A quienes conocen el trabajo de Nacho López, les hace mucha ilusión esta exposición. A quienes no lo conocen, les ofrece la posibilidad de descubrir una de las figuras claves de la fotografía mexicana, a la par que ejemplos de la ciudad en su desarrollo a mitad del siglo XX. Sus momentos –por no llamarlos temas– son diversos y todos importantes. Consiste en una selección amplia de 235 fotografías vintage impresas por el propio autor, que lleva al espectador por las diversas salas del Museo de Palacio de Bellas Artes. Visitarla requiere más de una visita. Indiscutiblemente, el autor merece la magna institución que lo presenta pero estos no son los espacios ideales para ver fotografía, la cual requiere estructuras que, si bien son livianas, se perciben y distraen, lo mismo que los pisos. Museográficamente, el uso de algunos muros pintados de amarillo, y las mamparas con textos y títulos, son imprescindibles para dividir tan amplia producción. Los capítulos son: Yo, el ciudadano; Páginas visuales; Tierra y Tiempo; Trastocación; Multidimensionalidad y Lo Cinematográfico. Un buen y recomendable catálogo de 464 páginas acompaña la exposición.

Nacido en Tampico (Tamaulipas) en 1923, Ignacio López se trasladó muy joven al D.F., ciudad a la que amaba profundamente. Fotorreportero, cineasta, precursor del fotoensayo –en el cual muchas veces escribía él mismo los textos, bastando a veces con solo poner pies de fotos–, excelso fotógrafo de danza –emoción además de registro–, experimentador –realizó vasedactigrafías (foto sin cámara ni negativo, irrepetible, única, que realizaba por contacto con su propio cuerpo, utilizando vaselina)–; realizó experiencias texturales y de imagen con el escultor Pedro Cervantes, incursionó en fotografía de pueblos indígenas, en la historia de la pobreza y de la injusticia social en el propio mundo urbano. Desde los años cincuenta quiso expresar algo con su lente y le tocó vivir una época de transformaciones que supo referir con humor y asombro, ejercitando cambios en el uso de la cámara fotográfica para reportajes y desarrollando la interacción entre los habitantes y su objetivo. Estos dos últimos aspectos se perciben en varias fotografías, como las de la serie La Venus se fue de juerga por los barrios bajos, de 1953, que continúa inquietando aún hoy y aún a quienes ya la conocen. En 1951, anticipando las acciones conceptuales, realiza el acto performativo Los mirones, con la intervención de los transeúntes. A partir de allí, denominó Acción dirigida a estos ejercicios, en los que quienes circulaban por las calles son sus actores en escenografía real. Establece cambios con la ortodoxia fotográfica: busca diferentes ángulos y encuadres, acerca su cámara para captar escenas vividas bien de cerca, atiende a dar más que la foto directa, e incursionó en usar dos objetivos yuxtapuestos; el caso más conocido es la serie El globero. Otras de sus variantes han sido la incorporación de la baja velocidad, lo cual también creaba un fuera de foco, y la modificación de la toma tradicional, que ubica la imagen en el centro.
Si bien los temas que trabajó son infinitos, quería captarlos de manera no tradicional. Desde joven planeaba fotografías no rígidas ni frías; más le atraían las historias, que supo expandir en el campo del fotorreportaje. En la serie Pasos en el cielo, Nacho López da una significativa documentación de la construcción de la Torre Latinoamericana, así como del edificio de seguros La Latinoamericana, primeros grandes rascacielos en el centro de la ciudad de México. Registró los lugares nocturnos, las avenidas, y a algunos de los artistas, a la manera de la performance, por ejemplo, Marcos Kurtycz. Al campo, por respeto, le brindó un tiempo especial. Por otra parte, en relación con las comunidades indígenas, una primera obra no fue muy feliz, y luego Nacho López reflexionó: “No alcancé a permanecer largo tiempo en las comunidades indígenas. Por ello, mi visión fotográfica se queda corta”. Hay quienes han sabido penetrar en la cultura y la idiosincrasia de los habitantes, “[en pos de] un documento perdurable que fija personas, religión, costumbres y tradiciones más allá de lo aparente”. Entre ellos distingue al fotógrafo-antropólogo Alfonso Muñoz, y a los autores Héctor García, Graciela Iturbide y Jesús Sánchez Uribe. El tiempo es un factor en juego en su obra, como planificación. Viendo algo que promete un desenlace interesante, hay que dedicarle tiempo para llegar al punto culminante. No es cuestión de ir solo tras las sorpresas que aparecen a la vuelta de la esquina.
Del cine –que lo apasionaba y que fue lo que estudió–, y de la danza –de la que fue defensor, promotor y fotógrafo mayor–, la exposición presenta piezas relevantes. Su hermana menor fue la recientemente fallecida bailarina Rocío Sagaón. Ignacio López entendía muy de cerca las otras artes y consideraba que la danza era la más desatendida. Su mantra nos debe llegar a todos: el pintoresquismo debe evitarse a toda costa. Lo folklórico es fácil, hay que evitarlo. La coreógrafa y bailarina Pilar Urreta, su hija, dice que para Nacho López el arte es esencialmente acción social.
GRACIELA KARTOFEL
