Desde comienzos del milenio, María Elena Álvarez (Caracas, 1964) irrumpe en la escena de las artes plásticas venezolanas con una propuesta de altísima calidad formal y conceptual. Licenciada en Artes Visuales de la Universidad de Hartford (Connecticut), con una Maestría en Artes Visuales de la Universidad de Nueva York, desde su arribo al país Álvarez nos viene sorprendiendo con una obra en la que experimenta, sin complejos, dentro de la bidimensionalidad, utilizando la pintura, el collage, la gráfica y la fotografía como medios que le permiten indagar sobre la abstracción y las dimensiones interiores de su ser y pensar como artista.
En Soliloquios, Álvarez mostró quince piezas que, en una primera aproximación, manifiestan su raigambre constructivista. No obstante, su lenguaje está lejos del mero formalismo, ya que toma los elementos de la abstracción como una vía que le permite dar cuenta de una interioridad que se interroga a sí misma.

El gusto de María Elena Álvarez por la arquitectura y lo estructural la llevó a plantearse la “ventana” como una estructura expresiva en la que la conjunción de cuadrados le permitía indagar sobre el espacio y el vacío, conceptualizando el marco como un dispositivo que los separa, ordena y articula; además, la ventana permitía un oscilar metafórico, un asomarse a la pintura como un ámbito reversible, que puede actuar como continente y, al mismo tiempo, como contenedor: “parece que estoy en el cuadro y desde allí pinto”, señaló al referirse a este aspecto de su pensamiento.
Para Soliloquios, Álvarez se valió de una vía de creación que parte de la deconstrucción de una escena visual que se abstrae al dato mínimo. En la ciudad de Valencia, donde se realizó la exposición, observó la remodelación de un edificio. Los colores surgieron de esta experiencia: el cemento dio los grises, la ropa de los obreros, los rojos y naranjas, la mirada de un recipiente de pintura, el amarillo. El color es el elemento que permanece y permite atisbar un resquicio de las sensaciones que Álvarez busca abstraer, al crear sus estructuras pictóricas, que, según sus palabras, son el resultado de un “conceptualismo abstracto poético”.
Las obras presentadas muestran cómo en este proceso la artista complejizó la estructura de sus cuadros e hizo más rica su gama cromática. Las piezas, creadas a partir de planos de color y líneas que se van superponiendo ortogonalmente, construyen un espacio profundo. Álvarez juega con la saturación de los planos e, incluso, con la manera en que los colores están aplicados, contraponiendo espacios donde la pincelada es evidente, y otros en que forman segmentos no matizados. Los planos múltiples y simultáneos logran avivar el juego visual que lleva al espectador a varios niveles y direcciones.
La artista ha incorporado gamas de colores no usuales en su trabajo anterior, como terracotas, granates, naranjas, sepias, amarillos y verdes. El color es, quizás, uno de los elementos que más impacta en las piezas que conforman esta exposición, y en la que la artista tomó enormes riesgos, tanteando en tonalidades terciarias, difíciles. El resultado ha sido muy consistente y demuestra la disciplina creativa de Álvarez. En piezas como Bugaswing (2016), Tanz industrial (2016) y Cableado (2016), el uso del amarillo contrasta con los juegos de neutros –blancos, negros y grises– que la artista tensiona con la introducción de algunos rojos. El hermoso políptico titulado Jardín vertical (2016) ofrece una gama de delicados verdes, apastelados, terciarios, agrisados, que contrastan con algunos planos en violeta y malva. Estas obras están conformadas por varias piezas de diferente formato que no forman un plano continuo, pero que permiten avivar el juego espacial. En el políptico Estructure Blue (2016) y el tríptico Pregonero (2016) se repiten estos contrastes de formato en gamas de azul y grises verdosos, respectivamente.
Sin duda, Soliloquios fue una exposición importante dentro de la trayectoria de María Elena Álvarez, en la que demostró su sólida formación, su intenso talante creativo y su solvencia conceptual. Tal y como sugiere el título de la muestra, estas piezas demuestran que provienen de un monólogo permanente, consciente y creador, un soliloquio que atañe al arte y a la pintura, pero que se desplaza al hecho de ser artista y a la existencia misma como espacio en el que este ser creador se despliega.
KATHERINE CHACÓN
