La exposición es producida por Estancia FEMSA, una plataforma cultural y artística auspiciada por Casa Luis Barragán con el apoyo de Colección FEMSA, que busca dialogar con el contexto histórico de la casa. Sus curadores son Eugenia Braniff y Patrick Charpenel.
¿Qué sucede cuando se exhibe, se publica o divulga un secreto? ¿Qué relación existe entre las distintas interpretaciones de lo ominoso y la esencia de los secretos? ¿Cuáles serían las antípodas de una intervención artística a la Casa Luis Barragán? ¿Cuántos secretos pueden convivir de manera simultánea en un mismo espacio y cuántos pueden ser transmitidos y aprehendidos por minuto? El presente ensayo audiovisual concebido por Iñaki Bonillas (Ciudad de México, 1981) disecciona la vasta relación entre la personalidad de Barragán y la arquitectura del emblemático recinto del modernismo en México y lo secreto, velado, cifrado, etcétera. La característica medular de la propuesta es que un alto porcentaje de las piezas que la conforman están ocultas en los múltiples armarios, clósets, cajones y sitios ocultos de la construcción realizada en 1948. Nada o casi nada interfiere a simple vista con los elementos decorativos y objetos utilitarios ni con el emplazamiento del mobiliario, los documentos, las reproducciones o las obras de arte que integran al particular ambiente doméstico. La carga mística y el discurso espacial de la casa se mantienen casi inmaculados. La “exposición” está escondida, y ello conlleva una ineludible invitación al juego; hay algo por descubrir, y es al público visitante –siempre en compañía de un guía– a quien corresponde realizar esta tarea. ¡Se puede tocar! El sentido del tacto desempeña así papel protagónico. La experiencia de abrir y cerrar algunas puertas, jalar las sobrias manijas de un cajón o penetrar con los dedos los orificios que permiten acceder a un contenedor determinado –del ahora legado histórico– resulta un factor clave pues el espectador no solo observa sino que, en efecto, deviene partícipe.

Si bien preferiría no revelar lo que el público encontró en estos sugerentes vacíos y sumarme a la gestación de otro secreto, la naturaleza práctica e informativa de esta reseña aniquila este torpe deseo. Tras una exhaustiva investigación del acervo personal del arquitecto tapatío y de otros archivos relacionados con diversos aspectos de su trayectoria y de sus gustos e intereses, así como de un trabajo de reconocimiento y entendimiento de los espacios de la vivienda, Bonillas optó por producir y exhibir, a grandes rasgos, bajo cuatro categorías: objetos encontrados, reproducción de documentos, exploraciones o trascripciones textuales, recreaciones y apropiaciones de obras de otros artistas –siguiendo la costumbre de Barragán– y piezas de su autoría creadas ex profeso para la ocasión. La amalgama de todo ello resulta propositiva, generosa, divertida y reveladora pero también cacofónica; las cosas y las obras de la casa (ocultas o visibles, viejas, originales, copias o nuevas, grandes o pequeñas) y esta misma murmullan, ríen, se desnudan a medias, gritan al espectador, exigen derechos, lanzan serpentinas rosas, rezan al unísono. Paradójicamente, el secreto y lo oculto, al ser revelados, emiten un leve pero agudo ruido. ¿Lo escuchan?
Marcel Duchamp, nuestro padre e ídolo conceptual del siglo XX, lleva la batuta con cuatro piezas de su autoría aquí reproducidas o aludidas. Muy de cerca le siguen Man Ray, Marcel Broodthaers, Lucio Fontana, René Magritte, Robert Smithson, Hans Haacke, Yves Klein, Piero della Francesca, El Bosco, entre otros. Mas los invitados no se limitan a las artes plásticas y visuales, también han sido convocados personajes de la literatura universal como Lope de Vega, san Juan de la Cruz y sor Juana Inés de la Cruz. La presencia femenina se enfatiza con fotografías reproducidas de la modelo Valerie Lundahl, la actriz Joan Crawford y una versión sonora de La Vie en Rose interpretada por la fantástica Grace Jones. Y a todo ello se incorporan varios objetos encontrados, facsímiles de documentos y los trabajos estrictamente autorales del artista expositor para conformar un conjunto de cincuenta obras-secretos. Todas las piezas o los gestos están bien instalados y son técnicamente impecables tanto en su resolución como en su integración a los espacios que los contienen. Todos, en mayor o menor medida, tienen una justificación de estar ahí. El conflicto parece radicar en una excesiva, laxa y un tanto obvia referencia a las grandes figuras artísticas ya mencionadas, y también en la diversidad de medios y materiales presentes. El hecho de que las piezas estén en su mayoría ocultas no cancela su presencia y resonancia. Si bien visualmente el espectador va descubriendo los secretos poco a poco, las dosis de estímulos y de información permanecen, se suman y aglutinan en la mente a lo largo del recorrido. No hay escapatoria. El número de obras parece haber estado sujeto a la cantidad de información acumulada y de compartimentos disponibles, más que a un discurso o intención estética específico. Sin duda, hizo falta una labor de edición y un enfoque más allá de la amplia idea de secreto y ocultamiento. Este posible enfoque se asoma, por ejemplo, en las piezas que buscan indagar el concepto de lo ominoso, en particular en lo que Sigmund Freud describe en su artículo titulado “Das Unheimliche”, de 1919. Lo ominoso se describe como la sensación de terror y angustia que provoca aquello que nos resulta sumamente familiar y extraño o espeluznante de manera simultánea. Pero también la etimología y las distintas acepciones del término parecen encajar de lleno con distintas facetas de Barragán y su arquitectura. Las obras de Bonillas que indagan esta noción parecen respirar mejor e incluso liberarse de manera natural del hecho de estar ocultas. Están ahí, a simple vista, pero es difícil percibirlas, la literalidad del secreto se trasciende y la información queda anulada. Por último, cabe destacar la sensibilidad y la agudeza estética y conceptual de las piezas que este artista creó para la muestra, como las tituladas Secretos: huellas, Secretos: jardín, y Secretos: proyección linterna mágica. Secretos: dientes. En estas obras y algunas otras de su autoría (incluidos ciertos objetos encontrados) hay suficientes argumentos y estímulos para generar un valioso ensayo. La multitudinaria orgía de famosas personalidades –vinculadas o no al arquitecto– y su consecuente carga de referencias, anécdotas y “secretos” salen sobrando. Entre Barragán y Bonillas el misterio, lo ominoso, el humor y el erotismo estallan con su propia pólvora. ¿Escuchan?
VÍCTOR PALACIOS
