros de pequeño formato, combinados con las obras en las que predomina el negro, nos enfrenta a una escena que no termina de generar diálogos estimulantes.
Acerca de los cuadros, la mayoría, de color negro, podemos citar como antecedentes la exposición colectiva Ocupaciones raras, curada por Teresa Riccardi en el 2014 (Galería Gabriela Mistral), en la que ya se avanzaba esta creación de un paisaje en negro, cuyos brillos, gracias a la iluminación, develaban los detalles de la vegetación, configurando una interesante manera de “pervertir” el género. La textura toma protagonismo. La tridimensionalidad de las capas de pintura se impone frente a una visión más clara o tradicional de la pintura de naturaleza. Esta línea, más “plástica”, y alejada de pretensiones literarias o de una búsqueda introspectiva de complicado acceso, podía haber sido una exploración satisfactoria. Pero en El color de mi última habitación parece que el color negro ha sido aplicado también al significado del conjunto, a la pretensión final de la obra, quedando en suspenso –que no en suspense–.
La intervención en el muro de la sala, dividiendo la pared con un horizonte azul, cohesiona las diversas obras en el espacio, generando un recorrido visual unitario que, al no estar ligado, al menos de forma aparente, con las obras que componen la exposición, queda relegado como un ejercicio de adaptación. Iniciativa de agradecer, aunque con la ausencia de pistas o de coherencia en el grupo de obras, lo que se consigue es precisamente la inadaptación del espectador.
La introducción de “lo escrito”, de la narrativa en una exposición visual, o del mundo íntimo de la artista, es una acción compleja que ha de ser ensamblada de forma sólida para poder lograr proponer un asa de sujeción al visitante, al extraño. En la sala aparecen enmarcados dos textos de carácter privado de difícil codificación. Quien no conozca la intrahistoria de esta muestra se quedará a expensas de la experiencia visual del conjunto. Algo que, en una habitación, podría ser agradable. En un espacio de arte hay que pensar en la conexión con el espectador.
JUAN JOSÉ SANTOS
