Fernando Uhía pertenece a la generación de artistas colombianos tempranamente marcada por el ascenso del deconstructivismo, el apropiacionismo, el simulacro y el análisis del sistema del arte. Pertenece, como sus contemporáneos Jaime Ávila, Fernando Arias, Santiago Echeverry y Wilson Díaz, a la era del post-esto y el post-lo otro, del fin de una cosa y de la siguiente. Por eso aparecen en sus telas los críticos de arte de la década de los noventa, citados en sus propias palabras: Sin título (1990-91). Por eso realiza copias de obras de Fernando Botero, Clon clown (1997), o inventa un fotógrafo francés, Jean Jeaffreneau (1992), tan francés como Lyotard o Baudrillard para un local comercial –una galería de arte– en la Zona Rosa bogotana. Por eso aparece la reflexión política camuflada en sus pinturas sobre puertas de casas de interés social, en su Technoesmaltes (2002). Desde el inicio de su carrera, Uhía ha sido capaz de identificar con inteligencia la naturaleza de su práctica, su provincialismo, sus limitaciones y sus pretensiones.

De la pintura, Uhía ha hecho una forma de resistencia a la mercantilización, la explotación y la cosificación generalizada del arte y del artista. En el mismo sentido, su obra ilustra bien la norteamericanización de la cultura colombiana, la adopción de productos, valores, modos y modas que hoy conviven con nosotros casi sin darnos cuenta, los síntomas de una cultura local que quiere imitar lo que no es, y que bien ilustra Uhía con sus lecciones de historia del arte, sus préstamos de Frank Stella, Morris Louis y John McCracken, en los que demuestra que el arte contemporáneo, en definitiva, no es tan contemporáneo. Su última exposición, “Impresionismo multinacional”, es una nueva prueba de ello. A diferencia de las pinturas en gran formato que han caracterizado su trabajo desde sus inicios –Uhía expone regularmente desde los 21 años–, ha realizado una serie de pinturas uniformes en pequeño formato en las cuales se ocupa de pintar o imprimir, o las dos cosas a la vez –esa duda es la que hace fascinante la exposición–, más de cien cuadros con logotipos de empresas activas en Colombia hoy. La estridencia del color, la irregular, pastosa, inexacta y emocionalmente atrayente textura de estos pequeños lienzos, producen una inmediata respuesta afectiva, por cuanto nos identificamos automáticamente con esos logotipos y marcas dignificados, si queremos verlo así, por ser arte en un espacio de arte. Cierta modestia en el tema, el tratamiento y las dimensiones, totalmente opuesta a la grandilocuencia excesiva de su muestra anterior, “Cromaberraciones Full HD” (2014), hacía aún más efectiva una muestra memorable especialmente por la aplicación de la pintura, lograda por medio de una aparente estampación. Uhía sorprende por el salto técnico y el viraje formal que ha dado, en el muy reducido espacio conceptual que escogió desde el inicio de su carrera y al que le ha sido fiel: el lienzo templado. Teniendo en cuenta que no revelaremos el secreto de cómo están pintadas estas telas, pues el artista guarda silencio al respecto, describiendo su procedimiento como un “raspado”, cabe preguntarnos por el altisonante título, “Impresionismo multinacional”. Y ahí, ¿por qué impresionismo, en una muestra que más parece tener que ver con el expresionismo abstracto y el pop? Según el propio Uhía, “Cada vez que viajo a alguna ciudad del Viejo Mundo encuentro una exposición de impresionismo, siempre hay una exposición de impresionismo por allá… Es una vanguardia muy particular: rechazadísima cuando apareció, poco a poco se ha vuelto –junto a tipos de expresionismo–la versión de arte y/o pintura de las masas. Es como una vanguardia que ha sido castrada de su virulencia y novedad para convertirse en global, en el sentido de estar en todas partes, ya sea como exposiciones continuas de originales, o como reproducciones en camisetas o lienzografías en casas de familia”.
Esta idea de una estética corporativa global ronda a Uhía al menos desde 1995, cuando pintaba sobre el cuadro de Van Gogh Trigal con cuervos, los logotipos de compañías internacionales. Para Uhía, “Impresionismo multinacional” tiene que ver, en últimas, con un expresionismo abstracto maquillado, “obligado a estar en un formato enano e incómodo”, un formato que, es oportuno decirlo, es para Uhía el de la mayoría de las pinturas impresionistas. Los rasgos locales, los logotipos del Atlético Bucaramanga, el aguardiente Néctar, Pintuco, Colombiana y las chocolatinas Jet, le dan ese carácter de alegría del subdesarrollo que de tanto en tanto aparece en el trabajo de Uhía. También, y como probo en su destacada muestra “Futbol, tenis, carros y otras cosas de hombres” (2012), hay que celebrar que con éxito, generosidad y terquedad, Uhía continúa pintando como un pintor, ocupándose de explorar y conocer la hoy tan devaluada noción de oficio, la modesta cocina del artista.
SANTIAGO RUEDA
