La galería parisina Bendana-Pinel prosigue su política de difusión del arte contemporáneo latinoamericano, y dentro de esta orientación escoge a menudo jóvenes artistas emergentes antes que valores confirmados. La exposición de la chilena Christiane Pooley (Temuco, 1983), su segunda individual en Francia –pues la primera tuvo lugar en la New Galerie de Francia, en 2008–, confirma, con un excelente nivel, la permanencia de esta orientación característica de la galería. La artista, instalada en París desde 2010, es pintora. Cuando se la interroga sobre esta escogencia, que no suele ser la de los jóvenes de la escena artística actual, ella expresa convicciones sólidas y ancestrales. Su obra artística está ahí para demostrarlas y convencernos.

La exposición, compuesta de diecinueve óleos sobre lienzo (quince pequeños y cuatro en gran formato), cuenta igualmente con tres óleos y punta seca sobre placas de cobre. El tema de las pinturas presentes en esta exposición, el tema que la obsesiona –el de la relación entre el hombre y la naturaleza–, está lejos de ser en ella una postura artificial o una simple casualidad. Se trata de una real inquietud y un cuestionamiento profundo que se explican también por la dimensión telúrica de su país natal, delgada franja de tierra bordeada de norte a sur por el mar y limitada por la cordillera. Un país a la vez marítimo y montañés, desértico y forestal. Una naturaleza omnipresente, dominante, peligrosa. Y también una historia chilena que no deja de estar en el centro de sus preocupaciones tanto intelectuales como afectivas.
Otra artista chilena, Vivian Scheihing, también pintora, centra su creación en esa relación cuasi visceral con la montaña. Pero en la obra de Christiane Pooley, el hombre no ha desaparecido, como en la de Scheihing; por el contrario, está bien presente, ya que es él quien, en el fondo, justifica espacial y plásticamente lo que le rodea, protege o amenaza. La figura humana, tratada como una aparición, entre surgimiento y desaparición, dentro de una luz extraña y fugaz, es tal vez la coartada de la desolación y severidad de la naturaleza, en una atmósfera espectral y teatral que crea todo el misterio de los universos de Christiane Pooley. Nos viene a la memoria la célebre pintura de un paisajista norteamericano, Andrew Wyeth –la mujer acostada de Christina’s world (El mundo de Christina, 1948)–, pero no por un acercamiento temático o estético sino más bien por su semejanza en el ejercicio de la confrontación entre la figura humana, su soledad e impotencia ante a la inmensidad del espacio natural.
La pintura de Pooley, ligera en su fina materia transparente, sutil y delicada, tiene una sencillez tan solo aparente. La imbricación de los espacios hace compleja su aprehensión plástica; se trata de un ejercicio puramente pictórico de superposición de planos´, más que de la intención de transmitir algún tipo de mensaje. El tratamiento del espacio sobre la tela es escenográfico, aparece como el instante fugaz de una narración congelada, una especie de “foto fija” como la que se hace en cine para captar nuestra atención y cuestionarnos, sin olvidar la importancia de los efectos de luz circunscritos en los personajes, que nos recuerda también la “noche americana” que utilizaba la pantalla grande para las escenas nocturnas rodadas durante el día.
La exposición, desarrollada sobre dos espacios, reúne varios “conjuntos”. En la primera sala, los pequeños y medianos formatos se reparten en grupos, de arriba abajo y de derecha a izquierda de la pared. Estamos frente a una especie de “sainetes” donde lo real y lo sobrenatural se imbrican o se cruzan. Espacios abiertos y cerrados, opacidad y luz. Christiane Polley juega con estos contrastes, que ponen su sello a la dramaturgia de sus “historias” y las vuelven singulares y enigmáticas. Es también una pintura en la que el observador, tanto testigo como mirón, es observado. Los tres grandes formatos presentes en la sala llevan títulos que son referencias y que cruzan un trabajo sobre la memoria, colectiva o personal –la artista explica que utiliza fotografías de miembros de su familia–, con la de un lugar. La forêt est là et me regarde (El bosque está allá y me observa, óleo sobre lienzo, 130 x 200 cm, 2013-15) evoca la historia de Chile a partir de una fotografía de finales del siglo XIX, o la historia del arte en Waiting for A. Harrisson (Esperando a A. Harrisson, óleo sobre lienzo, 120 x 100 cm, 2012), con el pintor norteamericano Thomas Alexander Harrisson. En El silencio de los bosques del nuevo mundo, una felicidad imaginaria (óleo sobre lienzo, 165 x 135 cm, 2016), la artista rememora un paseo familiar en el bosque. Las tres placas de cobre tratan el tema del caminante anónimo y solitario en el corazón de un denso bosque que parece impenetrable.
Con The last picture 1 y 2 (La última foto, óleos sobre lienzo, 41 x 33 cm, 2012), y más aún con Landscape beneath (Paisaje debajo, óleo sobre lienzo 120 x 100 cm, 2012-2016) (segunda sala), Christiane Pooley prosigue ese ejercicio tanto pictórico como simbólico sobre lo que se ve y lo que está oculto. Al amor por la pintura ella añade su capacidad para combinar lo íntimo, la historia y el paisaje en uno solo o en varios espacios imbricados, frágil “arquitectura” que plantea la omnipresente interrogante sobre los arcanos plurales de la memoria.
CHRISTINE FRÉROT
