La creación en 1985 del IVAM, Instituto Valenciano de Arte Moderno, hizo de Valencia una de las capitales artísticas regionales más dinámicas de España, siguiendo la senda pionera de la Galería Punto, fundada en 1972. Realizada en estrecha colaboración con museos e instituciones públicas y privadas, la difusión a nivel nacional e internacional de sus artistas modernos y contemporáneos (entre los cuales podemos mencionar a Joan Miró, Jean Dubuffet, Pierre Alechinsky, Hans Hartung o Antonio Seguí) le valió a esta galería la obtención, en 2006, de una prestigiosa medalla otorgada por la ciudad de París.

Esta selección de obras recientes de la argentina Cristina Ghetti (nacida en Buenos Aires en 1969 e instalada desde hace varios años en Valencia) confirma la calidad de la Galería Punto en la selección de sus artistas y expresa el deseo de renovar sus propuestas, promoviendo a jóvenes creadores o creadores emergentes. Este es el caso de Ghetti, cuya obra está en constante mutación dentro de una línea geométrica que no niega el impacto reflexivo y asumido de algunas similitudes con artistas norteamericanos como Frank Stella o Bridget Riley. Si su admiración se concentra más que nada en Sol LeWitt, por su investigación sobre la serialidad planificada, no podemos separar a la artista argentina de la incidencia de una herencia conceptual y formal de otra generación de artistas, esta vez sudamericanos. En efecto, los abstractos, los constructivistas y los concretistas del Río de la Plata y Brasil, así como los MADI y más tarde los cinéticos, abrieron el camino hacia una reflexión plástica de capital importancia frente a la todopoderosa figuración del “realismo mágico” y a las diversas formas del arte político, imponiendo internacionalmente una tradición abstracta determinante en el arte de la América Latina del siglo XX.
La evolución del trabajo de Cristina Ghetti en el tiempo se singulariza por la permanencia de un cuestionamiento tanto teórico como formal que la lleva a apropiarse de los aportes del arte abstracto y geométrico para reformularlos. Su búsqueda no se concretiza sólo “físicamente” pues es también y ante todo intelectual en su enfoque de los nuevos medios de información y nuevas tecnologías. El trabajo de aprendizaje le permite poner a prueba la serialidad en el color y la forma, humanizar la virtualidad, siempre cuidando el gesto que tornea la elegancia de sus formas paciente y sabiamente construidas. La mano (el dibujo preliminar) y la máquina (el computador) se combinan para crear una obra que progresa y se transforma, que cambia en función de los avances tecnológicos y que se cuestiona permanentemente con el fin de abrirse a nuevas experiencias cromáticas y formas en movimiento.
Para la última presentación de su trabajo, la artista diseñó una museografía innovadora y dinámica en las dos salas de la galería. En efecto, la curaduría quería romper con las presentaciones anteriores, más convencionales, y debía ser vista como una gran instalación en la que las quince obras realizadas en diversos materiales (telas, madera, aluminio con pintura acrílica y objetos tridimensionales) estuvieran dispuestas en “dialéctica” en el espacio, en donde cada pieza hiciera eco cromático o formal a la que tuviera más cerca. Un recorrido concebido por la artista como un continuum, sin rupturas, para que la exhibición de sus obras permitiera al visitante experimentar el pasaje sensible y evidente de una pieza a otra, de una serie a otra, entre dos zonas diferentes (blanco/negro y color), y donde la experiencia sensorial y espacial (movimiento virtual) se combinara con la experiencia del desplazamiento del visitante (movimiento real), tal como lo concebían los cinéticos Jesús Soto o Carlos Cruz-Diez.
Era también una manera de suscitar en el observador asociaciones, connivencias, sorpresas. Así, en la primera sala, las ondulaciones en blanco y negro de Boucle (objeto mural, técnica mixta sobre aluminio, 120 cm x 45 x 4,5 cm, 2016), de Folding pattern (160 cm x 160 cm, pintura acrílica sobre tela, 2016) o de Swingers (objeto mural, técnica mixta sobre aluminio, 100 cm x 10 cm, 2016), encontrarán un paralelo en la policromía de la segunda sala. La cinta pintada en el suelo de Mareas (técnica mixta sobre madera, 100 cm x 90 cm x 35 cm, 2016, e intervención vinílica) se desarrolla allí y se concretiza con Passage (madera y técnica mixta, 140 cm x 70 cm, 2016) franqueando un obstáculo arquitectónico –el arco que separa las dos salas– para prolongarse en la otra pieza. Al blanco y negro de las telas y objetos de la primera sala responde la paleta alegre y simétrica de otras Mareas (técnica mixta sobre madera formada, 100 cm x 110 cm, 2016) o Swingers (objeto mural, técnica mixta, 100 cm x 10 cm, 2016).
Toda la sutileza de esta presentación reside en la inteligencia y fluidez del concepto espacial y relacional. La complejidad de las técnicas y formas, las oposiciones entre vertical y horizontal, alto y bajo, así como blanco/negro y color, legitiman esta aserción de la artista, para quien “la abstracción es un lenguaje adecuado para expresar las complejidades de nuestra época”. Y añade: “Lo que me interesa –una obsesión en mis investigaciones– es una geometría de la percepción, una geometría receptora de emociones y generadora de percepciones múltiples, tanto de calma y lirismo como de confusión y agitación”.
Con esta exposición, podemos decir que la apuesta fue ganada ampliamente.
CHRISTINE FRÉROT
