Quien alguna vez haya comenzado una colección sabrá que hay muchas maneras de coleccionar; aunque en arte, algunos curadores profesionales tratan de convencer a los coleccionistas privados de que adquieran obras con profundidad, o con cierta direccionalidad. Esa recomendación no quiere decir que coleccionen obras que calen profundo en la condición humana. Lo que quiere decir es que adquieran con filtros determinados; i.e., con un concepto curatorial específico. Por ejemplo, por años Bill Hunt, el famoso coleccionista de fotografía, ha adquirido obras fotográficas en las que no se ven los ojos de los retratados. De allí ha resultado el voluminoso libro The Unseen Eye: Photographs from the Unconscious (Aperture, 2011).

Pero el niño que comienza una colección de caracoles no sabe a dónde lo va a llevar; no tiene un concepto curatorial. Cada nuevo caracol lo sorprende, lo maravilla, lo lleva a pensar que a lo mejor habrá un sinfín de sorpresas. Quizá después de hallar su enésimo caracol, el niño habrá refinado su gusto, habrá ensayado diversas clasificaciones de su colección, los habrá nombrado a su propia manera, habrá buscado su nomenclatura científica, y/o habrá adquirido conocimiento más allá del deleite de simplemente verlos. Se dejará de sorprender de aquellos especímenes que más abundan, y al hacerse más discriminante, buscará el excepcional. Cuando lo vea, lo codiciará. Desarrollará un afán de completitud. Quien considere su colección entenderá un poco de ese niño, de su sentido de belleza, de extrañeza, incluso de su carácter. A lo mejor, el niño entenderá que sus caracoles tienen cierta relación con corales y estrellas de mar, y expandirá su colección.
El coleccionista de Óscar Muñoz es una instalación de video y sonido que dura cincuenta y dos minutos. En el video vemos un hombre (el mismo artista, aquí actor de su propia obra) colocando fotografías y/o postales sobre una larga repisa. Añade algunas, retira otras. No sabemos si sus acciones tienen direccionalidad, o si son fortuitas. Sí sabemos que lo que está sobre la repisa es un conjunto ecléctico de imágenes de personas. Algunas son icónicas (Marlon Brando, Greta Garbo, James Dean, Malcolm McDowell); otras desconocidas (víctimas de la violencia o criminales); aún otras, personajes históricos (Simón Bolívar, Íngrid Betancur). Asimismo, los autores de las imágenes son famosos (Albrecht Dürer, Diane Arbus, Chuck Close) o anónimos.
Alguien podría argüir que la identidad de los individuos que aparecen retratados en esta lista es irrelevante; que podría ser otra y el sentido de la obra no cambiaría. Consideremos el siguiente experimento mental. Si esta fuera la colección del fotógrafo japonés Hiroshi Sugimoto, probablemente incluiría otros retratos conocidos y desconocidos; a lo mejor, a Toshiro Mifune, Audrey Hepburn, Yasunari Kawabata, Yukio Mishima, Marcel Duchamp, Sanae Yamazaki, Akira Kurosawa, Ikuko Toguri, etcétera. O sea, El coleccionista sería otra obra. Una colección es un reflejo del coleccionista. A menos que no sea una colección, sino un grupo de imágenes obtenidas aleatoriamente; como cuando un anticuario compra un lote de objetos, por ejemplo.
Convenientemente para nuestras reflexiones sobre El coleccionista de Muñoz, The New Museum, en la ciudad de Nueva York, presenta la muestra The Keeper. Cito a William Hamilton del New York Times (“New Museum Explores Why We Keep Things”: julio 14, 2016): “En una cultura que se redefine constantemente por la manera como consume, ¿qué debemos pensar de la gente que colecciona cosas, que guarda cosas? ¿Qué pensar de los archivos personales, los universos privados, los esfuerzos físicos que hacen los coleccionistas por rasguñar la permanencia y la inmortalidad?”. Massimiliano Gioni y su equipo curatorial reunieron más de cuatro mil objetos de más de veinte coleccionistas, en busca de una respuesta a esas preguntas. La artista canadiense Ydessa Hendeles, hija de dos sobrevivientes de Auschwitz, buscando fotos de sus familiares reunió tres mil fotografías de personas con sus ositos de peluche. En el siglo XIX, William Bentley, quien desde niño tuvo fascinación por los copos de nieve, acopló un microscopio a su cámara para fotografiar cientos de ellos y mostrar la singularidad de cada uno. Susan Hiller, una antropóloga vuelta artista, hizo una compilación de grabaciones sonoras de idiomas extintos o en peligro de extinción y los tradujo en el video The Last Silent Movie. Aunque Gioni prefiere no usar el término “colecciones” para describir los miles de objetos poseídos por las personas que los reunieron, en todos discierne Hamilton “la innegable importancia de la voz del individuo en registrar e interpretar la historia y su empuje.”
De vuelta a la obra El coleccionista, ¿cómo es el personaje que nos presenta Óscar Muñoz en ella? ¿Es como el niño que colecciona caracoles sin dirección alguna o cómo un coleccionista de Pop Art? Es evidente que ese personaje no parte de una tabula rasa de memorias como implica la cita de Walter Benjamin sobre el “caos de las memorias” en el texto de la exposición. Un filósofo alemán tiene que saber que el caos no es meramente desorden sino vacío amorfo. Y aunque lo fuera, las memorias requieren un mínimo de orden en el cual permanecer y del cual pueden ser rescatadas. Es el caso de este personaje de El coleccionista, que con sus acciones parece, como el niño, reflexionar sobre la diversidad y singularidad de las imágenes, intentar una clasificación de ellas, considerar su relevancia para él mismo, y, por qué no, para su propia visión del arte.
FERNANDO CASTRO R.
