Exposición Individualsept 2016 - nov 2016· Por Caridad Botella

José Antonio Suárez

Casas Riegner

Al recorrer una exposición desde la posición de quien escribe y no hace existe siempre una mínima distancia que se interpone entre la idea de lo que se ve y el poder sentirlo en la práctica artística que una, irremediablemente, no tiene. Hay alguna excepción. Deambular por las salas de la exposición de José Antonio Suárez Londoño (Medellín, 1955), Planas: del 1 de enero al 31 de diciembre de 2005, produce el agridulce deseo de querer dibujar, de volverse mano, libreta, papel, color, forma y lápiz, de poder sacarse de la punta de los dedos un mundo propio y transformarlo en práctica diaria del dibujo. Anoto “querer crear espacio en una hoja de papel”. La frustración de no tener la intención de llevarlo a la práctica es el punto de partida de esta crónica que comienza con un repaso de la idea del tiempo. Son 365 dibujos, un dibujo realizado por día sobre planas o papel que recuerda al escolar, muy básico y rayado. Un diario hecho a punta de trazos, anotaciones y elementos incorporados a modo de collage. El tiempo corre delante de los ojos del que ve estos dibujos. Días, meses, un año, el 2005, Suárez Londoño se dedicó a llevar adelante este ejercicio de dibujar todos los días algo, en muchas ocasiones imágenes que salían de sus lecturas o escritos que tienen que ver con lo cotidiano. Miércoles 1º de junio del año 2005 estrenando secadora de ropa. Dibujos de plantas y árboles. Puntos de color rojo y círculos con la palabra “alameda”. Lo cotidiano del dibujo, lo diario de la lectura. El túnel del tiempo de la mirada interna que saca un universo propio al mundo. Los flotantes momentos de observación, de mirar y mirar e ir traduciendo en el papel lo que se ve o se piensa o se lee. 

Exposición Individual: José Antonio Suárez  — imagen 1
José Antonio Súarez Londoño. Planas: del 1 de enero al 31 de diciembre del año 2005. Técnica mixta sobre papel, 365 dibujos. Fotografía: Miguel Suárez Londoño. Cortesía: Casas Riegner.

En esta evaluación del tiempo, las obras pueden parecer un todo, se pueden “ojear” si decidimos pasar rápido para tener una visión por encima. El tiempo pasa con ímpetu, las obras se consumen, y hasta alcanza el momento para apreciar el monumental esfuerzo (dicho por alguien que no dibuja). Pero, si caemos en la trampa de la observación, de la lectura, de la contemplación sin tiempo, los minutos parecen pesar, detenerse, desaparecer en lo que se siente como un sinfín de imágenes que se suceden ad infinitum. El recorrido pausado, sin afán, da pie para hablar acerca de la poética personal, la segunda idea que recorre la obra de Suárez Londoño de principio a fin. Fiel a su devenir como dibujante, este artista paisa manifestó alguna vez el deseo de ser pintor1 pero la inmediatez del dibujo –en estas libretas tan sencillas– y un terco deseo de mantenerse propio han dado como resultado un cuerpo de obra alejado de conceptualismos y siempre pegado a los lenguajes que han ido apareciendo sobre las páginas como si se tratara de un mago de la imagen, de la misma forma que algunos de los primeros cineastas, como Georges Méliès, salieron de las sombras del ilusionismo. La imagen en movimiento como truco de mago, como engaño al ojo, lejos de la huella realista que se le imprimió después, me hace pensar en la práctica del dibujo de Suárez Londoño como un poder mágico que abre puertas, túneles, quintas dimensiones, al tocar el papel. Alicia encontraría aquí otro País de las Maravillas, con siluetas de hombres en espejo, conejos gigantes, cenefas de animales. El papel se hace grande, se hace chiquito. Sacando microhistorias ilustradas de la chistera, el artista crea una grandísima enciclopedia de estilos, formatos, fuentes, ideas, poesías visuales. Este es el tercer tema que me obsesiona al ver esta exposición: la cantidad enciclopédica que apenas se repite, el estilo reconocible pero que, a pesar de lo rutinario del ejercicio, siempre tiene algo de distinto, una pequeña variación, como si cada día supusiera un pequeño cambio en nuestra forma de mirar. Todo fluye. Hay páginas que se llenan de blanco y negro con rayas que unen puntos a modo de constelación (1º de junio), estudios de cabezas (3 de enero), dos pájaros azules flotando en la página (7 de enero), parejas en silueta, puntos de colores y un dado (1º de enero), y por todos lados, su caligrafía personal mezclada con una letra que se amolda al rayado de la plana pero que, en su contención, varía de estilo como podemos ver, de nuevo, en la plana del 1º de enero. Se habla del afán clasificador y enciclopédico del artista, y, en este caso, el rigor que impone orden es el paso de los días que no fuerza una taxonomía lógica de estilos sino que nos va dejando ver el transcurrir de la vida del artista y de cómo su mirada y su mano, bien entrenadas, hacen del dibujo una práctica de autoafirmación universal que pierde completamente la idea de verdad absoluta.

NOTA

1. Según la entrevista “El Universo en una libreta”, realizada y escrita por Juan David Correa para la revista Arcadia en agosto de 2015.

CARIDAD BOTELLA