Exposición Individualsept 2016 - nov 2016· Por Katherine Chacón

Felipe Herrera

Ateneo de Caracas

La trayectoria de Felipe Herrera marca una línea definida, original y de hondo talante poético en las artes plásticas venezolanas. Con sus cincuenta años de vida artística, Herrera ha conformado un lenguaje que lo identifica y en el que convergen símbolos recurrentes, por una parte, y una depurada técnica, por la otra. Con el fin de dar una mirada retrospectiva y por demás necesaria al recorrido artístico de Herrera, el Ateneo de Caracas presentó la exposición Inexorable, en la cual se reunieron dieciocho de sus piezas de diversos períodos.

Exposición Individual: Felipe Herrera — imagen 1
Felipe Herrera. Tótem I, 2015. Ensamblaje de medios mixtos. 175 x 43 x 34 cm (68 57/64 x 16 9/64 x 13 25/64 pulgadas). Fotógrafía: Renato Donzelli.

En sus comienzos Herrera adoptó la escultura como vía de expresión, pero desde finales de la década de 1970 toma el dibujo como camino para su trabajo creador. Siendo un lector voraz, su obra dibujística se nutre, desde entonces, de la literatura fantástica y la poesía y, especialmente, de la obra de Jacques Prévert. Desde esa época comienza la construcción de un vocabulario de signos que se harán recurrentes y en el que podemos hallar atisbos de las composiciones oníricas de los surrealistas y de la paradójica obra de M. C. Escher. Es en la década de 1980 cuando Herrera despunta en el panorama artístico venezolano, al hacerse acreedor de los primeros premios en la I Bienal del Dibujo de Fundarte de Caracas y en el IX Salón de Arte Aragua de Maracay. En esta etapa su trabajo sobresale por la maestría de su dibujo, hecho “con minuciosidad de filigrana”, y en el que abundan los detalles, el rico retrato de texturas, los juegos de luces y sombras, de espacios que se interconectan y, en el plano temático, la reiteración y el enriquecimiento de ese vocabulario de símbolos que, con el tiempo, se hará característico de toda su obra. En este sentido, sus aportes al dibujo venezolano son inobjetables, y, hoy por hoy, se le reconoce como un artista determinante en el llamado boom del dibujo venezolano de los años ochenta y como un maestro de esta disciplina a nivel continental.

Sus búsquedas expresivas lo llevan posteriormente a trabajar el ensamblaje, medio en el que logra integrar su interés por la complejización del espacio y por la creación de metáforas visuales. Su formación como escultor y dibujante se complementa en estas piezas, en las que, para lograr el hiperrealismo que hace efectivo al símbolo, el artista despliega todo su virtuosismo técnico. Obras como Trampajaula (2007) muestran varios de los elementos formales recurrentes en estos ensamblajes: una caja cuadrada, o escaque compartimentado, cuya estructura proviene de la imagen del tablero de ajedrez como metáfora de las confrontaciones eternas de la existencia; uno de sus cuadrantes contiene tras una reja un corazón (la pasión) posado en una silla; en otro se hallan tres cuerpos geométricos básicos (la razón) –cono, esfera, cubo–, y en otro, una mano que sostiene una rama florida (la vida), con un poema manuscrito al fondo. Herrera suele introducir elementos externos a la caja, como en esta, dos manos que se entrelazan para halarla a manera de equipaje, o el ornamento barroco adosado en la parte inferior.

Otras piezas son sillas, objetos encontrados que el artista interviene con dibujos y modifica con la adición de otros objetos. Es el caso de Ella I (2015), hermosa obra en la que aparece un cáliz con una rama colocado en el asiento, y en la que el cuerpo humano desaparece y se insinúa poética y dramáticamente a través de las manos y pies que bordean la silla. Es, una imagen de la ausencia. En Tótem I (2015) el artista experimenta con la verticalidad del objeto ancestral, superponiendo objetos encontrados que sirven de base, marco o apoyo a sus esculturas simbólicas. Lo corona un corazón dorado montado en un marco barroco.

En piezas como Escaques (2016), los cuadrados conforman una instalación de nichos donde se albergan estas pequeñas esculturas. El caballo, el corazón, las manos y pies, los naipes, el ojo, la silla, el reloj, los cuerpos geométricos, convergen como una sucesión de esas “palabras visuales” que estructuran el poema plástico que es cada obra de Felipe Herrera.

Aunque su formato fue reducido, la exposición Inexorable fue un digno intento de saldar una de las tantas deudas que la oficialidad cultural venezolana tiene con los artistas que, como Felipe Herrera, poseen una trayectoria y una maestría que los hacen ya merecedores de una revisión crítica amplia y retrospectiva. No obstante, en esta bella muestra pudimos recorrer parte de su trayectoria y comprender la coherencia de un trabajo disciplinado que siguiendo un camino solitario, nos habla del amor, de la muerte, del tiempo, del ensueño, de la razón y del misterio eterno que es la pasajera existencia del ser humano en el mundo.

KATHERINE CHACÓN

Felipe Herrera, por Katherine Chacón | artnexus