En las rigurosas y sensuales pinturas al óleo de Cybelle Cartagena Romanacce, el acto de ver se basaba en la experiencia de tocar. En sus topografías táctiles, el cuerpo de la artista era a la vez tema y objeto. Ink-stained Skin (Tinta en mi piel), su última serie, presentó detalles ampliados de sus dedos, su mano, su boca, sus labios, su ojo cerrado, su ombligo y su vello corporal manchados de tintas de color negro y rosado chillón. Sus imágenes fácilmente descifrables, aunque misteriosas, se revelaban lentamente a través de un proceso de trabajo en capas y la dinámica dirigida y libre de los medios y materiales que la artista utilizó. Esta acumulación de energías activaba un espacio cargado de sensaciones y resonancia sicológica que inducía al espectador a entablar un silencioso diálogo con cada obra. La piel tinturada de la artista miraba a quien la estaba observando, y esta materialidad compartida nos llevaba a considerar, ¿cómo se sienten las cosas?

La Galería de Arte de la Universidad del Sagrado Corazón, de San Juan, siempre ha apoyado a figuras singulares del arte contemporáneo de Puerto Rico, como Cartagena Romanacce. Habían transcurrido ocho años desde la última exposición individual de la artista, y en la noche de la inauguración, un variado público abarrotó el lugar. Se exhibieron doce pinturas en formato cuadrado, cuyo tamaño variaba entre unos 20 x 20 cm y 152 x 152 cm, y un video. La calibración del tacto hecha por la artista se sintió más de acuerdo con lo previsto cuando la tinta demostró tener vida propia –goteando, formando charcos, filtrándose–, en contraposición a un diseño pintado en la piel, y cuando el tinte viajaba por una cambiante superficie de hiperrealismo y abstracción.
La obra de Cartagena Romanacce está motivada por el proceso y los materiales. Ella pone las cosas en movimiento y luego se hace a un lado para dejar que ocurran accidentes. Pintó y vertió tinta en una pequeña zona de su piel, y un fotógrafo registró la interacción del líquido con la epidermis. Esto se llevó a cabo bajo brillante luz artificial, lo que ocasionó que, a veces, la tinta negra pareciera ser de color azul noche o berenjena. En unas cuantas pinturas, uno podía distinguir apenas las lámparas reflejadas en la tinta húmeda o la saliva. De los detalles fotográficos, la artista seleccionó las diversas intensidades amplificadas que quería pintar y reespecificó estas imágenes a lo largo de su prolongado y laborioso proceso pictórico. Al pintar los bordes de sus obras en colores azul real, negro o rosado rojizo, trató sus lienzos como “pieles” que se curvaban alrededor de su cuerpo. Este acto enfatizó cómo la información aparece aquí y en cualquier otra parte y en diferentes formatos que cuestionan la continuidad y la discontinuidad.
Al igual que Philip Guston, Cartagena Romanacce tiene una gran afinidad con todos los tonos de rosado. Ella utiliza colores puros para investigar los conceptos contaminación y límites permeables, como se vio en el video en cámara lenta de la artista trabajando en su estudio. Algunas áreas de las pinturas eran nítidas y meticulosamente precisas, mientras que otras eran un campo confuso, similar a nuestra memoria. Este juego de definición visual dentro del espacio de la pintura y dentro del espacio del espectador intensifica el orden pictórico táctil de una pintura. Desde lejos, sus pinturas parecían ser hiperrealistas pero al verlas más de cerca eran todo color, línea y forma, con pinceladas visibles. El elemento tiempo era insinuado por las líneas en la piel, el inesperado estado intermedio captado por la cámara, y los meses que tomó representarlo.
Todas las obras carecían de título y ofrecían posibilidades. A veces la tinta sugería un derrame de aceite o de petróleo, un límite, una escalera de cuerda que descendía de la comisura de la boca de la artista, o un grupo de células. Untitled (Sin título), 2016, de 20 cm cuadrados, era sublime. Me recordó las pinturas de Edwin Church del Cotopaxi en erupción. Brillantes chorros de tinta de color rosado vivo sobre la piel de la artista sugerían un dramático cielo, un lago en llamas y lava fundida. Tinta negra que brotaba de grietas evocaba humo y cenizas irrumpiendo de un cráter y corriendo por las laderas de un volcán. En Untitled (Sin título), 2009, de 38 cm cuadrados, el ombligo de la artista, junto a una gran mancha de tinta negra con seis chorros que caían, se convirtió en un imaginario paisaje cósmico con portales, una galaxia y un agujero negro. Untitled (Sin título), 2014-2015, de 132 cm cuadrados, tenía la fuerza de gravedad más potente. El tinte negro que empapaba las grietas infinitas de sus dedos entrelazados era una impresionante y densa retícula de diseños y formas que nos recordaban un retrato de Chuck Close.
La piel manchada de tinta podía ser una metáfora de algo que se filtra en nuestra vida. No sabemos si va a ser un goteo o un sangrado, qué forma va a tomar ni cómo vamos a reaccionar. El flujo podría formar un charco en la superficie, podría penetrar amplia y profundamente, podría gotear y perderse, podría reflejar la luz. En las pinturas de Cartagena Romanacce hay siempre una brizna de una cavidad de color negro aterciopelado a través de la cual podemos escapar. Ink-stained Skin [Tinta en mi piel] nos recordó que las cosas nunca terminan donde terminan.
CHERYL HARTUP
