Exposición Individualsept 2016 - nov 2016· Por Amalina Bomnin

Paúl Rosero

NoMíNIMO

Quienes consideren que estamos muy lejanos de los supuestos que conformaban la filosofía platónica podrían estar equivocados. ¿Los confundidos serán los que confían en que pronunciarse desde el ámbito de una galería sobre los rizomas de la percepción conlleva algún resultado efectivo? ¿Será acaso que los pifiados somos los que continuamos esta lucha sediciosa por esperar siempre lo contundente en torno a lo que se proyecta desde el arte? Tal vez la construcción de galimatías que replanteen aquellas consideraciones sobre el “mundo inteligible” y el “mundo sensible”, en la antigua sociedad griega, conlleve volvernos a encontrar en el ágora; al menos para tomarnos de la mano, caminar, reflexionar, acciones a las que ya casi nadie dedica espacio. Según el principio del bucle recursivo: nos auto-re-organizamos cuestionando nuestros errores o manquedades, para aspirar a un acoplamiento que induzca a un nuevo ciclo, generador de otras posibilidades.

Exposición Individual: Paúl Rosero — imagen 1
Paul Rosero Contreras. Vista aérea de Daule con cuadrantes, 2016. Meteorito de Daule. Fotografía de archivo intervenida. Fotografía: Ricardo Bohórquez.

Paúl Rosero (Quito, Ecuador, 1982), recientemente galardonado con el Premio Mariano Aguilera 2015, a través de una beca de creación, ha emprendido una trayectoria interdisciplinar que acierta en desplazarse entre la biología y la filosofía, como quien aspira a construir un ente en Dasein. Abocado a presentir –como planteaba el pensador alemán-, tiene claras las reglas del juego: la necesidad de desocultar.

Asomarse a la galería NoMínimo por estos días en Guayaquil permitió hallar un oasis que pretendía hacía años, pero no se vislumbraba. La muestra personal del artista quiteño Paúl Rosero El lugar donde se pesca con red hace alusión al topónimo Daule, que, según el historiador Emilio Estrada, proviene de las voces cayapas da, red, y li, pez; por lo tanto, Daule significa “lugar donde se pesca con red”. A partir del nombre, articula un abanico de cuestionamientos en torno la ontología del ser-costeño, acaso del ser-ecuatoriano (con guion para rememorar a Heidegger), y que, además contextualizados en este ambiente chic y aquiescente de Plaza Lagos Town Center –donde se ubica la galería–, coloca en solfa los acercamientos que pueden suscitarse hacia y desde el arte, en una ciudad donde prima la levedad del puerto como espacio que acoge con desenfreno.

La muestra introduce lecturas sobre lo que entendemos por “real” y/o “imaginario”, partiendo del chivo expiatorio Daule, región de la costa ecuatoriana donde viven personas montuvias (del campo), y donde, supuestamente, en 2008 cayó un meteorito. La reflexión se me antoja también sobre los intersticios que se configuran entre los sistemas, el imaginario y los medios. Grosso modo, el suceso mencionado se convirtió en material de estudio para el comando de Operaciones Aéreas y de Defensa ecuatoriano, que se encargó de investigar el material y declarar para la televisión nacional que estaban en presencia de un meteorito.

Rosero le apuesta a estructurar tres relatos: uno construido por él, en el que realiza un levantamiento del lugar donde supuestamente encontraron la piedra, interviniendo una fotografía de archivo. Con él apunta a la supuesta certeza sobre el “fenómeno del cielo”. Muestra también evidencias de la venta del meteorito vía online en eBay. Otro, que es la historia contada desde la perspectiva de los pobladores del lugar, amenazados por los militares para que entregaran el aerolito, bajo el pretexto de que podía provocarles cáncer. Y el último, disponible además en internet, donde aparece el alegato de Michael Farmer, un norteamericano coleccionista de meteoritos, exponiendo que se había enterado del hallazgo vía internet, y envió a un colega para que se encargara de comprar la piedra. Supuestamente, en la narración del montuvio, habían caído varias de ellas, y una había sido escondida por otro dauleño en su casa, para luego venderla al gringo por mil dólares.

Como jardín de senderos que se bifurcan, nos introduce el artista en esta trama curatorial. No interesa si alguna de las historias es real o si todas son ficticias; el caso es que con ellas podemos estructurar una clase sobre pensamiento complejo atendiendo a las nociones de no linealidad, fluctuación, bifurcación y autoorganización, planteadas por un Prigogine. Este caos nos remonta a la necesidad de autoconocimiento, a desasirnos de la operatividad lógica, de lo cognitivo, para quedar arrojados al mundo. La desocultación heideggeriana, donde se establecen tensiones entre lo desfigurado y lo que se manifiesta, forma parte de su discurso.

El lugar donde se pesca con red recrea un universo donde no importa el orden (curatorial) sino la imantación de un itinerario aleatorio donde afloran unas piezas que se antojan mapas, horizontes (lugares habitables), instrumentos de trabajo como el trípode (ente como objeto dominable), textos (habla o lenguaje como potencia del ente), que nos conducen a un segundo nivel (piso de la galería) donde mundo y tierra nos entregan un diálogo. El artista ha construido un bosque con un cultivo del hongo melena de león, un plástico biodegradable y sal, que guarda la posibilidad de mutar temporalmente. Lo ha denominado Anticipación a una ausencia, y a ambos lados ha colocado sendas serigrafías sobre papel orgánico. Al lado derecho del bosque (desde el ángulo de la escalera) aparece una serie de especies extinguidas de la flora. Al frente, un mapa donde aparecen el territorio ecuatoriano y una proyección ampliada de una de las zonas del Parque Nacional Yasuní, que será intervenida en un futuro cercano por empresas extractoras de petróleo. Toda esta región, dicho sea de paso, alberga uno de los ecosistemas de mayor biodiversidad en el mundo.

Al final del recorrido se asoma un pedestal blanco que pareciera anunciar su soberana postura museable; en cambio, cuando nos acercamos, advertimos la ausencia de ciertas pretensiones museográficas (no aparece ficha técnica alguna). En él nos habla un supuesto fragmento de meteorito desde la significatividad de la forma que recrea: el territorio ecuatoriano. ¿Acaso una reflexión sobre las irreconciliables relaciones entre el mundo y la tierra en cuanto universales? ¿Qué índole de existenciarios están definiendo nuestro lugar en relación con la naturaleza en Ecuador? ¿Cómo podemos hablar de conceptos como identidad, historia, arte, ecosistema, buen vivir, si los antagonismos regionales, políticos, étnicos, casi nadie se atreve a desocultarlos? Esas ambivalencias son el caldo de cultivo de la propuesta de Rosero, quien, consciente de las limitaciones de todo mortal, pierde el miedo a desocultar la esencia de cualquier concepto, por caro que nos resulte a nuestra existencia.

AMALINA BOMNIN

Paúl Rosero, por Amalina Bomnin | artnexus