La individual Voladoras del artista carioca José Bechara dialoga estrechamente con el espacio de la galería Marília Razuk, en la capital paulista. Son cerca de veinte obras inéditas, la mayoría pinturas, complementadas por algunos ejemplares de sus experimentos con proyecciones tridimensionales, investigación que se viene intensificando en los últimos años. La exploración de la pintura en el trabajo del artista está construida para investigar el vocabulario propio del lenguaje en cuestión: líneas rectas que refuerzan su condición de trazo pensado, un uso del pigmento (casi siempre puro y aplicado macizamente, sin mezclas ni matices) que evidencia su materialidad como divisor de campos. En esta muestra figuran también varios trabajos en los que el color sólido convive con ocres variados y cambiantes obtenidos a través del proceso de oxidación de metales sobrepuestos a las lonas de camión que sirven de soporte para las obras. Lo ortogonal predominante de los trabajos establece una relación de identidad con el encuadre de las vigas de hierro de la arquitectura del espacio, como participando del mismo proceso de construcción; caja, cubo y casa son elementos estrechamente conectados en la poética de Bechara. Detrás de todo, lo que se reafirma es la prevalencia del intelecto humano sobre el mundo, organizándolo y dotándolo de significado.

“Aquí todo parece que es todavía una construcción y ya es ruina”, denunciaba Caetano Veloso, refiriéndose a Brasil, en la canción Fuera de orden, de 1991. Veinticinco años más tarde, la representación todavía tiene sentido. El trabajo de Bechara se sitúa en el medio entre esas dos instancias: por un lado, el dibujo, el proyecto, la construcción del abrigo, la simbología de la casa, lugar de reposo y dominio; por el otro, la desconstrucción de la pintura, que se lanza en el espacio, y la rendición al acaso que libera lo imprevisible de las manchas de oxidación. El ritmo de las líneas que obedecen a los espaciamientos calculadamente simétricos tiene su carácter de perennidad roto por el proceso continuo de oxidación, que da testimonio del pasaje inexorable del tiempo impreso en las lonas de camión que llevan la memoria de todos los caminos recorridos.
Después de afirmarse por medio de una sólida trayectoria en la pintura, José Bechara viene ya hace algunos años extrapolando el plano bidimensional. En algunos trabajos de Voladoras, multiplica el plano pictórico en sucesivas láminas de vidrio con sutiles inserciones de líneas y campos de color que, en conjunto, hacen que el pigmento gane cuerpo y pueda, si no “volar” de hecho, al menos suspenderse más allá de la pared. Los materiales elegidos por el artista son los mismos empleados usualmente en la construcción de las casas: vidrio, metal, madera. Se transforman en composiciones después de una cuidadosa planificación que considera también las características del local en el que serán puestas. Pero entonces todo este orden se encuentra con lo aleatorio de la oxidación: lo opuesto del proyecto, lo contrario al control. En la serie La casa, iniciada en el 2002, el artista ya jugaba con la inevitabilidad del caos a través de los muebles que eran “escupidos” hacia afuera de puertas y ventanas; en Eléctrica voladora (2016), la referencia a la morada es más indirecta. Un disco de mármol impone su peso a través de la levedad de los paneles de vidrio. El dibujo en el espacio se da no solo a través de las formas de los materiales sólidos, sino también a través de las sombras de estos elementos contrastantes, que acaban siendo intensificados por la luz de las lámparas de neón. Otros espacios se crean en este juego: los elementos que estructuran la obra, como los cables de acero sujetos al techo, están todos a la vista y pasan a integrar la composición. Entran en escena también las imágenes del entorno reflejadas en las superficies de los vidrios, al contrario de la casa, que expulsaba sus entrañas; ahora el mundo es lo que es atraído hacia adentro de la obra. En la misma sala de la galería, Sobre amarillos, del 2014, opera en forma más enfática en la inclusión del ambiente circundante. La pared delante de la cual está montada la instalación se pintó con el mismo color de los cubos que flotan delante de ella. Se asumen las sombras como parte de los trabajos en ambas descripciones técnicas.
Si José Bechara debe al Constructivismo la matriz del desarrollo de su poética, va más allá de los límites del universo del arte e inserta la dinámica de la vida en su proceso creativo, de una manera sutilmente clara. La dicotomía de su Río de Janeiro, de su Brasil y de los asuntos de la realidad corriente como un todo está allá, en una eterna expansión de las posibilidades plásticas y perspectivas sobre cómo estar en el mundo hoy. A juzgar por lo que hemos experimentado en términos sociales, económicos y políticos, no solo en el país sino en el mundo, esta nuestra permanencia en la tierra tiende a ser como en las obras del artista: en contrastes agudos, equilibrios precarios y alternancias evidentes entre caos y orden, peso y levedad, sombra y luz, planeación y descontrol. ¿Qué será más sólido, la construcción o la ruina?
SYLVIA WERNECK
