A pesar de su importancia geográfica, su vínculo con la identidad del país y la lucha política que ha encarnado, el Canal de Panamá no ha sido un tema preponderante en la historia del arte panameño. Es un dato digno de análisis, consecuencia de diversas circunstancias históricas, entre ellas el hecho de que el canal no pasó a manos panameñas hasta el 1 de enero del 2000, momento desde el cual la administración del Canal se ha caracterizado por una notable eficiencia y productividad. Este proceso, así como la celebración del centenario del Canal de Panamá en 2014 y su ampliación, concluida dos años después, han contribuido a un renovado patriotismo, así como a un mayor interés por parte de locales y extranjeros con respecto a la historia del Canal, la nación y su gente, que se ha reflejado en todos los campos culturales.

En la exposición individual titulada Adonde el otro mar nos lleve, el artista ecuatoriano-panameño Fernando Toledo le hace un homenaje al Canal de Panamá con una serie de pinturas sobre lienzo, objetos tridimensionales y una instalación. Sin embargo, no se trata de vistas de las esclusas, de la infraestructura ingenieril, ni de los paisajes tropicales que forman parte de la vía acuática, como ha sido el caso de otros artistas. Toledo se enfoca más bien en la historia del Canal y la ciudad, en su carácter de lugar de paso y testigo de tantas travesías humanas, con interpretaciones semánticas que varían desde un viaje en crucero hasta el transcurso de la vida.
El artista ha dicho que su interés por pintar una serie sobre el Canal de Panamá surgió como consecuencia de la invitación a participar en la notable exposición República canalera, curada por Mirie de la Guardia en Allegro, en 2014. Entre la gran variedad de obras de los artistas retados a considerar el tema, Toledo presentó una dramática instalación titulada Rememorando un legado, que incluía un cayuco (como se les llama a las canoas nativas) lleno de rocas de basalto extraídas del área de la expansión del Canal. Sobre cada roca figuraba en letras blancas el nombre de alguna persona, un lugar o evento significativo ligados al canal, en cuya investigación histórica el artista se había sumergido a raíz de ese proyecto.
En sus obras subsiguientes, Toledo ha reconsiderado el tema, aunque con un acercamiento menos estrictamente histórico, y con el tono más lúdico y poético que mostró su exposición Adonde el otro mar nos lleve de 2016. Por ejemplo, presentó una nueva instalación titulada Cruzando, en cuyo fondo figuraba un tríptico de lienzos con barcos en aguas turbulentas que el artista pintó con ondas a rayas, volutas y espirales en dramático contraste de blanco y negro. Se percibía un elemento de travesura artística en el carácter gráfico y simbólico de ese oleaje, así como en los barquitos de papel pintados que acompañan las naves, como barcos remolcadores de juguete. En las paredes laterales colocó verdaderos barquitos de papel, creados con copias de bonos de la fallida empresa de la construcción del Canal por parte de los franceses en el siglo XIX. Esos bonos, históricamente interesantes, pero económicamente inútiles, también figuraban en los hermosos objetos tridimensionales que formaron parte de la muestra. Barquitos hechos con bonos reales que “flotan” sobre pequeños mares dentro de cajitas de acrílico transparente, en los que el sutil color y el material de los antiguos documentos contrastan con la pesada viscosidad del agua.
A diferencia de esas navecillas de papel, en la mayor parte de los lienzos nos encontramos ante composiciones dominadas por la forma preponderante de grandes naves con cascos monocromáticos, que se posan sobre mares de trazos y colores dinámicos. Más que representaciones del océano, esas grandes áreas de espirales iterativas, brochazos expresionistas y pintura chorreada parecían exploraciones técnicas o divertimentos artísticos. Los barcos, por su parte, se encuentran llenos a rebosar de formas humanas, naturales, arquitectónicas y simbólicas ejecutadas en el característico dibujo al carboncillo que Toledo maneja tan bien.
Resultó especialmente interesante que estas obras fueran presentadas en combinación con trabajos de una etapa anterior, revelando contrastes en su desarrollo estético y conceptual. Entre las obras más tempranas, de 2010, había pinturas en las que el océano solo figura en función de horizonte oscuro o lejano detrás de dominantes escenas urbanas. En aquel momento, Toledo pintó ciudades recargadas en las que un sinnúmero de edificios restringen los espacios de la naturaleza, que el artista reduce a representaciones tan grises como el concreto omnipresente en el desmesurado desarrollo urbano reciente en la ciudad de Panamá.
Esos mismos edificios, árboles y personas apretujadas llenan todo el espacio disponible en los barcos de las pinturas del Canal, pero ahora con otros sentidos, como metáforas del transitismo y las inmigraciones que han caracterizado la historia de Panamá. Los barcos podrían interpretarse como seres humanos que viajan cargados de su bagaje físico y psicológico; o quizás como modernas arcas de Noé que ofrecen una escapatoria. Incluso, podrían personificar grandes conglomeraciones urbanas hacia las que se acercan otras oleadas de individuos, simbolizados por los barquitos de papel que Toledo inserta en esos mares tempestuosos.
MÓNICA E. KUPFER
